La Casa de las Hojas Muertas 13.CAPÍTULO 13 EL REFUGIO DE LOS LIBROS
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13.CAPÍTULO 13 EL REFUGIO DE LOS LIBROS

Capítulo XIII

Desde la visita al cementerio, una lluvia interminable había caído sobre la Casa.

No era una lluvia ordinaria. Era el tipo de lluvia que parece tener intenciones. Que golpea los cristales con la insistencia de alguien que quiere entrar. Que susurra contra los tejados como si contara secretos que nadie debería escuchar.

El cielo permanecía perpetuamente oscurecido, cubierto por nubes del color del hierro viejo, y el repiqueteo constante del agua contra las ventanas se había convertido en el ritmo de fondo de sus días. Era hipnótico, en cierto modo. Como el latido de un corazón muy grande y muy antiguo.

Articus miraba lacónicamente por la ventana del salón principal.

Los cristales estaban empañados por la humedad, y las gotas trazaban caminos serpenteantes por el vidrio como ríos en miniatura buscando el mar. Fuera, el jardín se había convertido en un paisaje de tonos grises y verdes apagados, con los arbustos inclinándose bajo el peso del agua acumulada.

Helen, hecha un ovillo en uno de los sillones junto a la chimenea, ojeaba uno de los libros que habían conseguido traducir parcialmente.

La luz del fuego danzaba sobre las páginas, proyectando sombras cambiantes sobre su rostro concentrado.

Tenía una manta de lana sobre las piernas —encontrada en uno de los armarios del segundo piso, sorprendentemente libre de polillas— y una taza de algo caliente humeando en la mesita junto a ella .

Misteria, como siempre, andaba encaramada a la pierna de Articus.

La niña se había convertido en una presencia tan constante que Articus a veces olvidaba que no era una extensión de sí mismo.

Estaba acurrucada contra él, sus ojos negros entrecerrados, su respiración lenta y regular.

De vez en cuando, sus pequeños dedos se aferraban al tejido de sus pantalones, como asegurándose de que seguía ahí.

—Esto no tiene buena pinta —murmuró Articus, observando cómo otra ráfaga de viento hacía temblar los cristales.

Helen alzó la cabeza de su libro.

—Oh, Articus, no empieces de nuevo. Solo es lluvia.

—Mira esos árboles —señaló Helen hacia el exterior, donde los robles centenarios se mecían con el vendaval—. Anormalmente grandes. Están gritando “aquí llueve mucho todo el tiempo”.

Las ramas se retorcían como brazos artríticos, despojadas ya de la mayoría de sus hojas. El agua corría por sus troncos en riachuelos oscuros, acumulándose en charcos que reflejaban el cielo plomizo.

—Pues en todo mi tiempo aquí jamás llovió —dijo Articus, cruzando los brazos con un refunfuño.

—Eso es porque eres un seco —replicó Helen con una risita—. Seguramente la Casa esperó a que llegara alguien que apreciara la lluvia.

Articus bufó.

—Nosotras somos una fuente de diversión frente al gruñón Articus, ¿verdad, Misteria? —dijo Helen con un guiño hacia la niña.

Misteria la miró con indiferencia absoluta. El tipo de indiferencia que comunica, sin palabras, que la persona que acaba de hablar ni siquiera merece el esfuerzo de una respuesta.

—¡Ja! —dijo Articus, triunfal.

—Qué fría eres, Misteria —dramatizó Helen, llevándose una mano al corazón—. Te pasa por estar pegada todo el rato a Articus. Se te contagia el carácter.

Misteria entrecerró los ojos. Era una expresión que podría significar cualquier cosa, desde “te estoy evaluando” hasta “estoy considerando morderte”. Con ella, nunca se sabía.

Articus, que no quería presenciar una trifulca entre Helen y Misteria —había aprendido que esos enfrentamientos silenciosos podían durar horas—, cambió de tema.

—Deberíamos aprovechar para intentar inspeccionar la Casa —dijo—. Ya tengo la cabeza saturada de libros. También deberíamos hacer un recuento de las provisiones.

—Tenemos para dos semanas más —respondió Helen sin levantar la vista de su lectura.

—Oh —dijo Articus, genuinamente maravillado por su eficiencia.

—Y eso contando con la trituradora de comida que te acompaña —añadió ella con una sonrisa, señalando a Misteria.

La niña no se dignó a responder. Pero su estómago, como si quisiera defender su honor, emitió un gruñido audible.

Articus ocultó una sonrisa.

El fuego crepitaba alegremente en la chimenea, lanzando chispas que ascendían como luciérnagas efímeras antes de desvanecerse.

Fuera, la lluvia había encontrado un ritmo constante, casi musical.

El tipo de sonido que invita a quedarse dentro, a acurrucarse bajo mantas, a olvidar que existe un mundo más allá de las paredes.

Era, Articus tenía que admitirlo, sorprendentemente acogedor.

La Casa, que normalmente emanaba una atmósfera de amenaza latente, parecía haberse suavizado con la lluvia. Como si el agua la arrullara. Como si, por una vez, estuviera de buen humor.

—Entonces —dijo Helen, cerrando su libro con un gesto decidido—, ¿qué le gustaría explorar dentro de sus dominios, Lord Articus?

Articus resopló ante el título, pero no pudo evitar una media sonrisa.

—Hay una estancia con una puerta doble — dijo—. Una de los glifos en la puerta significa “conocimiento”. Creo.

Helen se incorporó en el sillón, sus ojos brillando con interés.

—¿Una biblioteca?

—Posiblemente —confirmó Articus.

El efecto fue inmediato. Helen se levantó de un salto, dejando la manta caer al suelo y el libro olvidado en el sillón. Había algo casi infantil en su entusiasmo, una energía que contrastaba con la melancolía del día lluvioso.

—¿A qué esperamos?

La puerta doble estaba en el ala este de la Casa, en un pasillo que Articus había evitado durante sus primeras semanas de estancia.

No porque fuera particularmente amenazador —todo en la Casa era amenazador, era cuestión de grados—, sino porque las puertas tenían ese aspecto de “no deberías estar aquí” que había aprendido a respetar.

El tipo de puertas que en las historias siempre conducían a habitaciones donde guardaban cosas que no debían ser guardadas.

Las puertas eran de roble oscuro, casi negro, con relieves tallados que formaban patrones geométricos intrincados. Los glifos grabados en la madera brillaban tenuemente bajo la luz de la lámpara de aceite que Helen sostenía, como si contuvieran algo más que tinta.

—No tendrás… —empezó Helen.

—¿La llave para acceder? —completó Articus—. No.

Helen arqueó una ceja. Luego, con un movimiento practicado, extrajo una horquilla de su pelo y empezó a hurgar en la cerradura.

—A veces me preocupa la clase de educación que has recibido —comentó Articus.

—Oh, de primer nivel —respondió Helen con una risita, sin apartar la vista de su trabajo—. Saludos, cortesía, comportamiento social. Danza. Esgrima. Cerrajería de emergencia.

—¿Cerrajería de emergencia?

—Mi padre insistía en que una dama debe saber abrir cualquier puerta. Nunca especificó si se refería literalmente. Yo asumí que sí.

Articus se encontró aprendiendo más sobre la educación aristocrática de lo que jamás había querido saber.

Helen sacó otra horquilla. Hurgó más. Nada. Se revolvió. Cruzó las manos. Nada. Se levantó con un bufido de frustración.

Retrocedió unos pasos.

Y proyectó una enérgica patada contra la puerta.

El sonido resonó por el pasillo como un trueno. La puerta, por su parte, no se inmutó. Le devolvió a Helen una mirada de indiferencia absoluta que habría hecho sentir orgullosa a Misteria.

Helen maldijo floridamente.

Articus se ruborizó. También aprendió algunas palabras nuevas. Palabras que definitivamente no aparecían en los libros que había estado estudiando.

Esto está resultando muy didáctico , pensó para sí mismo.

—Creo —dijo con cautela— que esto necesita un enfoque más sutil.

Se acercó a la puerta y comenzó a examinarla metódicamente.

Pasó la mano por los bordes, sintiendo el relieve de los grabados bajo sus dedos. Cada símbolo tenía una textura diferente, una profundidad distinta. No eran mera decoración. Eran funcionales.

Sacó una hoja de su cuaderno y empezó a realizar calcos.

Otra hoja, otro calco. Otra hoja, otro calco.

Extendió todos los calcos por el suelo del pasillo, organizándolos en un patrón que solo él podía ver. Luego empezó a realizar cálculos, murmurando números y teorías mientras su mente buscaba conexiones.

—Cada símbolo —empezó a explicar, más para sí mismo que para Helen— cumple una función específica. Son piezas de una maquinaria. Usan lo que podríamos llamar… la energía de las cosas. En este mu ndo. Para propósitos específicos. Cada símbolo configura una de estas funciones.

Hizo una pausa, observando los patrones.

—Es fascinante.

Helen lo miraba atentamente. Había algo hipnótico en ver a Articus trabajar, en observar cómo su mente conectaba puntos invisibles para el resto del mundo.

—En este caso —continuó él—, los grabados parecen contener la energía cinética. Una especie de barrera, por así decirlo.

—¿Puedes abrirlo entonces? —preguntó Helen.

Articus titubeó.

—Con tiempo, creo que podría averiguar cómo funciona. Y forzar los mecanismos naturales de apertura de la puerta. Quizá en dos o tres semanas podría descifrar todo el entramado. O todas sus reglas.

Helen expresó cierta decepción. Una decepción que Articus reconoció como preludio de ideas peligrosas.

—Pero —dijo él, levantando un dedo— creo…

Giró su atención hacia los calcos.

—Que si modifico estos símbolos —señaló un círculo dentro de un cuadrado dentro de un hexágono—, podría hacer que la energía cinética se acumule. Se derivaría a esta parte del sistema. Y…

—¿Y? —dijo Helen, expectante.

—Y —repitió Articus, no muy seguro de cómo continuar—. ¿Boom?

—¿Gran boom o pequeño boom? —inquirió Helen, arqueando una ceja.

Articus se encogió de hombros.

La sonrisa de Helen se amplió hasta ocupar todo su rostro.

—Genial. Hagámoslo.

Articus modificó el símbolo.

Con su navaja.

Con su navaja enganchada a un palo.

Con un palo que sostenía desde detrás de un colchón que había arrastrado desde una de las habitaciones cercanas.

Helen lo miraba divertida.

—He tenido malas experiencias —se defendió Articus.

—Ya veo —dijo ella, sin poder ocultar la sonrisa.