12.CAPÍTULO 12 LA CRIPTA BAJO EL MAUSOLEO #2
Probablemente no estamos solos , pensó Articus. Probablemente hay algo esperándonos abajo. Algo con dientes. O tentáculos. O dientes Y tentáculos.
—Esto es increíble —susurró Helen, pasando los dedos por una de las columnas—. La cantidad de trabajo que debió llevar…
—Sí, increíble —murmuró Articus—. Increíblemente profundo. Increíblemente oscuro. Increíblemente alejado de cualquier ruta de escape.
Helen le lanzó una mirada divertida.
—¿Siempre eres tan optimista ?
—Soy realista. El realismo a veces se parece al pesimismo cuando la realidad es objetivamente mala.
La escalera continuó.
Articus había empezado a desarrollar una relación personal con cada escalón.
O, mejor dicho, fingía que seguía contándolos, porque en realidad había perdido la cuenta doscientos peldaños atrás y ahora inventaba números para darse ánimos.
Les ponía nombres. Se despedía de ellos cuando los dejaba atrás.
Escalón Cuatrocientos Doce , pensó con solemnidad absurda, te echaré de menos. Fuiste un buen escalón.
Misteria había terminado por quedarse completamente dormida, su pequeño cuerpo un peso cálido contra la pierna de Articus. Él la había levantado en brazos hacía un rato, cargándola mientras descendían, y la niña se había acurrucado contra su pecho sin despertar.
Finalmente, después de lo que pareció una eternidad, llegaron al fondo.
La escalera se abrió a una cámara vasta.
El techo se perdía en la oscuridad, demasiado alto para que la luz de la antorcha lo alcanzara. Las paredes se curvaban alejándose en ambas direcciones, sugiriendo un espacio circular de proporciones enormes.
Articus se asomó al borde de lo que resultó ser un muelle.
Ante ellos se extendía el lago que habían intuido desde arriba. Visto de cerca era aún más impresionante —y aterrador—. Negro como la tinta, su superficie tan quieta que parecía sólida, extendiéndose hacia la oscuridad en todas direcciones.
El muelle era una construcción simple pero sólida: tablones de madera sorprendentemente bien conservados sobre pilares de piedra.
Una barca estaba amarrada a un poste, meciéndose suavemente aunque no había ninguna corriente visible.
Varios barriles polvorientos se apilaban en una esquina, junto a rollos de cuerda y lo que parecían herramientas de pesca antiguas.
Helen se acercó a los barriles y encontró una bolsa sobre uno de ellos.
La sopesó en la mano. La abrió.
—Un tesoro —dijo, imitando la voz de un pirata.
Dentro había monedas. Docenas de ellas. Redondas, de un metal que brillaba con un tono cobrizo bajo la luz de la antorcha. Cada una estaba grabada con símbolos que Articus no reconoció.
—Interesante —murmuró Helen, examinando una de las monedas—. La acuñación es excelente. Esto no es trabajo amateur.
Articus apenas la escuchaba. Su atención estaba fija en el lago.
Algo se había movido bajo la superficie.
¿Verdad?
No. Probablemente era un reflejo. Un juego de luces. Su imaginación hiperactiva alimentada por el terror constante que se había convertido en su estado emocional por defecto.
Pero por si acaso…
—Creo que deberíamos volver ya —dijo, su voz más aguda de lo que habría querido.
Helen miró la barca. Miró el lago subterráneo que se extendía hacia la oscuridad infinita. Miró a Articus, que era la imagen viva del pánico contenido a duras penas.
Suspiró.
—Está bien —cedió—. Tienes razón. Deberíamos prepararnos mejor antes de explorar más.
Articus sintió cómo la tensión abandonaba sus hombros.
—Ya volveremos en otro momento —añadió Helen con una sonrisa.
La tensión regresó inmediatamente.
El ascenso fue más rápido que el descenso, impulsado por el deseo urgente de Articus de alejarse lo más posible del lago y de lo que fuera que había visto —o imaginado— moviéndose bajo su superficie.
Misteria se había despertado a mitad de camino, bostezando con la naturalidad de quien ha echado una siesta perfectamente normal en una cripta subterránea, y ahora caminaba junto a Articus sujetando el borde de su chaqueta.
Cuando finalmente emergieron del mausoleo, Articus respiró profundamente el aire del cementerio.
Aire del cementerio. Que ahora le parecía fresco y acogedor en comparación con la atmósfera opresiva de la cripta.
Mi vida ha llegado a un punto , pensó, en el que un cementerio me parece un lugar agradable.
Cerró la puerta del mausoleo con esfuerzo. No había forma de asegurarla desde fuera, pero al menos estaba cerrada.
Salieron del cementerio y Articus cerró la verja de hierro tras ellos.
No era suficiente.
Se dirigió hacia la Casa, se detuvo, dio media vuelta. Regresó a la verja del cementerio y la atravesó con un palo grueso que encontró en el suelo.
No era suficiente.
Buscó piedras. Las amontonó contra la base de la verja.
Todavía no era suficiente.
Encontró un trozo de alambre oxidado entre los escombros cercanos. Lo enrolló alrededor de los barrotes, creando un sistema de cierre improvisado.
Helen lo observaba con expresión entre divertida y preocupada.
—¿Te sientes mejor?
Articus localizó unas latas vacías —¿de dónde habían salido latas en este mundo?— y las ató al alambre. Si alguien —o algo— intentaba abrir la verja, las latas harían ruido.
Se limpió las manos en los pantalones y asintió satisfecho.
—Ahora sí.
Misteria tiró de su chaqueta, señalando hacia la Casa con su manita pálida.
—Misteria tiene razón —dijo Helen—. Deberíamos volver.
Articus miró el mausoleo una última vez.
Misterios, pensó. Misterios dentro de misterios. Misterios con misterios en su interior. Y más misterios en la parte inferior, aparentemente, nadando en lagos subterráneos donde ninguna persona sensata debería aventurarse.
Dio media vuelta y caminó hacia la Casa, con Misteria a un lado y Helen al otro.
A sus espaldas, las nubes seguían arremolinándose en el cielo.
Y en las profundidades bajo el mausoleo, algo que llevaba siglos durmiendo abrió un ojo.
Fin del Capítulo 12