La Casa de las Hojas Muertas 11.CAPÍTULO 11 MISTERIA Y EL CEMENTERIO #2
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11.CAPÍTULO 11 MISTERIA Y EL CEMENTERIO #2

—Y bueno… —Articus bajó la voz— luego está el cementerio.

—¿El cementerio? —los ojos de Helen brillaron.

—Sí. Hay un cementerio pequeño en el recinto de la Casa. Detrás, junto a la verja que da al bosque.

—¿Y no lo has explorado?

—No me ha parecido… prudente.

Helen se inclinó hacia adelante, con esa expresión que Articus empezaba a reconocer como “esto va a ser divertido para mí y posiblemente traumático para ti”.

—Sin duda vamos a empezar por ahí.

Articus dejó caer los hombros. Se encogió en el sofá. Emitió un gemido lastimero que habría conmovido a las piedras.

Misteria, que había estado observando la conversación apretada contra la pierna de Articus, subió sobre su regazo y se apretó contra su pecho. Él le revolvió el pelo de forma distraída, encontrando consuelo en la presencia cálida de la niña.

—El cementerio entonces —murmuró, derrotado.

Misteria ronroneó suavemente contra su pecho.

A veces, la niña se comportaba más como un gato en busca de calor que como un ser humano.

La verja del cementerio estaba oxidada, atascada, y claramente no había sido abierta en décadas.

Articus empujó con todo su peso. El metal chirrió con un sonido que hizo que los pájaros —¿había pájaros aquí? Articus no recordaba haberlos oído antes— huyeran de los árboles cercanos.

Con un esfuerzo considerable, la verja cedió.

Hojas marrones cayeron en cascada mientras el hierro excavaba un arco en el suelo cubierto de hojarasca. Años de acumulación vegetal se apartaron ante el avance de la puerta, revelando adoquines antiguos debajo.

—Esta puerta va a quedar bien cerrada cuando nos vayamos de aquí —pensó Articus.

“Si volvemos”, añadió su subconsciente, siempre útil.

El cementerio era el sueño de un amante de la literatura gótica.

Lápidas inclinadas en ángulos imposibles, algunas tan erosionadas que sus inscripciones eran meros fantasmas en la piedra.

Estatuas de figuras vigilantes —¿ángeles?

¿guardianes? Imposible determinarlo bajo capas de musgo y líquenes— que observaban el recinto con ojos ciegos.

Un par de mausoleos pequeños, sus puertas de hierro selladas por el óxido.

Y árboles. Árboles de aspecto muerto, sus ramas desnudas extendiéndose como dedos esqueléticos contra el cielo gris.

Era un contraste llamativo con el ambiente otoñal que rodeaba la Casa. Allí fuera, todo era dorado y cálido, hojas rojas y naranjas cayendo suavemente. Aquí dentro, el otoño había muerto hacía tiempo, dejando solo invierno perpetuo.

Numerosas hojas cubrían el suelo, pero eran hojas secas, marrones, crujientes bajo los pies. Varios senderos serpenteaban entre las tumbas, apenas visibles bajo la acumulación de años.

Helen entró primero, su mano yendo instintivamente hacia la funda que atravesaba su espalda.

Articus la siguió, con Misteria pegada a su pierna como siempre.

—Interesante —murmuró Helen, observando una de las estatuas más grandes—. La artesanía es impresionante. Esto no lo hizo un aficionado.

Articus asintió distraídamente. Había sacado su libreta y estaba tomando notas: materiales de construcción, estado de conservación, distribución de las tumbas. Su mente analítica buscaba patrones.

Se detuvo ante una lápida particularmente elaborada, intentando descifrar los números grabados en la piedra.

Gracias a las lecciones del anciano, había conseguido entender el sistema numérico de este mundo. Los símbolos eran diferentes, pero la lógica subyacente era similar a la base decimal que conocía. Con tiempo y paciencia, podía traducirlos.

Lo que encontró le hizo fruncir el ceño.

Las fechas no tenían sentido.

O más bien, tenían demasiado sentido de una forma que no debería ser posible.

Si sus cálculos eran correctos —y siempre lo eran, era contable, los números eran su idioma—, la persona enterrada aquí había vivido ciento cuarenta y tres años. La siguiente tumba mostraba ciento ochenta y siete. Otra, doscientos doce.

—¿Qué pasa? —preguntó Helen, notando su expresión.

—La gente aquí… —Articus dudó—. Vivían mucho más que nosotros. Entre cien y doscientos años, si estoy interpretando bien las fechas.

Helen silbó suavemente.

—¿Estás seguro?

—Suponiendo que los años aquí sean equivalentes a los nuestros, sí. —Articus se frotó la barbilla—. Aunque eso es una suposición. Podría haber diferencias en la duración del año. La órbita planetaria, la rotación…

—Articus.

—¿Sí?

—Estás divagando.

—Cierto. Perdón.

Siguieron explorando. Helen se había sentado en un banco de piedra cubierto de musgo y estaba dibujando en un cuaderno de apuntes que había traído, trazos seguros de carboncillo capturando la atmósfera del lugar.

Articus alzó la mirada de sus notas, observó el dibujo de Helen, y luego miró el suyo.

Suspiró.

Mejor dejar el arte a los profesionales.

Misteria, mientras tanto, había encontrado una flor solitaria creciendo entre las grietas de una tumba. La observaba con esa intensidad absoluta que era su marca distintiva, como si la flor contuviera secretos que necesitaba descifrar.

—Mira esto —dijo Helen de repente.

Se había acercado a uno de los mausoleos, examinando los símbolos grabados en la puerta de hierro.

Articus se acercó, y sintió un escalofrío recorrer su espalda.

Los símbolos eran familiares.

Eran los mismos que había visto en los libros. Los mismos que había encontrado grabados en la barandilla de las escaleras. Los mismos que había estado estudiando durante semanas.

—Esto no es decoración —murmuró—. Es…

—¿Qué?

—No lo sé. —Articus sacó su cuaderno, comenzando a copiar los símbolos con mano temblorosa—. Pero es importante. Muy importante.

Helen se quedó en silencio, observándolo trabajar .

Misteria se había acercado también, su mano pequeña agarrando el borde de la chaqueta de Articus mientras miraba los símbolos con esos ojos negros e insondables.

Y por un momento, Articus habría jurado que la niña los reconocía.

Fin del Capítulo 11