La Casa de las Hojas Muertas 10.CAPÍTULO 10 LA ESPADA Y EL CRUCE
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10.CAPÍTULO 10 LA ESPADA Y EL CRUCE

Capítulo X

Helen abrió los ojos y vio exactamente lo que había visto antes de cerrarlos.

El bosque. El mismo bosque de siempre. Árboles normales, luz normal, aire normal.

Articus y la niña habían desaparecido.

—Fascinante —murmuró, aunque “aterrador” habría sido más preciso—. ¿Qué ha pasado?

Un segundo estaban ahí, sus manos entrelazadas, la niña presionada contra el pecho de Articus. Al siguiente, Helen estaba sola en medio del sendero, con la mano extendida hacia el vacío.

Se habían desvanecido. Literalmente desvanecido. Como si nunca hubieran existido.

Respiró hondo. El pánico no iba a ayudar. El pánico nunca ayudaba.

“Piensa, Helen. Piensa.”

Articus le había explicado el proceso varias veces. Concentración. El olor como ancla. Dar un paso que era más mental que físico.

Ella había seguido las instrucciones al pie de la letra. Se había concentrado en el olor a manzana y canela que él había descrito. Había visualizado la Casa según las descripciones que él le había dado.

Pero no había funcionado.

¿Por qué?

“Me estoy concentrando en un olor que realmente no puedo oler”, pensó de repente. “Nunca he estado allí. No sé a qué huele. Estoy imaginando un olor basándome en una descripción.”

Era como intentar recordar el sabor de una comida que nunca has probado. Podías imaginarlo, pero la imaginación no era lo mismo que la experiencia.

Necesitaba otra ancla. Algo real. Algo que conociera.

¿Qué conocía?

Conocía a Articus.

El olor a café que siempre le rodeaba, sin importar la hora del día.

El aroma a libros viejos que había impregnado su apartamento desde que aquellos tomos extraños habían entrado en su vida.

El olor a… ¿cómo describirlo? A curiosidad obsesiva.

A determinación testaruda. A estupidez extrema disfrazada de valentía.

Helen cerró los ojos de nuevo.

Se concentró en Articus. No en un lugar que nunca había visto, sino en una persona que conocía.

“Café. Libros viejos. Estupidez extrema.”

Uno.

“El tipo que se mete en situaciones imposibles porque no puede dejar un misterio sin resolver.”

Dos.

“El idiota que salió al bosque de noche para salvar a una niña desconocida.”

Tres.

“Mi casero. Mi amigo. El hombre que necesita que alguien le cubra las espaldas porque claramente no puede hacerlo solo.”

Cuatro.

Y de repente, estaba en otra parte.

El cambio fue instantáneo y desorientador.

Un momento estaba en el bosque familiar, con su luz filtrada y sus sonidos de pájaros. Al siguiente, estaba en un bosque completamente diferente.

Los árboles aquí eran enormes. Titánicos. Sus troncos se elevaban como columnas de catedral, bloqueando un cielo que no podía ver. La luz era diferente —más dorada, más densa, como si el aire mismo tuviera textura—.

Y el olor…

Manzana. Canela. Hojas de otoño. Humo de chimenea lejana.

“Funcionó”, pensó con una mezcla de alivio y asombro. “Realmente funcionó.”

Pero no estaba donde debería estar.

Había aparecido en medio del bosque, no frente a la Casa. El cruce la había traído al mundo correcto, pero al lugar equivocado.

¿Dónde estaba Articus?

Miró a su alrededor frenéticamente. Árboles, árboles, más árboles. Sombras entre los troncos. Silencio que parecía tener peso.

Y entonces lo vio.

Un poco más adelante, entre los árboles: movimiento. Figuras corriendo.

Articus. Reconoció su silueta incluso a distancia. Corría con la niña en brazos, su postura desesperada, sus movimientos torpes por el peso adicional.

Y detrás de él, muy cerca, dos figuras lo perseguían.

Hombres. Dos hombres con aspecto de no haber visto un baño en semanas, armados con lo que parecían cuchillos oxidados y expresiones de depredadores que han olido sangre.

Bandidos.

Por el rabillo del ojo, Helen percibió algo más. Un cuerpo tendido en el suelo, inmóvil. Un tercero que no había sobrevivido al encuentro con esos dos.

“Mierda.”

No había tiempo para pensar. No había tiempo para planificar.

Helen corrió hacia los hombres .

—¡EH! —gritó, su voz cortando el silencio del bosque—. ¡VOSOTROS! ¡PARAD!

Los bandidos se detuvieron.

Se giraron.

Y cuando vieron a Helen —una mujer joven, sola, aparentemente desarmada— sus expresiones pasaron de la sorpresa a la diversión.

Si perseguir a un hombre con una niña les parecía buen entretenimiento, una chica sola seguramente les daría aún más diversión.

Helen no les dio tiempo a pensar más.

Mientras corría hacia ellos, sus manos fueron a la funda negra que atravesaba su espalda. Con un movimiento practicado mil veces, desabrochó el cierre.

La funda cayó al suelo.

Y lo que reveló no era un trípode.

Era una espada.

Casi la mitad de su tamaño. Hoja recta, doble filo, guarda elaborada. Acero bien cuidado que brillaba incluso bajo la luz filtrada del bosque.

Helen la había conseguido hacía tres años, cuando empezó a tomarse en serio el entrenamiento. La había usado en competiciones. Había entrenado con ella miles de horas.

Era una extensión de su brazo.

Los bandidos la miraron. Miraron la espada. Y rieron.

Carcajadas ásperas, burlonas. El tipo de risa de quien ve a un gatito intentando amenazar a un lobo.

Helen no dijo nada.

Levantó la espada lentamente. Con deliberación. Con la calma de alguien que sabe exactamente lo que está haciendo.

Los bandidos seguían riendo.

Helen realizó una floritura.

No fue ostentosa. No fue dramática. Fue técnica. Intercambió la espada de mano tres veces en medio segundo, cada transición fluida, cada movimiento controlado. La hoja silbó en el aire, dibujando arcos que parecían imposibles para un arma de ese tamaño.

Las risas se apagaron.

Helen dejó caer su peso sobre la pierna delantera, adoptando una postura defensiva clásica. Rodilla flexionada, cuerpo de perfil, espada extendida hacia los oponentes. Punta dirigida al espacio entre ambos.

Geometría perfecta. Invitación mortal.

Era una invitación y una advertencia al mismo tiempo.

“Venid. Os estoy esperando.”

Articus había dejado de correr.

Se había girado cuando oyó el grito de Helen, y ahora observaba la escena con una mezcla de terror y fascinación.

Helen estaba allí. Helen había cruzado. Helen tenía una maldita espada.

Y la forma en que la sostenía…

Articus no sabía nada de espadas. No había tocado una en su vida. Pero conocía otras cosas. Había leído sobre animales depredadores. Había estudiado lenguaje corporal. Conocía las señales de advertencia de las criaturas mortales.

Y Helen, en ese momento, le recordaba a todas esas cosas.

Una trampa. Eso es lo que parecía. Una trampa de oso perfectamente preparada, esperando que algo fuera lo suficientemente estúpido como para activarla.

Los colores brillantes de una rana venenosa. Los patrones hipnóticos de una serpiente coral. Todo en su postura gritaba: “No te acerques. No me pruebes. No cometas ese error.”

Articus sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío .

“Nota mental: nunca, jamás, bajo ninguna circunstancia, hacer enfadar a Helen.”

Los bandidos no habían leído esos libros.

O tal vez eran demasiado estúpidos para reconocer el peligro.

Se abalanzaron sobre Helen.

El primero atacó con su cuchillo en un arco descendente, brutal, sin técnica. El tipo de ataque que funcionaba contra víctimas desarmadas y asustadas.

Helen no era ninguna de esas cosas.

Se movió.

Fue difícil seguir exactamente qué pasó. Sus movimientos eran demasiado rápidos, demasiado precisos, demasiado fluidos para procesar en tiempo real.

Una estocada.

La punta de su espada atravesó la mano armada del primer bandido. No el cuerpo. No el brazo. La mano. Específicamente, el espacio entre los tendones que controlaban el agarre.

El cuchillo cayó al suelo.

El hombre gritó.

Antes de que el sonido terminara de salir de su garganta, Helen ya se había movido. Una segunda estocada, esta vez al hombro del mismo hombre. Precisa. Quirúrgica. Neutralizando el brazo entero.

El segundo bandido atacó mientras ella estaba ocupada con el primero.

Helen lo vio venir sin siquiera mirarlo.

Esquivó la embestida con un giro elegante, su cuerpo doblándose de formas que parecían imposibles. Y mientras giraba, su espada encontró el gemelo del atacante.

Un corte limpio. Profundo. Incapacitante.

El hombre cayó de rodillas con un aullido .

Y entonces Helen hizo algo que Articus no esperaba.

Completando su giro, proyectó una patada hacia el cuello del bandido caído. No un golpe de espada. Una patada. El talón de su bota conectó con la tráquea con un sonido que hizo encogerse a Articus.

El hombre se derrumbó, jadeando, incapaz de respirar correctamente.

Todo había durado menos de diez segundos.

Los bandidos no estaban muertos. Pero estaban fuera de combate.

O deberían haberlo estado.

El primero —el de la mano y el hombro heridos— se puso de pie tambaleándose. La sangre le goteaba de las heridas, manchando la tierra del bosque. Pero en lugar de huir, abrió la boca.

Y rugió.

No fue un grito humano. Fue algo más profundo, más gutural. Como si algo dentro de él hubiera despertado.

Sus ojos cambiaron. Se volvieron más oscuros, más hundidos. Empezó a formarse espuma en las comisuras de sus labios.

El segundo bandido hizo lo mismo. A pesar del corte en su pierna, a pesar de la patada en el cuello, se levantó. Rugió. Atacó.

“Rabia”, pensó Articus con horror. “Algo les está haciendo entrar en un estado de rabia.”

Los ataques ahora eran diferentes. Más torpes. Más erráticos. Pero también más peligrosos. Los hombres ignoraban sus heridas, ignoraban el dolor, ignoraban todo excepto el impulso de matar.

Helen retrocedió, evaluando.

Su expresión no había cambiado. Seguía siendo esa calma terrorífica de quien controla completamente la situación.

Pero Articus vio algo en sus ojos. Un cálculo. Una decisión.

Helen suspiró .

Fue un suspiro pequeño, casi inaudible. El tipo de suspiro de alguien que esperaba resolver algo de forma limpia y ahora tenía que ensuciarse las manos.

Se comprimió.

No había otra forma de describirlo. Todo su cuerpo pareció condensarse, como un resorte a punto de liberarse.

Y entonces se movió.

Articus había leído sobre peleas antes. En libros. En crónicas. En relatos de viajeros.

Nada de eso lo preparó para lo que vio.

Helen se convirtió en un borrón de movimiento.

Decenas de golpes en lo que parecía un solo segundo. Su espada era un destello plateado que aparecía y desaparecía más rápido de lo que el ojo podía seguir. Cada golpe encontraba su objetivo. Cada corte era preciso, calculado, letal.

Los puntos vitales. Estaba atacando los puntos vitales.

Arterias. Tendones. Órganos.

Los bandidos ni siquiera tuvieron tiempo de gritar.

Cayeron. Fulminados. Sus cuerpos golpeando el suelo casi simultáneamente.

Y Helen se detuvo.

Su respiración era ligeramente más rápida que antes. Un mechón de pelo se había escapado de su coleta. Había sangre en su espada, en sus manos, salpicaduras en su ropa.

Pero su expresión seguía siendo la misma.

Calmada. Controlada. Profesional.

Dedicó un saludo marcial hacia los cuerpos caídos. Un gesto pequeño, casi imperceptible. Reconocimiento del combate. Respeto por los oponentes, aunque no lo merecieran .

Luego sacó un pañuelo pequeño de su bolsillo y limpió la hoja con movimientos meticulosos. Cada centímetro de acero quedó impecable.

Recogió la funda del suelo y enfundó la espada.

Se giró hacia Articus.

—Espero que no nos hayamos metido en un lío aún mayor —dijo.

Fin del Capítulo 10