14.CAPÍTULO 14 ESPECTROS EN LA NOCHE #3
Se incorporó con un gruñido.
Estaba en una pequeña playa de arena gris, dentro de una caverna que se abría ante él como las fauces de alguna bestia pétrea. Los restos de la barca —astillas, tablones rotos, fragmentos irreconocibles— flotaban en el agua negra detrás de él.
Y los libros.
Estaban ahí. Empapados. Maltratados. Pero ahí .
Articus los recogió con manos temblorosas. El diccionario de Stellaris. El tratado de símbolos. Manchados de agua, con las páginas hinchadas y arrugadas, pero intactos .
Apretó los libros contra su pecho y, por un momento, simplemente respiró.
Estaba vivo.
No sabía dónde estaba, ni cómo volver, ni si Helen y Misteria habían escapado.
Pero estaba vivo.
Y ahora , pensó, mirando la caverna que se extendía ante él, tengo que encontrar la manera de salir de aquí.
Se puso de pie con dificultad. El pijama de ovejas —lo que quedaba de él— estaba destrozado, empapado, y probablemente arruinado para siempre. Sus zapatillas eran un recuerdo lejano, perdidas en algún momento entre el cementerio y el encuentro con el calamar gigante.
Descalzo. Mojado. Perdido. Con dos libros antiguos como única posesión.
He tenido mejores noches , admitió para sí mismo.
Pero también había tenido peores. Probablemente.
Comenzó a caminar hacia la caverna, siguiendo el resplandor de los hongos como un marinero sigue las estrellas.
Mientras tanto, un poco antes…
Helen despertó al grito de Articus.
No fue un despertar gradual. Fue instantáneo. Un segundo estaba soñando con espadas y competiciones —sueños agradables, familiares—, al siguiente estaba completamente alerta, su cuerpo ya en movimiento antes de que su mente procesara la situación .
"¡huid!"
La palabra reverberó en su cabeza mientras se incorporaba de un salto.
La habitación estaba oscura, iluminada solo por las brasas moribundas de la chimenea. Misteria seguía dormida —o lo que parecía dormida— acurrucada entre almohadas y mantas como un pequeño capullo de tela.
Helen no dudó.
Con un movimiento practicado mil veces, alcanzó su espada donde descansaba junto a la cama. La funda se deslizó con un susurro familiar mientras se la cruzaba a la espalda. El peso era reconfortante. Correcto.
"¡coge a misteria y huye!"
La voz de Articus sonaba desesperada. Aterrorizada.
Articus nunca sonaba aterrorizado.
Helen cruzó la habitación en dos zancadas y recogió a Misteria con un movimiento que era más práctico que elegante. La niña era ligera —demasiado ligera—, y Helen la acomodó contra su espalda, los brazos de Misteria automáticamente rodeando su cuello.
La niña abrió los ojos.
Eran completamente negros, como siempre, pero había algo diferente en ellos.
Una alerta que no había estado allí un momento antes.
Miró a Helen con cierta desconfianza —siempre la miraba así, reservada, cautelosa—, pero al sentir el calor que emanaba de su espalda, cerró los ojos y se aferró más fuerte.
No dijo nada. Misteria nunca decía nada. Pero su cuerpo se tensó de una forma que Helen había aprendido a interpretar como advertencia.
Corrió hacia la puerta.
El pasillo estaba sumido en sombras. La luz de su habitación apenas alcanzaba a iluminar el primer tramo antes de ser devorada por la oscuridad. Y en esa oscuridad…
Movimiento.
Una figura bloqueaba el camino hacia las escaleras.
Helen desenfundó.
El sonido del acero abandonando la vaina fue como música. Familiar. Tranquilizador. Correcto .
Se lanzó hacia adelante.
Su estocada fue perfecta —años de entrenamiento convertidos en memoria muscular—, la punta de la espada atravesando el centro de masa de la figura con precisión geométrica.
Y encontró resistencia.
No era como atravesar carne. Era como cortar humo denso, humo que empujaba de vuelta, que se resistía. La espada se hundió, pero lentamente, como si el aire mismo se hubiera vuelto viscoso.
Su mano tocó la figura.
Dolor.
Un frío que no era frío. Un vacío que succionaba. La sensación de que algo intentaba extraer algo de ella —calor, vida, esencia— a través del punto de contacto.
Helen soltó la espada por instinto.
Saltó hacia atrás, su brazo derecho completamente entumecido, colgando inútil a su costado. La figura —el espectro, comprendió con horror tardío— sostenía su espada. La estaba extrayendo de su propio cuerpo, los dedos de humo negro aferrando el acero como si le perteneciera.
El espectro gritó.
El sonido fue incorrecto . Resonó en frecuencias que no deberían existir, que hacían vibrar los huesos y presionaban contra los oídos con malicia casi física.
Helen no esperó.
Franqueó la figura —su cuerpo moviéndose por instinto mientras su mente procesaba, calculaba, buscaba opciones— y corrió hacia el fondo del pasillo.
La biblioteca.
El pasadizo secreto.
Otra figura bloqueaba las escaleras. Otra se materializaba detrás de ella. Estaba atrapada entre tres espectros con un brazo inútil y una niña aferrada a su espalda.
Corrió hacia la biblioteca.
La puerta —la misma que Articus había abierto mediante métodos dudosamente seguros— seguía dañada, un hueco irregular que permitía el paso. Helen se deslizó a través de él, sintiendo el borde de la madera astillada rasgar su pijama.
Su pijama.
Gatitos , pensó con una histeria que bordeaba la risa. Estoy huyendo de fantasmas en un pijama de gatitos.
El estante. El libro rojo. El mecanismo del pasadizo.
Sus dedos encontraron el volumen por memoria más que por vista. Lo empujó.
El estante se deslizó con un chirrido de piedra contra piedra.
Oscuridad. Escaleras descendentes. Aire frío y húmedo que olía a piedra antigua.
Helen se lanzó hacia el interior.
Detrás de ella, los espectros entraban en la biblioteca. Podía oírlos —sentirlos— acercándose. Ese frío antinatural lamiendo su espalda.
Encontró el mecanismo interior. Lo activó.
El estante comenzó a cerrarse.
Los espectros se aproximaron.
Más cerca.
Más cerca.
El estante se cerró con un clonc definitivo.
La oscuridad fue absoluta.
Durante un momento —un momento eterno, infinito— Helen simplemente respiró. Su corazón latía tan fuerte que podía sentirlo en los dientes. Su brazo derecho era un peso muerto que apenas comenzaba a recuperar sensibilidad.
Misteria se removió en su espalda. Sus pequeños dedos se aferraron con más fuerza al cuello de Helen, y aunque no dijo nada —nunca decía nada—, Helen sintió la pregunta en la tensión de su cuerpo.
¿Estamos a salvo?
Helen consideró la respuesta.
Estaban en un pasadizo secreto bajo una Casa encantada, huyendo de espectros, con Articus perdido en algún lugar, sin armas efectivas, en pijamas.
—Probablemente no —murmuró, más para sí misma que para la niña—. Pero estamos vivas.
Se acomodó a Misteria mejor —la niña llevaba uno de los jerseys de Articus sobre su camisón, un jersey de lana gruesa que le quedaba como un vestido y que olía ligeramente a él—, y sacó el mechero que siempre llevaba en el bolsillo de su pijama.
Porque una dama siempre va preparada , pensó con la voz de su padre resonando en su memoria.
La llama prendió.
La luz reveló paredes de piedra húmeda, escaleras que descendían en espiral, y una antorcha montada en un soporte oxidado.
Helen encendió la antorcha.
—Esto —dijo, mirando las escaleras que descendían hacia lo desconocido— habría sido una maravillosa ocasión de sorprender a Articus. Ver esa cara de embobado que pone siempre cuando hago algo inesperado.
Misteria la miró con esos ojos insondables. Ladeó la cabeza ligeramente, como si procesara las palabras.
—Esa cara —continuó Helen, comenzando a descender—. La extraño un poco ahora mismo.
Bajaron hacia la oscuridad.
Hacia lo desconocido.
Hacia, esperaba Helen, algún lugar donde pudieran encontrar a Articus y darle un sermón apropiado sobre irse solo en medio de la noche.
Si sobrevivimos , añadió una voz práctica en su cabeza, le voy a matar yo misma.
Era una promesa reconfortante.
Fin del Capítulo 14