La Casa de las Hojas Muertas 13.CAPÍTULO 13 EL REFUGIO DE LOS LIBROS #2
44%

13.CAPÍTULO 13 EL REFUGIO DE LOS LIBROS #2

Articus acabó su trabajo. Miró la puerta. Helen miró la puerta. Misteria, que los había seguido en silencio y ahora estaba sentada en el suelo junto al colchón, bostezó.

—Ahora —dijo Articus— la parte dos. Golpea la puerta. Y muy importante: intenta alejarte lo más rápido posible.

Helen asintió. Tomó carrerilla. Proyectó una patada.

Y luego, con una pirueta sorprendente, se lanzó junto a Articus detrás del colchón que servía de búnker improvisado.

No pasó nada.

Probó de nuevo. Nuevamente, ningún efecto.

Hizo un tercer intento.

Se giró hacia Articus con expresión interrogante.

—¿Estás seguro de que esto va a funcionar, Arti…?

Un crujido.

—¡ALÉJATE DE AHÍ! —gritó Articus.

Helen corrió. Se lanzó junto a él detrás del colchón.

Otro crujido. Otro rechinar. El sonido de la madera torciéndose, protestando, rindiéndose.

Crepitó toda la estructura.

La madera se empezó a combar sobre sí misma, como si una fuerza invisible la estrujara desde dentro. La mitad de la puerta se colapsó hacia adentro, provocando una apertura irregular pero transitable.

Entonces la Casa empezó a emitir un chirrido.

Un sonido agudo, prolongado, que parecía venir de todas partes a la vez. Como si la estructura entera protestara por la violación de su integridad.

—Oh, oh —dijo Articus.

Los dos se dirigieron escaleras abajo a toda velocidad, Misteria aferrada a la espalda de Articus como una pequeña mochila con garras.

De repente, el ruido cesó.

Todo quedó en silencio.

Un silencio tan repentino que casi dolía.

—Vamos —dijo Helen, recuperando el aliento.

—Espera —replicó Articus, cogiéndola de la mano.

Con la navaja, borró el símbolo que había añadido a la puerta. Lo raspó hasta que no quedó más que una marca pálida en la madera.

—No quiero averiguar qué pasaría si golpeamos la puerta por accidente —explicó.

Helen asintió. Era una de esas precauciones que no necesitaban explicación adicional.

Se asomaron por el hueco de la puerta.

Solo vieron negrura.

—Necesitamos luz —susurró Articus.

Helen se adelantó, y cuando Articus la alcanzó, ella ya sostenía un candil encendido en sus manos.

De dónde saca esta clase de cosas , pensó Articus. Había dejado de cuestionar la capacidad de Helen para estar siempre preparada. Era como viajar con una tienda de suministros ambulante que también sabía esgrima.

Siguió a Helen por el hueco de la puerta.

Habían accedido a una especie de biblioteca.

No. No una biblioteca. Un refugio del conocimiento.

Era el tipo de estancia que aparecía en los sueños de eruditos y en las pesadillas de bibliotecarios con tendencias organizativas. Una mezcla imposible entre biblioteca, estudio y laboratorio de alquimista que hubiera perdido el control de su inventario .

Los libros llenaban cada superficie disponible.

Estantes que ascendían hasta perderse en la penumbra del techo abovedado, tan altos que las estanterías superiores necesitarían escaleras para alcanzarse. Pero no había escaleras visibles. Solo más libros, apilados unos sobre otros en torres precarias que desafiaban toda lógica estructural.

Escritorios de roble oscuro ocupaban el centro de la sala, sus superficies cubiertas de papeles, pergaminos enrollados, tinteros secos y plumas gastadas.

Había mapas desplegados que mostraban territorios que Articus no reconocía, diagramas con símbolos que le resultaban vagamente familiares, y notas escritas en caligrafías tan diversas que sugerían décadas —quizá siglos— de uso continuo.

Pilas de libros se alzaban desde el suelo como estalagmitas de conocimiento petrificado. Algunos estaban abiertos, sus páginas amarillentas expuestas al aire viciado. Otros permanecían cerrados con candados, cadenas, o símbolos que brillaban tenuemente con advertencias silenciosas.

El aire olía a papel viejo, tinta seca, cera de velas consumidas y ese aroma particular que adquieren los lugares donde demasiadas ideas han sido pensadas durante demasiado tiempo.

—Fascinante —murmuró Helen, girando lentamente para absorber la escena.

Articus no respondió. Estaba demasiado ocupado tratando de respirar.

Tantos libros.

Tantas respuestas potenciales.

Tantas preguntas nuevas esperando ser descubiertas.

Era abrumador y emocionante a partes iguales.

Misteria se había bajado de su espalda y ahora deambulaba entre las pilas de libros con su habitual indiferencia. De vez en cuando, olfateaba un volumen con curiosidad antes de descartarlo y seguir adelante. Como si estuviera buscando algo específico .

Articus cogió uno de los volúmenes del escritorio más cercano.

Torció el gesto.

—¿Qué pasa? —preguntó Helen.

—Parece otro idioma —respondió, hojeando las páginas con frustración.

Probó con otro volumen.

—Y este es otro idioma totalmente distinto.

Miró a su alrededor con expresión derrotada.

—Si todavía no domino el idioma de los tres libros que tenemos abajo…

Suspiró.

Era como estar en un festín y descubrir que todas las comidas estaban en envases sellados sin instrucciones de apertura.

Helen, mientras tanto, había empezado a explorar los estantes con el entusiasmo de una niña en una tienda de dulces.

Pasaba los dedos por los lomos de los libros, deteniéndose ocasionalmente para sacar uno, hojearlo con expresión confundida, y devolverlo a su lugar. Sus movimientos eran metódicos pero también curiosos, buscando algo que no sabía exactamente qué era.

Fue entonces cuando lo notó.

En uno de los estantes intermedios, había un libro diferente a los demás.

No por su tamaño —era un volumen modesto, del grosor de un puño—. No por su encuadernación —cuero marrón, sin adornos—. Lo que lo hacía destacar era su estado.

Estaba desgastado.

Increíblemente desgastado.

El lomo estaba agrietado en múltiples puntos, como si hubiera sido abierto y cerrado miles de veces.

Las esquinas estaban redondeadas por el uso.

La cubierta tenía manchas de dedos acumuladas durante lo que debían ser décadas de consultas constantes.

Las páginas, visibles por el borde, estaban amarillentas de forma desigual, algunas más que otras, sugiriendo secciones que habían sido más frecuentadas.

En una biblioteca donde todos los libros parecían intactos —preservados por algún mecanismo que Articus aún no comprendía—, este volumen destacaba como una herida.

—Articus —llamó Helen—. Mira esto.

Él se acercó, con Misteria siguiéndolo como siempre.

—Es el libro más usado de toda la biblioteca —observó Helen—. Alguien lo consultaba constantemente.

Articus examinó el volumen con cuidado.

Lo abrió por la primera página.

Y se quedó paralizado.

El título estaba escrito en una caligrafía elaborada, con trazos que combinaban elegancia y practicidad. Debajo del título principal, había una línea adicional en caracteres más pequeños.

Articus no podía leer el título. No completamente. Pero reconoció algunos de los símbolos de sus estudios previos. Y lo que pudo descifrar le heló la sangre.

“Sobre glifos y su entendimiento para eruditos y plebeyos”, decía aproximadamente.

“Por Vesper Stellaris.”

—Es… —Articus tuvo que carraspear—. Es un diccionario. O algo parecido. Una guía para entender los glifos.

—¿Puedes leerlo? —preguntó Helen.

—Parcialmente —respondió él, pasando las páginas con dedos temblorosos—. Está escrito en un idioma antiguo, pero… más accesible. Como si el autor hubiera querido que fuera comprensible para gente sin formación especializada.

Siguió hojeando .

El libro estaba estructurado de forma metódica. Cada página presentaba uno o varios glifos, acompañados de explicaciones detalladas, diagramas, y lo que parecían ser ejemplos de uso. Había notas al margen en diferentes tintas, añadidas por manos distintas a lo largo del tiempo.

Era exactamente lo que necesitaban.

Una Piedra Rosetta para este mundo de símbolos incomprensibles.

—Helen —dijo Articus, con voz ahogada—, esto podría cambiar todo. Con esto podría traducir los otros libros. Entender las inscripciones de la Casa. Descifrar los símbolos del cementerio.

Hizo una pausa.

—Y mira la fecha.

Señaló una secuencia de números en la portada interior. Helen se inclinó para ver mejor.

—No reconozco el sistema de datación —admitió.

—Yo sí —dijo Articus—. Parcialmente. Vesper me enseñó a orientarme con las dataciones de este mundo. Si mis cálculos son correctos… este libro fue escrito hace más de mil años.

—¿Mil años?

—Como mínimo.

Se miraron en silencio.

Fuera, la lluvia seguía cayendo. El repiqueteo contra los cristales de alguna ventana oculta era el único sonido en la biblioteca.

—Vesper Stellaris —murmuró Articus, como probando el nombre en su boca—. Vesper…

Helen lo miró con curiosidad.

—¿Te suena de algo?

—El anciano que me encontró —dijo Articus lentamente—. El que me enseñó el idioma. Se llamaba Vesper.

—¿El mismo?

Articus negó con la cabeza, aunque no parecía del todo convencido.

—No puede ser. Esto fue escrito hace más de mil años. —Pasó los dedos por la portada, pensativo—. Aunque… nunca me dijo que hubiera escrito nada. Ni su edad. Ni prácticamente nada sobre sí mismo, ahora que lo pienso.

Frunció el ceño.

—Hablaba mucho. Muchísimo. Pero siempre sobre teorías, sobre símbolos, sobre el funcionamiento de las cosas. Nunca sobre él. Siempre estaba distraído, pensando en tres cosas a la vez. Me dejó aquí con instrucciones de no salir y luego… desapareció. Dijo que tenía asuntos que atender.

—¿Y crees que podría ser el mismo? —preguntó Helen—. ¿Después de mil años?

—No lo sé —admitió Articus—. En este mundo la gente vive más. El anciano me lo explicó una vez, entre divagaciones sobre la migración de las anguilas y algo sobre la fermentación del queso. Dijo que algunos viven cientos de años. Los más sabios, incluso más.

Miró el libro con una expresión que mezclaba incredulidad y algo parecido a la esperanza.

—Pero mil años… eso sería…

—¿Mucho incluso para este mundo?

—Mucho incluso para este mundo.

Se quedó en silencio un momento.