16.CAPÍTULO 16 LA CATEDRAL ABERRANTE #2
Optimismo , se dijo a sí mismo mientras empezaba a caminar hacia la construcción. El optimismo es clave. Quizás dentro haya una escalera que no termine en ninguna locura. O un puente. O un dragón amigable dispuesto a llevarme.
El silencio de la cámara fue su única respuesta.
La entrada del templo era un arco que se curvaba sobre sí mismo como una ola congelada.
No había puertas. Quizás las hubo alguna vez —había goznes oxidados incrustados en la piedra, marcas donde bisagras masivas habían sostenido algo—, pero ahora solo quedaba el umbral abierto.
Articus se asomó al interior.
La antorcha apenas iluminaba los primeros metros. Más allá, oscuridad. Una oscuridad diferente a la de la cueva. Más densa. Más… expectante .
Maravilloso , pensó. Una oscuridad con personalidad. Exactamente lo que necesitaba.
Cruzó el umbral.
El aire cambió inmediatamente. El frío húmedo de la caverna dio paso a algo más seco, más antiguo. Polvo de siglos. El olor de piedra que no ha visto la luz en milenios.
Sus ojos tardaron un momento en ajustarse.
Y cuando lo hicieron, Articus contuvo el aliento.
El interior era… imposible.
Las paredes no eran paralelas. El techo no era horizontal. Todo estaba ligeramente inclinado, ligeramente torcido, como si la gravedad funcionara de forma diferente aquí. Había columnas que no tocaban el suelo. Escaleras que subían hacia ninguna parte. Arcos que no sostenían nada.
Digno de ser investigado.
Pero primero, necesitaba encontrar la salida. Posiblemente, algo de comer. Su estómago eligió ese momento para recordarle que llevaba horas —¿días?— sin probar bocado.
Y a Helen.
Y a Misteria.
Articus apretó los dientes y avanzó.
Recorrió la nave central —si es que podía llamarse así— con la antorcha en alto y los sentidos alerta.
El templo era un laberinto de geometrías rotas.
Pasillos que se bifurcaban sin lógica. Cámaras laterales llenas de escombros y estatuas decapitadas.
Escaleras que ascendían dos tramos y terminaban en muros ciegos, como si el arquitecto hubiera cambiado de opinión a mitad de obra y no se hubiera molestado en deshacer lo construido.
Fascinante , pensó Articus, esquivando un bloque de piedra que sobresalía del suelo como un diente torcido. Una catedral diseñada por alguien que consideraba la lógica arquitectónica una mera sugerencia.
Sus dedos rozaron una columna al pasar. Más símbolos. Tallados profundamente en la piedra, con una precisión que contrastaba con el caos del edificio. Reconoció algunos del tratado de Stellaris. Otros eran completamente nuevos.
Cuando salga de aquí , se prometió, voy a necesitar un cuaderno muy, muy grande.
Fue entonces cuando vio algo moverse.
Un destello en la periferia de su visión. Algo que se desplazaba entre las columnas con la fluidez de una sombra que hubiera decidido independizarse de su propietario.
Articus se detuvo.
—Eso no pinta bien… —murmuró, agotado, empapado y más perdido que nunca.
Se pegó a una columna y agitó la antorcha, intentando iluminar lo que fuera que acechaba entre las sombras. Un par de puntos rojizos brillaron a lo lejos. Se movían. Se acercaban. Luego otro movimiento, a su izquierda.
—Oh… —susurró.
Una voz resonó justo encima de él. No detrás. No delante. Encima . Como si la criatura estuviera colgada del techo o suspendida en el aire, lo cual era profundamente desconcertante.
—¿Quién eres? ¿Qué buscas aquí?
Articus casi soltó la antorcha. El corazón le dio un vuelco tan violento que estuvo seguro de que podía oírse en toda la catedral.
—Ho-hola… —balbuceó—. No quería molestar. Yo solo buscaba… una salida. Ya me voy, perdone…
Se giró para encaminarse hacia donde recordaba que estaba la puerta, pero una silueta se materializó delante de él.
No apareció .
Se condensó .
Como si la oscuridad misma se hubiera comprimido hasta adquirir forma. Un instante no había nada; al siguiente, una figura bloqueaba su camino con la naturalidad de quien lleva esperando en ese mismo sitio desde antes de que existieran los calendarios.
Era una figura humanoide de casi dos metros de altura.
De presencia imponente, con dos largos cuernos que se curvaban hacia arriba desde su frente como ramas retorcidas por siglos de viento.
Sus brazos eran estilizados, elegantes incluso, terminando en uñas largas y afiladas que reflejaban la luz de la antorcha como cuchillas de obsidiana.
Sus piernas, fuertes y de aspecto caprino, se asentaban sobre el suelo antiguo del templo con la firmeza de quien conoce cada baldosa.
Su piel era de un negro profundo, como carbón pulido, y las sombras parecían adherirse a ella con familiaridad.
No llevaba ropa. No en el sentido humano.
Pero la penumbra y la textura de su piel hacían que los detalles se desdibujaran, como si la propia oscuridad la envolviera en un manto que era simultáneamente todo y nada.
Los ojos —dos ascuas encendidas de un rojo intenso— lo observaban con una mezcla de curiosidad y desconfianza que Articus reconoció inmediatamente: era la misma expresión que ponía el gato de su vecina cuando un desconocido se atrevía a acercarse demasiado.
Articus procesó la situación en una fracción de segundo.
Entidad sobrenatural. Cuernos. Garras. Ojos de fuego. Probablemente capaz de matarle con un gesto.
Y estaba… bueno…
Un rubor furioso le subió desde el cuello hasta las orejas.
Bajó la mirada a sus pies. A sus pies descalzos, sucios y amoratados sobre la piedra fría. Que en ese momento le parecieron los pies más interesantes del mundo.
—Perdón, señorita, yo… no sabía que usted estaba… —agitó una mano en el aire, señalando vagamente todo y nada a la vez—. Quiero decir… lamento la intromisión en su… templo… catedral… residencia…
La entidad ladeó la cabeza .
Era un gesto extrañamente humano. Extrañamente desconcertado . Los humanos que se aventuraban hasta aquí —los pocos que habían llegado, a lo largo de los siglos— normalmente gritaban. Huían. Atacaban. O una combinación de las tres cosas, generalmente en ese orden.
Este estaba preocupándose por su falta de vestimenta.
Aquello era nuevo.
De pronto, antes de que su cerebro pudiera intervenir con algo parecido al sentido común, Articus se quitó la chaqueta de su pijama de ovejas —empapada, llena de arena, con las ovejas saltarinas del estampado tan deformadas que parecían ovejas en mitad de una crisis existencial— y se la ofreció con un gesto torpemente respetuoso.
—Tome —dijo.
La entidad parpadeó.
Sus ojos de ascua se posaron en la prenda húmeda. Luego en Articus. Luego en la prenda otra vez.
Antes de que pudiera procesarlo —quizá por puro reflejo, quizá por la absoluta perplejidad del momento—, tenía puesta la chaqueta de pijama.
Le quedaba ridículamente pequeña. Los cuernos dificultaban enormemente el tema del cuello.
Las mangas apenas cubrían los antebrazos.
Una de las ovejas estampadas quedaba estirada sobre un hombro de tal manera que parecía gritar pidiendo auxilio.
Pero cubría lo suficiente para que Articus se atreviera a levantar la mirada de nuevo.
Más o menos.
—Lamento que esté mojada —dijo él, todavía más rojo que los ojos de la entidad.
—Ehhh… —respondió ella.
—Ehhh… —repitió Articus.
Un silencio extraordinariamente incómodo se instaló en la catedral aberrante. El tipo de silencio que solo ocurre cuando dos seres de naturaleza completamente distinta se encuentran en una situación para la que ningún manual de etiqueta ofrece orientación.
La entidad alzó una mano. Sus dedos —largos, oscuros, terminados en esas uñas que podrían haber abierto la piedra como mantequilla— trazaron unos símbolos en el aire.
Articus los reconoció parcialmente: eran variaciones de glifos de transmutación térmica, pero ejecutados con una elegancia y una fluidez que hacían que sus propios intentos parecieran garabatos de un niño.
Al instante, la chaqueta se secó. La camiseta interior de Articus se secó. El pantalón de pijama se secó, como si nunca hubiera tocado el agua.
—Wow… —dijo Articus, mirándose la ropa con genuino asombro—. Lo haces muchísimo mejor que yo. Yo habría quemado la chaqueta sin querer. Y probablemente la catedral.
La entidad desvió la mirada. Un rubor tenue —imposible, pero real— se extendió por la piel oscura de sus pómulos, contrastando con sus rasgos imponentes como una pincelada suave en un cuadro dramático.
—Bueno… —dijo, y su voz ya no era el eco resonante de antes. Era más cercana. Más… ¿tímida?—. Soy una entidad oscura semipoderosa. Algo tenía que saber hacer.
Semipoderosa , registró Articus. Nota mental: existe una escala de poder entre las entidades. Investigar.
Echó un vistazo a las enormes columnas quebradas que los rodeaban. A los arcos rotos. A los símbolos tallados por todas partes.
—Tienes un templo muy… peculiar.
—No es mío —respondió ella, cruzándose de brazos. La chaqueta de ovejas crujió ligeramente con el movimiento—. Fue erigido en honor a Natghoratt. Yo solo me escondí aquí cuando empezó… todo.
Su voz se apagó al final, como una llama que se encoge ante una corriente de aire.
—¿Todo? —preguntó Articus.
La entidad señaló hacia arriba con un gesto amplio que abarcó el techo, las paredes, el mundo entero.
—La calamidad. Lo de ahí fuera. Este mundo ha ido absorbiendo a las entidades, una a una. Las que no se escondieron… —Dejó la frase sin terminar. No hacía falta.
Articus tragó saliva.
Y su antorcha chisporroteó como si estuviera igual de nerviosa que él.
Un silencio diferente se instaló entre ambos. No incómodo esta vez, sino pesado. Cargado. Articus notó la traza de tristeza que se escondía detrás de los ojos de ascua. Una tristeza antigua. Del tipo que se acumula cuando has pasado demasiado tiempo solo en un lugar que no es tuyo.
—¿Puedo ayudarte? —preguntó.