La Casa de las Hojas Muertas 12.CAPÍTULO 12 LA CRIPTA BAJO EL MAUSOLEO
40%

12.CAPÍTULO 12 LA CRIPTA BAJO EL MAUSOLEO

Capítulo XII

Articus observaba el mausoleo con expresión de profundo arrepentimiento existencial.

Era una estructura imponente —piedra gris veteada de negro, columnas dóricas que se alzaban hacia un techo abovedado, gárgolas erosionadas que miraban hacia abajo con expresiones que sugerían hambre ancestral—.

El tipo de edificio que aparecía en las pesadillas de arquitectos con tendencias depresivas.

Helen, por supuesto, lo miraba como si fuera el regalo de cumpleaños más maravilloso que hubiera recibido jamás.

—¡Qué emocionante! —exclamó, acercándose a la puerta de piedra y pasando los dedos por los relieves tallados—. Mira estos grabados. El nivel de detalle es extraordinario.

—Qué tétrico —respondió Articus, manteniéndose a una distancia que él consideraba prudente y Helen probablemente consideraba cobarde.

Misteria permanecía pegada a su pierna, observando el mausoleo con la indiferencia absoluta de quien ha visto cosas peores. Lo cual, considerando su origen, probablemente era cierto.

—Me pregunto si… —Helen empujó la puerta experimentalmente.

—Oh, no —murmuró Articus.

La puerta del mausoleo cedió.

El sonido que produjo fue exactamente el tipo de chirrido prolongado y agónico que uno esperaría de una puerta que no había sido abierta en siglos. El tipo de sonido que en las historias de terror precedía invariablemente a la muerte horrible de alguien.

“Ese alguien probablemente seré yo”, pensó Articus con la resignación de quien ha aceptado su destino.

Helen empujó la puerta completamente y se adentró en la oscuridad sin la más mínima vacilación.

De repente, todo quedó en silencio.

Un silencio pesado, denso, que pareció tragarse incluso el eco de sus pasos. Articus se quedó inmóvil en el umbral, observando cómo la silueta de Helen desaparecía en la negrura.

El viento comenzó a soplar con más fuerza a sus espaldas. Cuando alzó la vista, vio que las nubes se estaban congregando en el cielo con una velocidad antinatural, arremolinándose en espirales oscuras que bloqueaban la luz difusa que normalmente iluminaba este mundo.

—¿Helen? —llamó, su voz sonando extrañamente pequeña—. ¿Estás bien?

Silencio.

Tragó saliva.

—¿Helen?

Una cabecita asomó por la puerta del mausoleo. Pelo negro, ojos brillantes de emoción, sonrisa que prometía aventuras que Articus preferiría evitar.

—Articus, ven. Tienes que ver esto.

Y la cabeza volvió a desaparecer en la oscuridad.

Articus soltó un gemido lastimero.

—Hay incluso un pasadizo —llegó el eco desde el interior—. ¡Escaleras! ¡Bajan muy profundo!

Por supuesto que había escaleras. Por supuesto que bajaban profundo. ¿Por qué no iba a haber un pasadizo secreto bajo un mausoleo en un cementerio imposible de otro mundo?

Articus comenzó a arrastrar los pies hacia la entrada, con Misteria enganchada a su pierna como un pequeño ancla de cordura. La niña permanecía impasible, casi adormilada, meciéndose suavemente con el ritmo de sus pasos reluctantes.

En otro lugar, muy lejos de allí, Vesper Stellaris alzó la vista hacia el cielo.

Las nubes se arremolinaban con un patrón que reconocía demasiado bien. El centro de la perturbación atmosférica se hallaba en dirección al bosque profundo. En esa zona estaba aquella mansión. Y en aquella mansión había dejado a aquel muchacho.

El muchacho de las deliciosas galletas.

“¿Cuánto tiempo ha pasado?”, se preguntó, frunciendo el ceño bajo el ala de su sombrero.

Había dejado al joven con instrucciones claras. Precisas. Detalladas. El tipo de instrucciones que cualquier persona sensata seguiría al pie de la letra.

Pero también había dejado a aquel muchacho solo.

Probablemente había sido un error. Más que seguro. Con toda certeza.

¿Cuánto tiempo exactamente? Un par de días. Un par de semanas. Definitivamente algo entre días y… ¿meses?

“¿A dónde me dirigía?”, pensó, perdido momentáneamente en la niebla de sus propios pensamientos.

Ah, sí. La biblioteca. Tenía que consultar unos textos sobre patrones climáticos anómalos.

Volvió a mirar el cielo. Las nubes formaban ahora un vórtice lento pero definido.

—Vaya —murmuró—. Eso no augura nada bueno.

Una pausa.

—Muchacho, ten cuidado. Ten mucho cuidado.

Articus entró en el mausoleo palpando la oscuridad con las manos extendidas.

Había decidido que el primer contacto con cualquier obstáculo era mejor que lo hiciera su mano en lugar de su cara. Era una filosofía de vida que le había servido bien hasta ahora, principalmente porque su cara era la única que tenía y prefería mantenerla en condiciones operativas.

Poco a poco, sus ojos se fueron acostumbrando a la penumbra.

El interior del mausoleo era más grande de lo que sugería el exterior.

Las paredes estaban cubiertas de nichos vacíos —gracias a todos los dioses posibles por eso— y el suelo de piedra mostraba los mismos símbolos que había visto en la puerta exterior.

En el centro, donde debería haber habido un sarcófago o un altar, había un agujero rectangular en el suelo.

Unas escaleras descendían hacia una oscuridad más profunda.

—Creo que sería mejor prepararnos y volver —dijo Articus, intentando sonar razonable—. Necesitamos luz. Equipamiento. Posiblemente un testamento actualizado.

De repente oyó el sonido familiar del chasquido de un mechero.

Una llama apareció, iluminando el rostro de Helen desde abajo con un efecto dramático que habría sido apropiado para una historia de fantasmas contada alrededor de una hoguera.

Helen encendió una antorcha que había sacado de quién sabe dónde —¿las llevaba en la mochila?

¿Había encontrado una aquí? Articus había dejado de cuestionar la capacidad de Helen para estar siempre preparada—, la alzó sobre su cabeza con gesto triunfal, y ejecutó una elegante reverencia de exhibición.

—¡Tachán!

—Genial —gruñó Articus.

Estaba siendo arrastrado a lugares donde ninguna persona cuerda iría voluntariamente. Pero Helen no era exactamente cuerda, ¿verdad? Era una esgrimista con espada que había cruzado dimensiones para seguir a su casero a un mundo de pesadilla.

La definición de cordura claramente necesitaba revisión.

La cripta se desplegaba ante ellos como las fauces abiertas de alguna bestia geológica.

Las paredes eran de piedra negra veteada de algo que brillaba tenuemente bajo la luz de la antorcha —¿mineral?

¿cristales? ¿los restos fosilizados de las esperanzas y sueños de todos los que habían descendido antes?

—. Unos nichos se abrían a intervalos regulares, algunos vacíos, otros conteniendo urnas de cerámica oscura cubiertas de polvo.

Unas telarañas colgaban del techo como cortinas de encaje macabro. Articus tuvo que apartar varias con la mano mientras avanzaba, sintiendo cómo los hilos pegajosos se adherían a sus dedos.

“Arañas”, pensó. “Por supuesto que tiene que haber arañas. ¿Qué sería de una cripta gótica sin arañas?”

Helen señaló el pasillo que se abría ante ellos.

—Me pregunto a dónde lleva.

Articus se asomó con reluctancia.

Era un pasaje de construcción sorprendentemente sólida, recubierto de piedra pulida con antorchas apagadas fijadas en soportes de hierro a intervalos regulares. El trabajo era meticuloso, profesional. Quienquiera que hubiera construido esto lo había hecho con intención de que durara.

Y a unos metros, claramente visibles bajo la luz temblorosa de la antorcha de Helen, unas escaleras descendían y desaparecían en la profundidad.

Más escaleras. Hacia abajo. Hacia la oscuridad .

Por supuesto.

—Venga, a explorar —dijo Helen animadamente, dándole un empujón a Articus que lo hizo avanzar a tropicones.

Misteria, enganchada a su pierna, se balanceó con el movimiento como un pequeño péndulo somnoliento. La niña parecía completamente indiferente a la situación, sus ojos negros entrecerrados, su respiración lenta y regular.

Al menos uno de nosotros está tranquilo , pensó Articus mientras recuperaba el equilibrio.

—Vaya, señor Articus —dijo Helen con tono burlón—, qué caballeroso es usted. Revisando si hay trampas.

—¿Trampas? —repitió Articus, su voz subiendo una octava.

Helen rio.

Era una risa genuina, cálida, que resonó en las paredes de piedra y pareció alejar momentáneamente las sombras. Le sentaba bien reír. Para ser alguien que acababa de empujar a su compañero hacia una cripta potencialmente llena de trampas mortales, tenía una risa sorprendentemente agradable.

Para ser una psicópata , añadió Articus mentalmente. Una psicópata con excelente higiene dental y habilidades letales con la espada.

Las escaleras bajaban.

Y bajaban.

Y seguían bajando.

Articus había perdido la cuenta de los escalones después de doscientos. Los números se habían vuelto abstractos, carentes de significado, simples marcadores de un descenso que parecía no tener fin.

La escalera era ancha —suficiente para que tres personas caminaran lado a lado— y la arquitectura era impresionante incluso para alguien tan poco impresionable como él en ese momento.

Columnas talladas flanqueaban el descenso a intervalos regulares, cada una decorada con relieves que representaban…

algo. Figuras. Escenas. Símbolos que Articus reconoció vagamente de sus estudios.

Después de varios minutos de descenso, la escalera se abrió a una cámara intermedia. Articus se asomó al borde y vio que las escaleras continuaban bajando hacia una oscuridad que parecía no tener fin.

—Esto no parece tener fondo —dijo, fijando la vista en el abismo.

Helen tomó una de las antorchas de repuesto que había traído, la encendió, y la lanzó.

El objeto ardiente voló en un arco descendente, cayendo, cayendo, cayendo durante lo que pareció una eternidad…

Un sonido de agua. Un siseo cuando la llama se extinguió.

—Hay agua abajo —dijo Helen, con los ojos brillantes de emoción.

—Maravilloso —murmuró Articus—. Profundidades desconocidas Y agua. Mis dos cosas favoritas.

—¿Seguimos? —preguntó Helen.

—¿Tengo opción?

—No realmente.

—Seguimos entonces.

Un eco constante los acompañaba, multiplicando cada paso en una sinfonía de sonidos que hacía imposible determinar si estaban solos o no.