La Casa de las Hojas Muertas 16.CAPÍTULO 16 LA CATEDRAL ABERRANTE #3
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16.CAPÍTULO 16 LA CATEDRAL ABERRANTE #3

Lo dijo sin pensarlo. Sin calcular. Sin analizar las implicaciones de ofrecerle ayuda a una entidad oscura semipoderosa que podría arrancarle la cabeza con una mano. Lo dijo porque era lo que hacía Articus: ver un problema y querer solucionarlo, aunque el problema tuviera cuernos y garras.

La entidad lo miró.

Lo miró de verdad. Como si estuviera buscando algo detrás de sus palabras. Un engaño. Una trampa. Alguna agenda oculta.

No encontró nada de eso.

Solo un hombre en pijama de ovejas, descalzo, con arena en el pelo y restos de sal marina en la cara, que genuinamente quería echar una mano.

Sonrió.

Fue una sonrisa pequeña. Casi imperceptible. Como un rayo de sol filtrándose por una grieta en un día nublado.

—No —dijo suavemente—. Pero gracias.

Articus asintió. No insistió. Había aprendido que a veces la mejor respuesta a un «no» era simplemente aceptarlo.

—Bueno —carraspeó—. En ese caso… yo soy Articus Aetherwald. Y necesito volver a la superficie. Vine a parar aq uí a través de un lago bastante desagradable, y no creo que pueda volver por el mismo camino. —Hizo una pausa—. Hay un calamar. Con opiniones muy firmes sobre los visitantes.

—Lo sé —dijo la entidad—. El guardián del lago. Lleva ahí más tiempo que yo.

—¿Guardián? Creía que solo era un calamar con problemas de ira.

—Los guardianes de este mundo rara vez son agradables.

Tomo nota , pensó Articus.

—Puedo llevarte a la superficie —dijo la entidad, alzando la barbilla—. Hay conductos que ascienden desde la catedral. Los conozco todos.

Una pausa.

—Pero allí fuera es peligroso. No podré protegerte.

—No necesito que me protejan —respondió Articus.

Luego consideró su estado: descalzo, en pijama, armado con un hatillo de clavos oxidados y una antorcha prestada—.

Bueno, objetivamente quizás sí. Pero tengo que ir.

He de encontrar a Helen y a Misteria. Son mis…

—buscó la palabra correcta—. Son mi responsabilidad.

La entidad asintió lentamente. Había algo en sus ojos que sugería que entendía perfectamente lo que significaba sentirse responsable de alguien.

—Sígueme —dijo.

Lo guio a través de pasadizos que Articus jamás habría encontrado solo. Puertas ocultas tras columnas. Escaleras que descendían para luego ascender en espiral. Corredores tan estrechos que tenía que avanzar de lado, con el hatillo de los libros apretado contra el pecho.

La entidad se movía con la facilidad de quien ha recorrido aquellos caminos mil veces. Sus pies caprinos no hacían ruido contra la piedra. Los cuernos rozaban el techo en los tramos más bajos, arrancando diminutas lluvias de polvo.

La chaqueta de ovejas seguía puesta. Articus decidió no mencionarlo.

—¿Puedo hacerte una pregunta? —dijo Articus mientras subían por un conducto vertical mediante escalones tallados en la roca.

—Ya la estás haciendo.

—Los símbolos de las paredes… ¿sabes qué significan?

La entidad se detuvo un instante. Miró los glifos tallados en la piedra como quien lee carteles en una calle conocida.

—Algunos son oraciones. Otros son advertencias. Otros son… instrucciones.

—¿Instrucciones para qué?

—Para lo que este templo contenía.

—¿Y qué contenía?

La entidad reanudó la marcha.

—Algo que ya no está aquí. Algo que se fue hace mucho tiempo. O que fue liberado.

Eso no es ominoso en absoluto , pensó Articus.

Siguieron ascendiendo.

El aire fue cambiando gradualmente. Más fresco. Menos antiguo. Las paredes de piedra labrada dieron paso a roca natural, y entre las grietas empezaron a asomar raíces. Raíces gruesas, retorcidas, que se abrían camino entre las grietas como dedos buscando algo en la oscuridad.

Estamos cerca de la superficie , comprendió Articus.

El conducto desembocó en una cámara pequeña, apenas del tamaño de una habitación. El techo estaba agrietado, y por las fisuras se filtraba una luz tenue —la luz difusa y perpetua del bosque— que fue lo más hermoso que Articus había visto en horas.

—Este es el punto más alto al que puedo llevarte —dijo la entidad, señalando una abertura en la pared cubierta de raíces—. Por ahí llegarás a la superficie. Saldrás al bosque.

Articus miró la abertura. Luego a la entidad. Luego la abertura otra vez.

—Gracias —dijo. Y lo decía en serio. Con cada sílaba.

La entidad asintió con rigidez, como quien no está acostumbrado a recibir gratitud.

Articus dudó un momento. Luego abrió su hatillo improvisado y rebuscó en su interior. Sacó una de las antorchas de repuesto que había recogido en la catedral.

—Toma —dijo, ofreciéndosela—. Por si necesitas luz. Ya sé que probablemente puedes ver en la oscuridad y que esto es como ofrecerle una vela al sol, pero… bueno.

La entidad tomó la antorcha. La sostuvo con sus dedos oscuros como si fuera un objeto de museo.

—Nadie me había regalado nada —dijo, muy bajito.

—Pues ya va siendo hora —respondió Articus, ajustándose el hatillo al hombro.

La entidad lo observó durante un largo momento.

Sus ojos de ascua recorrieron al hombre que tenía delante: descalzo, en camiseta interior, tiritando ligeramente, con arena en el pelo y el hatillo de los libros apretado contra el pecho como si fuera lo más valioso del mundo.

Iba a salir a un bosque hostil en ese estado. Sin protección. Sin calzado. Sin nada.

Algo cambió en su expresión.

—Espera —dijo.

Se quitó la chaqueta de pijama de ovejas. La dobló con un cuidado que no correspondía al estado lamentable de la prenda y la dejó sobre una roca con delicadeza, como si fuera un tesoro.

Luego alzó ambas manos .

Sus dedos comenzaron a trazar símbolos en el aire.

No los glifos sencillos que había usado para secar la ropa.

Estos eran diferentes. Complejos. Docenas de líneas entrelazándose en patrones que Articus no reconoció de ningún tratado, de ningún libro, de ninguna referencia que hubiera visto jamás.

Las líneas brillaban con un fulgor rojizo que pulsaba como un latido.

El aire se espesó. La temperatura de la cámara descendió varios grados. Las raíces en las paredes se contrajeron, como si algo las asustara.

Los símbolos se multiplicaron. Capas sobre capas de geometría luminosa, girando lentamente alrededor de las manos de la entidad como un orrery de luz y sombra. Los ojos de ascua ardieron con una intensidad que Articus no les había visto antes. Concentración absoluta.

De entre las sombras de la cámara, algo empezó a materializarse.

No surgió de la nada. Se tejió . Fibra a fibra. Hilo a hilo. Como si la oscuridad misma estuviera siendo hilada en un telar invisible, convirtiéndose en algo sólido, tangible, real.

Primero aparecieron unas botas. Negras, de cuero suave pero resistente, con refuerzos en las espinillas y suelas gruesas que prometían kilómetros de caminata sin una sola ampolla. Luego unos guanteletes ligeros, flexibles, que cubrían los dedos sin restringir el movimiento.

Y después, la pieza principal.

Una capa.

No. No era solo una capa.