La Casa de las Hojas Muertas 11.CAPÍTULO 11 MISTERIA Y EL CEMENTERIO
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11.CAPÍTULO 11 MISTERIA Y EL CEMENTERIO

Capítulo XI

Habían pasado varios días desde la llegada de Articus y Helen a la Casa.

La niña se había recuperado con una rapidez que desafiaba toda lógica médica.

Articus lo sabía porque había sido testigo del momento exacto.

Eran las cuatro de la mañana y él estaba despierto —el dolor residual del brazo lo había sacado del sueño dos horas antes y desde entonces alternaba entre leer y mirar el techo con la expresión de un hombre que ha aceptado su insomnio como condición permanente de su nueva vida—, sentado en la silla junto a la cama con el tratado de símbolos sobre las rodillas y una vela casi consumida en la mesita.

La oyó antes de verla.

Un sonido pequeño. No un gemido, no un llanto. Algo más parecido a la respiración de alguien que acaba de recordar que existe.

Levantó la vista del libro.

La niña tenía los ojos abiertos.

No los estaba abriendo. No estaba parpadeando, no estaba orientándose con la confusión normal de quien despierta en un lugar desconocido.

Los ojos simplemente… estaban abiertos. Negros.

Sin blanco visible. Fijos en él con una intensidad que sugería que llevaban así considerablemente más tiempo del que era físicamente razonable.

Articus dejó el libro.

—Hola —dijo, porque era lo que se decía en estas situaciones y su cerebro no había tenido tiempo de proponer alternativas .

La niña no respondió.

Tampoco apartó la mirada.

Articus carraspeó.

—Llevas varios días durmiendo. Eso es… bueno.

Creo. —Una pausa—. Soy Articus. Encontré esta casa.

Bueno, la casa me encontró a mí, que es diferente y también más inquietante, pero ese es un matiz filosófico que podemos resolver cuando ambos estemos en mejores condiciones. El punto es que estás a salvo.

Silencio.

La niña seguía mirándole. Era una mirada peculiar.

No de miedo, no de confusión. Era el tipo de mirada que emplean los naturalistas cuando observan un espécimen interesante: evaluativa, paciente, completamente desprovista de la urgencia social que normalmente hacía que la gente apartara los ojos antes de que la situación se volviera incómoda.

La situación ya era incómoda.

—¿Tienes hambre? —preguntó, porque había que decir algo y eso parecía seguro—. Tengo cosas. Hay cosas comestibles en la cocina. No muchas, y su calidad es cuestionable, pero están ahí y no han intentado matarme todavía, lo cual en este mundo es un estándar razonable.

La niña parpadeó. Una vez. Con la lentitud de alguien que considera el parpadeo un gasto de energía que requiere justificación.

Y entonces se incorporó.

Apartó las mantas con movimientos deliberados. Bajó de la cama —sus pies descalzos tocaron el suelo sin producir ningún sonido, como si la gravedad hubiera decidido perdonarle parte del peso— y caminó directamente hacia él.

Se detuvo a menos de un metro.

Articus no se movió, principalmente porque su cerebro estaba ocupado procesando el hecho de que una niña que había estado al borde de la muerte hacía doce horas ahora estaba de pie y le miraba con la expresión de alguien que acaba de tomar una decisión administrativa importante.

De cerca, sus ojos eran aún más desconcertantes.

No había hostilidad en ellos. Tampoco calor.

Era algo más parecido a… una conclusión.

Como si hubiera estado evaluando opciones durante días —quizás incluso mientras dormía, lo cual era una posibilidad que Articus prefirió no considerar demasiado— y acabara de llegar a un veredicto.

Dio un paso más.

Articus contuvo el aliento.

La niña se subió a su regazo.

Así. Sin pedir permiso, sin anunciarlo, con la eficiencia tranquila de un gato que ha identificado el lugar más cálido de la habitación y ha decidido que le pertenece. Se acomodó contra su pecho, dobló las rodillas, metió los pies descalzos bajo el borde de su abrigo, y cerró los ojos.

Articus se quedó absolutamente inmóvil.

Tenía una niña misteriosa y perturbadora durmiendo sobre él. Una niña que había estado inconsciente durante días. Que tenía ojos sin blanco. Que no había dicho una sola palabra.

Que acababa de decidir, unilateralmente y sin consultar con nadie, que él era su sitio.

—Puedo… —empezó, en voz muy baja— …buscarte una cama. Una habitación. Hay otras habitaciones. Con camas reales. Con almohadas. Las almohadas son bastante buenas, en realidad, mejor de lo que cabría esperar de una—

La niña exhaló. Un suspiro pequeño, satisfecho. Y se acomodó un poco más.

Articus cerró la boca.

Miró la vela. Miró el libro, que ahora sostenía en un ángulo absurdo para no despertar a la criatura que ocupaba sus brazos. Miró el techo.

—De acuerdo —dijo, en voz muy baja.

Continuó leyendo.

Desde entonces, no se había separado de él.

Era como tener una sombra con forma de niña.

Donde iba Articus, iba ella. Si él se sentaba a estudiar los libros, ella se acurrucaba a sus pies.

Si él caminaba por el salón, ella lo seguía a tres pasos de distancia.

Si él se detenía bruscamente, ella se detenía también, mirándolo con esos ojos imposibles como esperando instrucciones.

Helen encontraba esto alternativamente adorable y perturbador.

—Te ha adoptado —comentó una mañana, observando cómo la niña seguía a Articus hasta la cocina—. Como un patito que ha decidido que eres su madre.

—No soy su madre —murmuró Articus, incómodo.

—Claramente no. Las madres tienen instintos maternales. Tú tienes instintos de… ¿contable nervioso con complejo de salvador?

—Gracias, Helen. Muy útil.

La niña, por su parte, trataba a Helen con una indiferencia glacial que bordeaba lo insultante. Cuando Helen intentaba hablarle, recibía miradas vacías. Cuando intentaba jugar con ella, la niña simplemente se giraba hacia Articus como si Helen no existiera. Cuando Helen le ofrecía comida…

Bueno, eso era diferente.

La comida por encima de la animosidad. Ese podría ser el lema de la niña.

Comía como un adulto hambriento, devorando raciones que habrían alimentado a tres personas.

Y aceptaba comida de Helen sin problema —la tomaba con esas manos pequeñas y pálidas, se la llevaba a la boca, masticaba con determinación metódica— pero en cuanto terminaba, volvía a ignorarla como si fuera un mueble particularmente aburrido .

—Al menos tiene prioridades claras —comentó Helen con sequedad después de que la niña le arrebatara un trozo de pan de las manos y luego le diera la espalda para ir a sentarse junto a Articus.

La comunicación era otro problema.

La niña apenas hablaba. Cuando lo hacía, eran monosílabos, gruñidos, o miradas que expresaban más que cualquier palabra. No había conseguido sacarle información sobre sus padres, su origen, o cómo había acabado en ese bosque perseguida por criaturas nocturnas.

Cada pregunta era recibida con silencio. Cada intento de conversación, con esa mirada negra e impenetrable.

—Necesita un nombre —dijo Articus una tarde, mientras la niña dormitaba contra su pierna como un gato particularmente territorial—. No podemos seguir llamándola “la niña”.

Helen se encogió de hombros.

—¿Tienes sugerencias?

Articus miró a la pequeña criatura acurrucada contra él. Siempre estaba ahí, pegada a él, observándolo todo con esos ojos que parecían absorber la luz en lugar de reflejarla.

—Siempre está detrás mío —murmuró—. Como una sombra. Sombra es un buen nombre.

La niña arrugó la nariz sin abrir los ojos.

—Siempre está sucia —dijo Helen, con una expresión divertida—. Mugre le pega más.

La niña levantó una ceja y le dedicó una mirada de indiferencia absoluta que habría hecho llorar a diplomáticos experimentados.

—Vale, vale —rio Helen—. ¿Alicia?

Ojos en blanco.

—¿Petunia?

Un cabezazo suave contra el costado de Articus, como si la niña buscara protección de las atrocidades nomenclaturales.

—Misteria —dijo Articus, revolviéndole el pelo distraídamente—. Es una niña misteriosa.

La niña levantó la cabeza, considerando.

—Misteria —repitió Helen, dando un manotazo juguetón contra la pierna de Articus—. Misteria es.

—Misteria —repitió la niña, probando el sonido.

Y Misteria quedó.

Con la compañía de Helen y la presencia constante de Misteria, Articus se sentía menos cohibido por la Casa.

Los días pasaban con una rapidez extraña, llenos de rutinas que se habían establecido casi sin esfuerzo.

Helen se apañaba con la cocina —caldos ralos, purés espesos y otras soluciones de supervivencia más nutritivas que sabrosas, armadas con los recursos limitados de la despensa y las provisiones que habían traído—.

Articus estudiaba los libros. Misteria los observaba a ambos con esa atención intensa que sugería que estaba catalogando cada movimiento para futura referencia.

Y poco a poco, Articus sintió crecer el impulso de explorar.

—Hay ciertas partes de la Casa —explicó una mañana, desplegando un mapa rudimentario que había dibujado durante su primera estancia— que aún no me he atrevido a investigar.

Helen arqueó una ceja.

—¿Y yo que pensaba que me habías hecho dormir en tu habitación con perversas intenciones?

—Perdón… ¿qué? —Articus levantó la vista del mapa, genuinamente confundido.

—Nada, nada —dijo Helen, con cara de inocencia que no engañaba a nadie—. Continúa.

—Como decía —Articus volvió al mapa, claramente perdido en su propio hilo de pensamiento—, hay zonas a las que no he podido acceder. O no me he atrevido. Esperaba que contigo pudiéramos explorarlas.

—¿Una cita de exploración?

—Una expe… , una expedición de investigación, dijo Articus qu ien no parecia captar las indirectas.

—Claro, claro —Helen sonrió—. ¿Qué tenemos?

Articus señaló el mapa con el dedo.

—La bodega está sellada. No he encontrado forma de abrir la trampilla. El sótano… bueno, ni siquiera sé si hay sótano, pero hay corrientes de aire que vienen de algún sitio bajo el suelo. Varias habitaciones del segundo piso siguen provocándome náuseas cuando me acerco. Y luego está el ático.

—¿El ático?

—Subí una vez. Brevemente. Hay un escritorio con papeles, pero… la sensación allí es intensa. No me atreví a quedarme mucho tiempo.

Helen asintió, procesando.

—¿y?