15.CAPÍTULO 15 EL SENDERO DE LAS SETAS
Capítulo XV
Helen miró hacia la profundidad del oscuro túnel.
Miró hacia la salida.
Y, por último, giró la cabeza para observar a Misteria, que se encontraba con los ojos cerrados, pegada a su espalda como una pequeña mochila de mal humor.
Suspiró.
No sabía qué sería más seguro: volver o avanzar. Volver significaba espectros, frío antinatural, y la certeza de que la Casa ya no era un refugio. Avanzar olía a aventura.
Pero estaba con Misteria.
Bueno , se dijo a sí misma, caminar un poco, mirar, y ya decidir qué hacer. Un poquito más adelante.
Se asomó a la salida del túnel.
El bosque formado por los inmensos árboles le dio la bienvenida.
El suelo cubierto de hojas y musgo. El olor a tierra mojada impregnándolo todo.
No llovía —o al menos la lluvia no llegaba hasta aquí abajo, filtrada por las copas imposibles de los árboles titánicos—.
No había mucha luz, pero sí la suficiente para distinguir formas, siluetas, el contorno de un sendero que serpenteaba entre los troncos.
No parecía peligroso.
En exceso.
Antes de avanzar, Helen se detuvo. Miró hacia atrás, hacia la boca del túnel. Articus podría venir por aquí. Si había escapado — cuando hubiera escapado, se corrigió—, buscaría el pasadizo secreto. Encontraría este lugar.
Tenía que dejarle señales.
Recogió varias piedras del borde de la cueva y las apiló en una pequeña torre junto a la entrada. Tres piedras base, dos encima, una en la cúspide. Luego usó la navaja que llevaba en el bolsillo del pijama para marcar una flecha en el tronco del árbol más cercano, apuntando hacia el sendero.
—Por si viene a buscarnos —murmuró—. Sabrá que fuimos por aquí.
Misteria abrió un ojo desde su espalda. Observó la pila de piedras. Observó la flecha. Cerró el ojo.
Aprobación silenciosa , interpretó Helen. O quizás indiferencia total . Con Misteria era difícil distinguir.
Los árboles se alineaban a lo largo de lo que claramente era un camino. Un camino antiguo, medio devorado por la vegetación, pero un camino al fin y al cabo.
¿Un camino? , pensó Helen. ¿A dónde?
Era ligeramente siniestro. Y sobre todo, misterioso.
—¿Qué hacemos, Misteria? —preguntó Helen en voz baja—. ¿Investigamos?
Misteria abrió un ojo. La miró con indiferencia absoluta. Lo volvió a cerrar.
—Tomaré eso como un sí sombrío —murmuró Helen.
Empezó a recorrer el camino con Misteria a su espalda. A los pocos metros, vislumbró un trozo de rama en el suelo. Lo cogió y lo sostuvo en sus manos, valorándolo. Había perdido su espada —la espada, atravesada por aquel espectro— y se sentía más segura con aquella rama en la mano.
No era una espada .
Pero era algo.
El camino empezó a hacerse más ancho y se fue elevando gradualmente. Caminar se hacía cada vez más pesado. La pendiente era suave pero constante, y Helen llevaba horas sin dormir apropiadamente, con un brazo que todavía hormigueaba por el contacto con el espectro.
Se detuvo a descansar.
Las piernas le ardían. Tenía los pies doloridos dentro de las botas —al menos había tenido tiempo de ponérselas antes de huir, gracias a algún instinto que todavía funcionaba—. No habían avanzado mucho en el bosque y Helen ya sopesaba si volver.
No tenían provisiones.
No sabía hacia dónde se dirigían.
Y aunque llevaba sus botas, seguía vistiendo solo el pijama de gatitos.
Sí, un pijama cálido y mullido, pero que ahora que había parado notaba que no la protegía lo suficiente del frío del bosque. Un frío húmedo que se colaba entre las costuras, que mordía los tobillos, que convertía cada respiración en una pequeña nube de vapor.
Misteria se descolgó de su espalda.
La niña entrecerró los ojos y observó a Helen con esa mirada insondable que hacía imposible saber si estaba evaluándola, juzgándola, o simplemente aburrida. Sopesando. Finalmente, pareció tomar una decisión.
Abrió un poco las puertas de la indiferencia que las separaban.
—Tengo hambre —dijo Misteria.
Eran las primeras palabras que le dirigía directamente. Helen parpadeó, sorprendida.
—Oh, lo siento, Misteria. No tengo nada encima. Tendrás que esperar.
Misteria fulminó a Helen con una mirada .
Una pérdida de tiempo , parecía pensar.
Volvió a cerrar las inmensas puertas de indiferencia que las separaban, le dirigió un gesto muy significativo —algo entre decepción y resignación—, y se dirigió hacia el bosque.
—¡Misteria, espera! —repitió Helen.
Pero Misteria ya había desaparecido entre la espesura oscura.
Helen se levantó con cierto esfuerzo. Su cuerpo había empezado el proceso de recuperación después del combate con los espectros, pero no se sentía precisamente ágil. Corrió hacia el límite del camino donde había desaparecido la niña.
—¡Misteria! —gritó—. ¡Misteria, ven aquí! ¡Es peligroso!
Misteria no respondió.
No se veía nada entre los árboles. La oscuridad era densa, viva, hambrienta.
¿Hacia dónde? , pensó Helen con un nudo en el estómago. ¿Hacia dónde ha ido?
Recogió otra rama del suelo e intentó prenderle fuego con el mechero que llevaba en el bolsillo del pijama. Pero la madera estaba húmeda. Fue imposible.
Desesperada, lanzó la rama a un lado.
Tomó aire. Apoyó un pie en el límite del bosque, preparándose para adentrarse en la oscuridad—
Justo en ese momento, Misteria emergió de la espesura.
A pocos metros de ella. En silencio. Como un fantasma diminuto.
Llevaba un montón de setas entre sus pequeños brazos. Y en la boca, con los carrillos llenos como una ardilla satisfecha.
Helen parpadeó.
—Eso… ¿eso es comestible? —preguntó, señalando las setas.
Misteria, reina de las miradas de indiferencia, le dirigió una antológica. Posiblemente la mejor de su repertorio. Luego se sentó en medio del camino y empezó a engullir setas con la concentración de quien realiza una tarea sagrada .
Helen suspiró.
Imagino que lo son , pensó. La niña pertenece a este mundo. La niña ha sobrevivido en este mundo. Debería confiar en los conocimientos de Misteria.
Quien, aparentemente, sabía más de supervivencia que ella.
Helen se sentó también, a una distancia prudente.
—Puedes sentarte a mi lado, Misteria.
Misteria no se molestó en contestar. Ni siquiera le dirigió una mirada. Siguió comiendo con la determinación de quien tiene las prioridades muy claras.
Al rato, la niña empezó a dar síntomas de tener frío. Pequeños temblores. Brazos cruzados sobre el pecho. Una forma de encogerse que Helen reconoció.
Misteria miró a los lados.
Miró a Helen.
Suspiró con todo el peso del universo sobre sus pequeños hombros.
Arrugó el gesto. Se encogió de hombros con resignación. Se levantó, cogió su última seta… y se la metió a Helen en la boca.
Luego se acurrucó contra ella y cerró los ojos.
La seta que Misteria había introducido en la boca de Helen era muy sabrosa.
Carnosa. Densa. Como un panecillo muy, muy compacto con sabor a nueces, o algo similar. Algo terroso y reconfortante que llenaba el estómago con una calidez inesperada.
Helen masticó despacio, saboreando, disfrutando aquel bocado.
Luego sintió cómo una energía renovadora recorría su cuerpo.
Aquella energía empezó a fluir por sus músculos.
Sus piernas y brazos parecieron recobrarse.
El agotamiento seguía ahí, pero ahora era manejable.
Tolerable. Y algo más: el brazo derecho, que desde el contacto con el espectro llevaba horas con ese hormigueo persistente y ese entumecimiento que venía y se iba, empezó a sentirse de nuevo como suyo.
La sensación volvió primero en los dedos, luego en la muñeca, luego hasta el hombro.
Completa. Funcionando. Como si la seta hubiera pulsado algún botón de reinicio en su organismo.
—Misteria —preguntó Helen, mirando a la niña acurrucada contra ella—, ¿puedes encontrar más de estas setas?
Misteria, con los ojos cerrados, realizó un indiferente encogimiento de hombros.
Lo tomaré como un sí , decidió Helen.
Cuando reanudaron el camino, Helen llevaba un pañuelo a modo de bolsa, enganchado en su cintura, relleno de setas-panecillo —como las había bautizado mentalmente—.
También llevaba el palo.
Un palo al que le había dado una forma más amenazadora gracias a la pequeña navaja que aún llevaba en uno de los bolsillos del pijama.
No era una espada. Ni siquiera era un arma propiamente dicha.
Pero tenía una punta afilada y algo de peso, y Helen se sentía marginalmente menos indefensa con él en la mano.
Caminaba con Misteria a su espalda.
La niña había vuelto a su posición habitual, aferrada al cuello de Helen como un koala particularmente malhumorado.
Continuó subiendo el camino. Alejándose cada vez más de la Casa.
Si no hay algo interesante más adelante , se dijo Helen a sí misma, volveremos a la Casa. Con suerte, los espectros se habrán ido y podré reunirme con Articus.
El pensamiento de Articus le provocó una punzada de preocupación.
¿Dónde está? ¿Habrá escapado? ¿Estará…
No. No iba a pensar en eso .
Articus era inteligente. Articus era… bueno, era Articus. Tenía esa capacidad irritante de sobrevivir a situaciones imposibles mediante una combinación de suerte, análisis y pura terquedad.
Estará bien , se dijo. Tiene que estar bien.
El camino siguió ascendiendo.
La luz —la poca que había— empezó a cambiar. El resplandor difuso que se filtraba entre las copas de los árboles titánicos adquirió un tono más cálido, más dorado. Como si en algún lugar, muy arriba, existiera algo parecido a un atardecer.
Helen perdió la noción del tiempo.
¿Cuánto llevaban caminando? ¿Una hora? ¿Dos? ¿Más? Sin sol visible, sin referencias, el tiempo se volvía elástico. Cada paso era igual al anterior. Cada árbol era gemelo del siguiente.
Pero el camino seguía.
A su espalda, Misteria dormitaba. O al menos eso parecía. Su respiración era lenta y acompasada, su peso ligeramente más pesado contra los hombros de Helen.
El sendero giró bruscamente hacia la izquierda.
Y Helen se detuvo.
Ante ella, parcialmente oculta por la vegetación que había crecido sin control durante lo que debían ser décadas —o siglos—, había una estructura.
Piedra.
Muros de piedra cubiertos de musgo y enredaderas.
Una torre.
Una torre de piedra que se alzaba entre los árboles como un dedo índice señalando al cielo.
Alta, esbelta, construida con bloques de piedra gris que el tiempo había cubierto de musgo y líquenes.
Las ventanas —estrechas, diseñadas más para la observación que para la luz— ascendían en espiral siguiendo lo que debía ser una escalera interior .
Era antigua. Increíblemente antigua.
Pero estaba en pie.
¿Una torre de vigilancia? , pensó Helen. ¿Un observatorio? ¿O algo más?
La puerta de la base estaba entreabierta. Madera reforzada con hierro, hinchada por la humedad de los siglos pero aún sólida.
Helen se acercó con cautela, el palo-lanza en ristre.
—Misteria —susurró—. Despierta.
La niña abrió los ojos inmediatamente. No con el desconcierto del sueño interrumpido, sino con la alerta instantánea de quien nunca duerme del todo. Miró la torre. Olfateó el aire.
No dijo nada y volvió a cerrar los ojos.
Maravilloso , pensó Helen. Eso es muy tranquilizador.
Empujó la puerta con el palo.
Las bisagras protestaron con un chirrido oxidado que resonó en el silencio del bosque. El interior estaba en penumbra, iluminado solo por la luz que se filtraba a través de las ventanas estrechas. Una escalera de piedra ascendía pegada a la pared circular, subiendo hacia los pisos superiores.
Y había restos de lo que alguna vez fueron libros.
Pilas y pilas de volúmenes destruidos apilados contra las paredes curvas.
Lo que quedaba de ellos: masas informes de papel podrido, cubiertas de moho negro y verde, páginas fundidas entre sí por décadas de humedad.
Estantes construidos directamente en la piedra sostenían formas irreconocibles que alguna vez fueron volúmenes.
Pergaminos en nichos excavados en los muros, convertidos en pulpa húmeda.
Una mesa de lectura cubierta de lo que podría haber sido documentos, ahora apenas manchas oscuras sobre la madera carcomida.
Helen entró.
El suelo de piedra resonó bajo sus botas. El aire olía a podredumbre, a humedad, a conocimiento perdido para siempre .
—Alguien vivió aquí —murmuró Helen—. Alguien que dedicó su vida a los libros. Libros que ya no existen.
Misteria se descolgó de su espalda y aterrizó en el suelo con la gracia de un gato.
Helen miró alrededor del primer piso de la torre. Había una chimenea empotrada en el muro. Estaba obstruida por escombros y nidos de algo que esperaba estuviera extinto, pero quizás pudiera limpiarse. Había rincones secos donde podrían descansar. Había muros gruesos que les protegerían del frío.
—¿Qué dices, Misteria? ¿Nos quedamos aquí esta noche?
La niña caminó hacia la chimenea. Examinó los escombros. Empezó a apartarlos con sus pequeñas manos.
Eso es un sí , interpretó Helen.
Se arrodilló junto a ella y empezó a ayudar.
Cuando la chimenea estuvo despejada y Helen logró encender un pequeño fuego con ramas secas que encontró apiladas en un rincón, la noche había caído completamente sobre el bosque.
El fuego crepitaba.
Las sombras bailaban en los muros curvos de la torre, proyectándose sobre los estantes vacíos y los restos podridos de lo que alguna vez fue una biblioteca.
Misteria estaba acurrucada en un rincón, envuelta en una manta polvorienta que Helen había encontrado en un baúl. La niña parecía más pequeña que nunca, más frágil, más… humana.
Fin del Capítulo 15