13.CAPÍTULO 13 EL REFUGIO DE LOS LIBROS #3
—Aunque —añadió, con una media sonrisa— si alguien pudiera vivir mil años y olvidarse de mencionarlo, ese sería definitivamente el anciano que conocí.
Aparentemente también era lo bastante considerado como para escribir una guía para “plebeyos”.
Eso ya lo hace más simpático que la mayoría de los eruditos.
Misteria había dejado de deambular.
Estaba de pie frente a uno de los estantes más alejados, inmóvil como una estatua. Su pequeña figura apenas visible en la penumbra de esa sección de la biblioteca, donde la luz del candil de Helen no alcanzaba completamente.
—¿Misteria? —llamó Articus.
La niña no respondió. Pero levantó una mano y señaló.
Articus se acercó, con Helen siguiéndolo de cerca.
El estante que Misteria señalaba parecía idéntico a los demás. Libros polvorientos alineados en filas ordenadas. Nada destacable a primera vista.
Pero Misteria seguía señalando.
—¿Qué ves? —preguntó Helen.
La niña señaló un libro específico.
Era un volumen grueso, encuadernado en cuero rojo oscuro, con letras doradas en el lomo que se habían desvanecido casi por completo. A diferencia del libro de Vesper Stellaris, este no mostraba señales de uso frecuente. De hecho, parecía que nadie lo había tocado en siglos.
Pero había algo en él.
Algo que Misteria, con esos ojos que veían cosas que no deberían ser vistas, había detectado.
—¿Quieres que lo saque? —preguntó Articus.
Misteria asintió. Un movimiento pequeño, casi imperceptible.
Articus extendió la mano hacia el libro.
Y todo cambió.
El estante se movió.
No. No se movió. Se deslizó. Con un sonido de piedra contra piedra que resonó en la biblioteca como un trueno lejano.
El estante entero —libros incluidos— se desplazó hacia un lado, revelando una abertura en la pared que antes no existía. Un pasadizo. Oscuro. Descendente. Exhalando un aire frío y húmedo que olía a piedra antigua y secretos enterrados.
—Oh —dijo Helen, con los ojos brillando de emoción.
—No —dijo Articus, retrocediendo un paso.
—Un pasadizo secreto —continuó Helen, ignorándolo completamente—. Activado por un libro específico. Articus, esto es increíble.
—Esto es aterrador —corrigió él—. Hay una diferencia.
Pero Helen ya estaba examinando el mecanismo, pasando los dedos por el borde del estante deslizado, estudiando cómo funcionaba.
Articus se giró hacia Misteria.
—¿Cómo lo supiste? —preguntó.
La niña lo miró con esos ojos negros e insondables. No respondió. Pero había algo en su expresión —si es que podía llamarse expresión— que sugería que ella veía la Casa de formas que ellos no podían comprender.
—Observadora —murmuró Articus.
Helen se volvió hacia ellos con una sonrisa.
—Muy observadora, de hecho. Buen trabajo, Misteria.
La niña ignoró el cumplido con su habitual indiferencia. Pero Articus habría jurado que sus hombros se tensaron ligeramente. Como si el reconocimiento, viniendo de Helen, significara algo.
Decidieron no explorar el pasadizo.
No todavía.
Era una decisión sensata, argumentó Articus. No tenían suficientes provisiones. No sabían a dónde conducía. No sabían qué les esperaba abajo. El pasadizo bajo el mausoleo había sido suficiente aventura subterránea para una temporada.
Helen aceptó a regañadientes.
Pero su expresión dejaba claro que volverían. Pronto. En cuanto Articus se quedara sin excusas.
—Al menos exploremos la biblioteca —propuso ella—. Ya que estamos aquí .
Eso sí podía hacerlo.
Pasaron las siguientes horas examinando los escritorios, catalogando los tipos de libros, intentando crear algún sistema de organización mental para la cantidad abrumadora de conocimiento que los rodeaba.
Articus encontró mapas que mostraban territorios desconocidos. Diagramas de máquinas que no podía ni empezar a comprender. Tratados sobre plantas, animales, fenómenos climáticos. Todo en idiomas que no dominaba, pero que ahora, con el libro de Vesper Stellaris, podría empezar a descifrar.
Era como haber encontrado un tesoro.
No de oro o joyas, sino de algo más valioso: respuestas.
Helen, por su parte, había encontrado una sección de la biblioteca dedicada a lo que parecían ser registros históricos.
Tomos gruesos con fechas en los lomos, organizados cronológicamente.
Empezó a hojearlos, buscando algo que pudiera darles contexto sobre dónde estaban, qué había pasado, por qué la Casa existía.
Misteria se había acurrucado en uno de los sillones polvorientos junto a una ventana empañada. Dormitaba, pero sus ojos se abrían de vez en cuando, vigilantes, asegurándose de que Articus seguía cerca.
Fue Helen quien encontró la mesa.
Estaba en un rincón apartado de la biblioteca, parcialmente oculta por una pila de libros que se había derrumbado en algún momento del pasado distante. Una mesa de trabajo, más pequeña que las otras, con papeles esparcidos sobre su superficie.
Pero estos papeles eran diferentes.
No eran notas de estudio o diagramas técnicos. Eran cartas. Comunicaciones. Escritas a mano, con una caligrafía apresurada que sugería urgencia.
—Articus —llamó Helen—. Ven a ver esto.
Él se acercó, todavía sosteniendo el libro de Vesper Stellaris como si fuera un amuleto protector.
Los papeles estaban cubiertos de texto en el idioma local. Pero entre las palabras incomprensibles, había símbolos que Articus reconocía. Símbolos que había estado estudiando durante semanas.
Y había números.
Muchos números.
Fechas, coordenadas, cálculos. El tipo de información que su mente de contable absorbía automáticamente, buscando patrones.
—Puedo traducir algo de esto —dijo, sentándose en una silla cercana—. Con el diccionario de Stellaris, puedo…
Empezó a trabajar.
Helen se sentó a su lado, observándolo mientras pasaba páginas del diccionario, comparaba símbolos, murmuraba traducciones parciales.
Fuera, la lluvia seguía cayendo. El fuego del salón principal era un recuerdo distante. Aquí, en la biblioteca, solo existían los libros, los papeles, y el sonido de Articus descifrando un mensaje que había esperado siglos para ser leído.
Le llevó tiempo.
Mucho tiempo.
El sol —si es que había sol detrás de las nubes— había empezado a descender cuando Articus finalmente levantó la vista de los papeles.
Su rostro estaba pálido.
—¿Qué dice? —preguntó Helen.
Articus tragó saliva.
—No todo —dijo—. No puedo traducir todo. Pero hay frases que… que puedo entender.
Señaló una sección del texto.
—Esto dice algo sobre… una caída. Un co lapso. Algo que vino del cielo.
Señaló otra sección.
—Y esto… esto habla de enfermedad. De muerte. De… de algo que se extendió.
Su dedo se detuvo en la última línea del documento.
Una línea escrita en caracteres más grandes que el resto. Como si el autor hubiera querido asegurarse de que cualquiera que leyera esto entendiera su importancia.
—¿Y eso? —preguntó Helen, inclinándose para ver mejor.
Articus leyó en voz alta, su voz apenas un susurro.
—“El mundo está condenado. Huid.”
El silencio que siguió fue absoluto.
Incluso la lluvia pareció detenerse por un momento, como si el clima mismo estuviera escuchando.
—Bueno —dijo Helen finalmente, con una calma que no alcanzaba sus ojos—. Eso es… alentador.
Articus no respondió.
Miraba el mensaje, esas palabras escritas hacía siglos por alguien que había querido advertir a quien viniera después.
“El mundo está condenado. Huid.”
Pero ¿huir a dónde?
¿Y de qué?
Fuera, la lluvia retomó su ritmo constante. Las gotas golpeaban los cristales de la biblioteca con renovada insistencia, como si también ellas tuvieran algo que decir.
Misteria se había despertado. Estaba de pie junto a Articus, su mano pequeña aferrada al borde de su chaqueta. Sus ojos negros miraban los papeles con una expresión que, por primera vez, parecía algo más que indiferencia.
Parecía reconocimiento.
Como si ella también supiera lo que significaba ese mensaje.
Fin del Capítulo 13