14.CAPÍTULO 14 ESPECTROS EN LA NOCHE #2
El abrigo aguantó apenas un instante; debajo, el pijama de lana —tan cómodo y mullido hace solo minutos— se convirtió instantáneamente en una prisión helada.
El agua lo saturó, añadiendo kilos de peso y robándole el calor corporal con eficiencia brutal.
Cada gota era un pequeño puñetazo de hielo contra su piel.
Los libros.
El pensamiento atravesó el pánico como un rayo.
Tengo los libros.
Los apretó contra su pecho, cubriéndolos con su cuerpo todo lo posible. El diccionario de Stellaris. El tratado de símbolos. Irremplazables . Si se mojaban, si las páginas se dañaban…
El espectro emergió por la puerta.
No caminó. Fluyó . Como humo arrastrado por el viento, pero contra el viento. Moviéndose con propósito hacia Articus con esa hambre silenciosa que era peor que cualquier rugido.
Articus corrió.
Sus pies —en zapatillas de estar por casa, porque por supuesto no se había puesto botas para su pequeña excursión nocturna al piso de abajo— chapotearon en los charcos del camino de grava. Cada paso era una lucha. La grava estaba resbaladiza. La lluvia le cegaba. El frío le entumecía los músculos.
Flop. Flop. Flop .
El sonido ridículo de sus zapatillas empapadas persiguiéndole mientras huía de una criatura de pesadilla.
Miró hacia atrás.
El espectro le seguía. No corría —¿podían correr los espectros?—, pero se desplazaba con una velocidad constante e implacable que sugería que no necesitaba correr. Solo tenía que esperar .
Miró hacia la Casa.
Las ventanas del piso superior brillaban ahora con luz de velas. Helen se había despertado. Helen estaba en movimiento.
Por favor, que coja a Misteria. Por favor, que salgan. Por favor, que estén a salvo.
Articus llegó a la bifurcación del camino.
A la izquierda: el sendero hacia el bosque. Un escalofrío —más intenso que cualquier cosa que hubiera sentido— le recorrió el cuerpo cuando miró en esa dirección. No. No . Cada instinto que tenía gritaba que el bosque era muerte.
A la derecha: el cementerio.
Miró hacia allá.
Nada. Ningún escalofrío adicional. Solo la lluvia cayendo sobre las lápidas antiguas, convirtiendo el suelo en un lodazal.
Oh no , pensó. Oh, definitivamente no.
Pero el espectro estaba más cerca ahora. Podía sentir el frío antinatural que emanaba, un frío que no tenía nada que ver con la lluvia.
Articus corrió hacia el cementerio.
Las verjas de hierro del cementerio seguían medio bloqueadas con los palos, las piedras y el alambre que él mismo había encajado el día anterior, pero algo las había forzado: los palos estaban partidos, el alambre colgaba hecho jirones, y aun así cedieron con un chirrido cuando las empujó .
Dentro, las lápidas se alzaban como dientes torcidos en una mandíbula de tierra.
Algunas estaban inclinadas por el paso de los siglos.
Otras habían colapsado completamente, convertidas en montículos de piedra erosionada.
Había nombres grabados que ya no podían leerse, fechas que se habían difuminado en el olvido.
El suelo estaba embarrado.
Sus zapatillas se hundían con cada paso, el lodo succionando sus pies con avaricia. El sonido era obsceno: shlorp, shlorp, shlorp , mezclado con el repiqueteo constante de la lluvia sobre la piedra.
Articus avanzó entre las tumbas, resbalando, recuperándose, volviendo a resbalar.
¿A dónde voy? ¿Qué estoy haciendo? ¿Cuál es el plan?
No había plan. Solo había huida.
Miró hacia atrás.
El espectro había cruzado la verja del cementerio.
Mierda. Esperaba que tuviera algún respeto por los muertos. O que fuera pariente de alguien enterrado aquí y no quisiera molestar.
El pensamiento era absurdo. Todo era absurdo. Estaba huyendo en pijama de ovejas de una criatura hecha de humo y hambre a través de un cementerio bajo la lluvia.
Mi vida , pensó con una histeria que bordeaba la risa, ha dado un giro muy extraño.
Entonces vio el mausoleo.
Al fondo del cementerio, medio oculta por arbustos que habían crecido salvajes durante décadas, había una estructura de piedra. Una entrada. Escaleras que descendían hacia la oscuridad.
El mismo lugar donde habían encontrado el pasadizo subterráneo el día anterior.
Articus no lo dudó.
Se lanzó hacia las escaleras, tomándolas de dos en dos, casi cayendo cuando su pie resbaló en un escalón cubierto de musgo .
Un resplandor tenue provenía del fondo —hongos bioluminiscentes cubriendo las paredes de la cripta como constelaciones enfermas—.
Articus no los había notado durante su exploración anterior; la luz de las antorchas había sido demasiado brillante, ahogando aquel fulgor diminuto.
Pero ahora, en la oscuridad absoluta, los hongos brillaban lo suficiente para distinguir los escalones.
Suficiente para avanzar a trompicones, medio cayendo, recuperándose con una mano contra la pared húmeda y viscosa, volviendo a tropezar.
Por favor, que los espectros no puedan nadar. O bucear. O lo que sea que hagan las criaturas de humo en el agua.
Llegó al embarcadero.
Lo recordaba de su exploración anterior. Un pequeño muelle de madera podrida que se adentraba en un lago subterráneo. Las aguas negras y quietas reflejaban el resplandor verdoso de los hongos, convirtiendo la caverna en un paisaje de pesadilla submarina.
Había una barca.
Gracias. Gracias, gracias, gracias.
Era vieja. Desvencijada. El tipo de embarcación que en circunstancias normales Articus no habría tocado ni con un palo de tres metros. Pero las circunstancias habían dejado de ser normales hace aproximadamente tres semanas.
Desató la cuerda con dedos entumecidos por el frío.
Saltó a la barca.
El espectro llegó al borde del embarcadero.
Se detuvo.
Articus contuvo el aliento.
La criatura permanecía inmóvil al borde del agua, su forma humeante ondulando como una llama negra. No avanzaba. No retrocedía. Solo… observaba.
No puede cruzar , comprendió Articus con un alivio tan intenso que casi le hizo llorar. El agua. No puede cruzar el agua.
Dejó escapar el aire que había estado conteniendo .
Y entonces la barca comenzó a moverse.
Al principio pensó que era la inercia de su salto.
Luego se dio cuenta de que había corriente.
Una corriente que no debería existir en un lago subterráneo, que tiraba de la barca con una fuerza suave pero constante, alejándola del embarcadero con una velocidad que aumentaba gradualmente.
—No, no, no —murmuró, buscando remos.
No había remos.
Por supuesto que no hay remos. ¿Por qué habría remos? Eso sería demasiado conveniente.
El embarcadero se alejaba. El espectro seguía allí, una mancha oscura recortada contra el resplandor tenue de los hongos. Observando. Esperando.
¿Esperando qué?
Articus se asomó por el borde de la barca.
Las aguas eran negras. Completamente negras. No reflejaban la luz de los hongos; la absorbían. Era como mirar a un pozo sin fondo, un vacío líquido que se extendía hacia profundidades inimaginables.
Y entonces algo lo miró de vuelta.
Un ojo.
Enorme.
Del tamaño de un escudo. Del tamaño de una mesa. Más grande que la propia barca, brillando en las profundidades con una inteligencia antigua y hambrienta.
HAMbrE , sonó en la cabeza de Articus.
No fue un pensamiento suyo. Fue una intrusión . Una palabra-concepto que se instaló en su cerebro como un invitado no deseado.
Dieta , pensó Articus automáticamente, porque su cerebro procesaba el estrés de formas muy extrañas. Haz dieta pensó a modo defensa .
El ojo no pareció impresionado por su defensa mental.
Un tentáculo emergió del agua.
Era grueso como el tronco de un árbol, cubierto de ventosas del tamaño de platos, y se movía con una gracia fluida que contrastaba horriblemente con su masa. Se alzó sobre la barca, bloqueando el resplandor de los hongos, proyectando una sombra que engulló a Articus en oscuridad.
Y descendió.
Crack.
El impacto sacudió toda la embarcación. Articus cayó hacia atrás, golpeándose la espalda contra el borde opuesto. Los libros — los malditos libros — volaron de sus manos, aterrizando en el fondo de la barca con un sonido húmedo que le partió el corazón.
No los libros. Por favor, no los libros.
Otro tentáculo emergió.
Articus no pensó.
Sacó el pequeño alfiler que usaba para sujetarse las mangas del pijama —le quedaba algo grande y sin el alfiler las mangas le cubrían las manos constantemente— y comenzó a grabar.
Sus manos temblaban. Por el frío. Por el miedo. Por la certeza absoluta de que lo que estaba a punto de hacer era una locura.
Pero la locura era mejor que ser comida de calamar gigante.
Trazó el símbolo en la madera del borde de la barca. Líneas que había memorizado del tratado de símbolos. Un glifo de movimiento. Un glifo de dirección. Un glifo de liberación .
Golpeó la madera con el puño.
El símbolo brilló.
Y el fondo de la barca explotó .
No literalmente —no hubo fuego ni fragmentos—, pero la madera comenzó a combarse sobre sí misma, la energía del impacto redistribuyéndose, canalizándose, expulsándose en una dirección.
La barca salió disparada como una flecha .
Articus fue lanzado hacia atrás por la aceleración, apenas logrando aferrarse al borde mientras el viento —¿viento? ¿bajo tierra?— le golpeaba la cara. Atrás quedaron los tentáculos, el ojo gigante, el hambre que había sentido presionando contra su mente.
Pero la barca se estaba desintegrando.
Podía verlo. Sentirlo. El glifo que había trazado era demasiado potente, demasiado bruto. Estaba consumiendo la propia barca como combustible para su propulsión. La madera se deshacía bajo sus pies, fragmento a fragmento, tabla a tabla.
Esto fue una idea terrible , tuvo tiempo de pensar.
Y entonces la barca —o lo que quedaba de ella— impactó contra algo sólido.
Arena.
Había arena bajo su mejilla.
Articus abrió los ojos —no recordaba haberlos cerrado— y vio oscuridad salpicada de puntos luminosos. Hongos. Más hongos bioluminiscentes cubriendo las paredes de lo que parecía ser una cueva.
Intentó moverse.
Su cuerpo protestó violentamente. Cada músculo, cada articulación, cada célula de su ser gritó en un coro unánime de “no, gracias, preferimos quedarnos aquí tirados”.
Pero los libros.
Los libros.