La Casa de las Hojas Muertas 16.CAPÍTULO 16 LA CATEDRAL ABERRANTE
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16.CAPÍTULO 16 LA CATEDRAL ABERRANTE

Capítulo XVI

Articus recuperó el conocimiento con la cara pegada a la arena.

No era la mejor forma de despertar. Había probado varias —despertador, luz natural, el olor del café, Misteria utilizándole como almohada—, y ninguna de ellas incluía arena en las fosas nasales.

Se incorporó tosiendo y escupiendo granos diminutos.

Fascinante , pensó mientras el mundo dejaba de dar vueltas. He descubierto un nuevo método de exfoliación facial. Totalmente gratuito. Ligeramente desagradable.

Lo último que recordaba era haberse sentado un momento para recuperar fuerzas. Solo un momento. Solo cerrar los ojos un segundo para que dejaran de arder.

Aquel segundo se había convertido en varias horas, a juzgar por lo entumecido de sus extremidades.

La caverna seguía ahí. El lago subterráneo brillaba tenuemente a su derecha, iluminado por aquel resplandor verdoso que surgía de las profundidades. Los hongos bioluminiscentes cubrían las paredes como constelaciones enfermas, proyectando sombras que se movían con la corriente de aire.

Articus pasó la mirada del lago a la oscuridad de la caverna.

A la oscuridad profunda.

A la oscuridad que se extendía como las fauces de alguna bestia pétrea esperando a que él fuera lo suficientemente estúpido como para adentrarse .

Maravilloso , pensó. Opciones: lago con calamar gigante que quiere comerme, u oscuridad con criaturas desconocidas que probablemente también quieran comerme. Este mundo tiene una fijación preocupante con mi valor nutricional.

Se levantó con dificultad.

El pijama de ovejas —lo que quedaba de él— estaba rígido por la sal y la arena. Las ovejas saltarinas del estampado parecían ahora ovejas moribundas, desteñidas y deformes. Sus pies descalzos protestaron al contacto con la roca fría.

Los libros.

El pensamiento atravesó el aturdimiento como un rayo.

Se giró bruscamente, el corazón acelerándose.

Los localizó a su derecha. No estaban en su mejor momento —empapados, con las cubiertas manchadas de arena, las páginas hinchadas—, pero allí estaban. Esparcidos por la playa como náufragos de papel.

Articus los recogió con una reverencia casi religiosa.

El diccionario de Stellaris. El tratado de símbolos. Irremplazables. Maltrechos, pero enteros.

Nota mental , se dijo mientras los limpiaba con cuidado, inventar un método de impermeabilización para libros antiguos. Posiblemente usando símbolos de contención aplicados a las fibras del papel. Investigar cuando no esté huyendo de criaturas sobrenaturales.

Recorrió la playa con la mirada en busca de algo útil.

Los restos de la barca yacían esparcidos por la arena gris. Tablones reventados. Astillas que antes fueron quilla. La proa —o lo que quedaba de ella— sobresalía del agua como la aleta de un tiburón muerto.

Articus empezó a rebuscar entre los escombros.

Un clavo aquí. Otro allá. Fragmentos de metal oxidado que se había desprendido de las juntas. Encontró una pequeña red de pesca enrollada bajo un tablón, y un trozo de soga que aún conservaba cierta resistencia.

No es mucho , admitió, pero es más de lo que tenía hace cinco minutos.

Apiló algunas maderas bajo su brazo izquierdo. No las más pesadas —su cuerpo ya estaba haciendo lo posible por recordarle cada golpe y contusión de las últimas horas—, pero sí las más secas.

Con uno de los clavos empezó a trazar símbolos sobre un trozo de madera.

Lo hizo con sumo cuidado. Línea por línea. Curva por curva. El símbolo de fuego que había aprendido del tratado, pero rodeado de un buen número de símbolos de contención. Los mismos que habían fallado espectacularmente en la barca.

Esta vez , se prometió, con más control. Menos explosiones.

Completó el último trazo.

La madera estalló en llamas.

Articus se quemó ligeramente las puntas de los dedos.

—Todo un avance —murmuró, sacudiendo la mano.

La última vez que había intentado esto, el fuego le había chamuscado las cejas. Ahora solo eran las yemas. Definitivamente, progreso.

Acercó otra madera hasta que prendió.

Era una antorcha muy rústica. Muy primitiva. El tipo de antorcha que un cavernícola habría mirado con cierta condescendencia. Pero debería valer.

Y sinceramente, no le apetecía seguir llevando en las manos ningún trozo de madera tallado con símbolos inestables.

Como confirmando esta idea, la madera sobre la que había grabado el glifo empezó a crepitar con violencia. Dio un fogonazo final —blanco, cegador, decididamente excesivo— y se consumió en cenizas.

Articus contempló el montoncito gris con resignación.

Nota mental adicional: los símbolos de contención necesitan más trabajo. Mucho más trabajo.

Guardó los clavos restantes y la soga en el hatillo improvisado con la red. Se ató el hatillo al costado con un nudo que esperaba que aguantara.

Tenía que localizar a Helen y Misteria.

Pero antes, debía salir de aquella cueva.

Empezó a avanzar hacia la oscuridad.

La antorcha proyectaba un círculo de luz anaranjada que apenas llegaba tres metros en cualquier dirección. Más allá, negrura absoluta. El tipo de oscuridad que parecía tener peso, que presionaba contra los bordes de la luz como si quisiera apagarla.

El pijama estaba húmedo. Cada paso era un recordatorio de su estado: flop, flop, flop . El sonido lastimero de un hombre en pijama de ovejas empapado adentrándose en las entrañas de la tierra.

Si alguien me viera ahora , pensó, pensaría que estoy en medio de una crisis existencial muy específica.

Un espectador que hubiese observado desde la lejanía habría visto una pequeña luz adentrándose en la oscuridad. Un flop, flop alejándose gradualmente.

Y, desde el lago, unos tentáculos reptando del agua hacia la playa.

Avanzando por la arena.

Buscando algo.

Articus no lo vio. No lo oyó. Pero algo —instinto, paranoia, o simplemente suerte— le hizo acelerar el paso.

Llevaba un buen rato caminando cuando encontró el pasillo.

No era natural. Bueno, la gruta que había recorrido hasta ahora tampoco era exactamente acogedora, pero esto era diferente. Aquí los techos eran enormes —la luz de la antorcha no llegaba a alumbrar la parte superior—, pero las paredes…

Las paredes eran de bloques de piedra.

Articus se detuvo .

Pasó los dedos por la superficie. La textura era áspera, trabajada. Había algo allí. Simbología tallada en la roca. La misma escritura arcana que había visto en los libros, pero aquí grabada directamente en la piedra como si alguien hubiera querido dejar un mensaje permanente.

Sin las herramientas necesarias no podría hacer calcos para estudiarlos , pensó con frustración. Pero al menos puedo memorizarlos.

Dedicó unos minutos a examinar los símbolos más claros. Algunos los reconoció; otros eran completamente nuevos.

El pasillo natural dio paso gradualmente a un corredor construido.

Encontró antorchas en los laterales. Antorchas reales, montadas en soportes de hierro forjado que el tiempo había convertido en óxido rojizo. Cambió su improvisada versión por aquellas más profesionales.

Añadió un par de antorchas adicionales a su hatillo.

Nunca se tienen suficientes antorchas cuando estás bajo tierra huyendo de criaturas sobrenaturales. Era una de esas lecciones que la vida te enseña de formas muy específicas.

El corredor se fue ensanchando.

Y entonces llegó a la cámara.

Era inmensa.

Articus se detuvo en el umbral, incapaz de procesar lo que estaba viendo.

La cámara se extendía ante él como el interior de una montaña hueca.

El techo —si es que había techo— se perdía en las alturas, invisible desde abajo.

Una luz tenue se filtraba desde algún punto muy, muy arriba, creando columnas de resplandor polvoriento que atravesaban el espacio como los rayos de una catedral.

Y al fondo, el edificio.

Edificio era una palabra insuficiente .

Era una construcción colosal. Gigantesca. Del tamaño de una catedral, quizás mayor. Pero la arquitectura…

Articus frunció el ceño.

Le recordaba a una catedral, sí. Había arcos, bóvedas, lo que podrían ser contrafuertes.

Pero todo estaba mal . No había simetría ni la proporción matemática que esperaba de un edificio religioso.

Era todo más… orgánico. Como si alguien hubiera tomado la idea de una catedral y la hubiera filtrado a través de una pesadilla.

Los arcos no eran arcos; eran curvas que se torcían en direcciones imposibles. Las columnas no ascendían rectas; serpenteaban como árboles retorcidos por siglos de viento. Las ventanas —si es que podían llamarse así— no seguían ningún patrón discernible.

Y estaba parcialmente destruida.

Secciones enteras habían colapsado. Montones de escombros se apilaban donde antes hubo muros. El tiempo —o algo peor— había mordido la estructura, dejando heridas abiertas en la piedra.

¿Un templo? , pensó Articus. ¿Pero a qué? ¿A la geometría no euclidiana?

Se aproximó con cautela.

Cuando estuvo más cerca, vio algo más.

Árboles.

Árboles que rodeaban la construcción, creciendo en la roca desnuda como si alguien hubiera plantado un jardín en el interior de una montaña. Estaban desprovistos de hojas, sus ramas estiradas hacia arriba en un vano intento de alcanzar la luz que se filtraba desde la superficie.

Eran tristes. Desesperados. Árboles que habían crecido toda su vida buscando un sol que nunca llegaría.

Como yo buscando la salida , pensó con humor negro. Empatizo profundamente con vosotros, árboles.

Alzó la vista .

Muy, muy arriba, divisó la grieta por la que se filtraba la luz. Una fractura en la roca que dejaba pasar rayos de claridad exterior.

Era inaccesible.

Completamente inaccesible. Metros y metros de pared vertical sin asideros, sin escaleras, sin nada que permitiera escalar.

Articus suspiró.

Por supuesto que es inaccesible. ¿Por qué habría de ser fácil? Eso sería demasiado conveniente para un universo que claramente me odia.

Miró la catedral aberrante.

Miró la grieta inalcanzable.

Miró el pasillo oscuro por el que había venido.

Otra vez, la única opción posible para salir de allí era avanzar. Hacia aquel templo. Y esperar que allí se encontrase una salida.

Y no algo peor.