La Casa de las Hojas Muertas 9.CAPÍTULO 9 CONVALECENCIA Y CONFESIONES #2
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9.CAPÍTULO 9 CONVALECENCIA Y CONFESIONES #2

Articus la miró. Luego miró su brazo inútil. Luego la puerta de la habitación donde dormía la niña.

—Tenemos que volver —dijo—. A la Casa. Es el único lugar donde podemos encontrar respuestas. Y… —vaciló— creo que la niña debería estar allí. No aquí.

Helen arqueó una ceja.

—¿Por qué?

—Porque aquí se recupera lentamente. Muy lentamente. —Articus frunció el ceño, su mente analítica trabajando—. Tú misma lo has visto. Lleva días dormida, apenas despierta para comer. Pero yo empecé a recuperarme mucho antes.

—¿Y eso qué significa?

—No estoy seguro. Pero… —buscó las pa labras— tal vez este mundo no es… compatible con ella. Algo en nuestra realidad le resulta inhóspito. Como un pez fuera del agua.

Helen consideró esto.

—¿Crees que en la Casa se recuperaría más rápido?

—Creo que es posible. Vale la pena intentarlo.

Hubo un largo silencio.

—Voy contigo —dijo Helen.

No era una pregunta.

Articus abrió la boca para protestar, pero la expresión de Helen le detuvo. Era la misma expresión que había visto el día que se conocieron: determinación absoluta mezclada con un toque de “no me discutas porque perderás”.

—De acuerdo —cedió—. Pero tendremos que prepararnos. Hacer una lista. Equiparnos adecuadamente.

Helen sonrió por primera vez en días.

—Listas. Equipamiento. —Se levantó, buscando papel y bolígrafo—. Eso sí que es mi idioma.

La lista que elaboraron era exhaustiva.

Articus dictaba mientras Helen escribía, añadiendo sus propias sugerencias con la eficiencia de alguien acostumbrado a planificar expediciones.

SUMINISTROS PARA EL CRUCE: - Comida: conservas, frutos secos, chocolate (energía rápida) - Agua: cantimploras, pastillas purificadoras - Iluminación: linternas, velas, mecheros de repuesto - Primeros auxilios: vendas adicionales, antiséptico, analgésicos fuertes - Ropa: capas, térmica, botas resistentes - Herramientas: cuerda, navaja, brújula (por si acaso)

Helen añadió algunas cosas que Articus no había considerado:

Cuadernos extra y carboncillos (para copiar símbolos ) Espejo pequeño (para señales) Silbato (comunicación a distancia)

Y luego, casi como ocurrencia tardía:

Equipo personal de Helen

Articus la miró con curiosidad.

—¿Equipo personal?

—Confía en mí —fue todo lo que dijo.

La niña no despertó.

Pasaron los días y seguía en ese estado de inconsciencia profunda. Respiraba. Su corazón latía. Pero no abría los ojos. No se movía más que para tragar cuando Helen le acercaba caldo tibio a los labios.

Era inquietante. Profundamente inquietante.

Helen la observaba durante horas, buscando señales de mejoría. La niña era pequeña, extremadamente delgada, con cabello negro enmarañado y piel de una palidez grisácea. Sus ojos —cuando Helen le levantaba los párpados para comprobar— eran de un negro absoluto, sin blanco visible.

“¿Qué eres?”, pensaba Helen. “¿De dónde vienes?”

Pero la niña no respondía. Solo dormía ese sueño que parecía más cercano a la muerte que al descanso.

Articus la visitaba cada día, sentándose junto a su cama con expresión preocupada.

Su brazo izquierdo mejoraba con una lentitud exasperante —las venas negras habían ido retrocediendo centímetro a centímetro, hasta desaparecer por completo al cabo de la segunda semana—, pero al menos mejoraba.

Ya no necesitaba el vendaje. Ya podía usarlo con normalidad, aunque Helen notaba que a veces lo miraba como si esperase encontrar en él algo que ya no estaba .

—No mejora —dijo una tarde, su voz cargada de frustración—. Yo me recuperé. ¿Por qué ella no?

—Tal vez porque tú eres de aquí —respondió Helen—. Y ella no.

Articus la miró.

—¿Crees que este mundo la está… rechazando?

—No lo sé. Pero algo no funciona. —Helen se cruzó de brazos—. Cada día que pasa está más pálida. Más fría. Es como si se estuviera… apagando.

El silencio que siguió fue pesado.

—Tenemos que llevarla de vuelta —dijo Articus finalmente—. A la Casa. Es el único lugar donde podría recuperarse.

—¿Y si empeora durante el cruce?

—¿Y si empeora si se queda aquí?

No había buena respuesta. Solo malas opciones y decisiones imposibles.

Articus miró a la niña inconsciente, su expresión una mezcla de determinación y algo que podría ser ternura.

—La traje aquí —murmuró—. Soy responsable de ella. No voy a dejarla morir en mi sofá porque tuve miedo de actuar.

Helen asintió lentamente.

—Entonces nos vamos. Mañana.

Aquella noche, Articus recordó algo importante.

—El idioma —dijo, interrumpiendo el silencio—. Tienes que poder entender lo que te digan allí. Y hablar.

Helen levantó la vista de la lista.

—¿Y cómo se hace eso exactamente?

—Vesper me lo transmitió directamente. —Articus dudó—. Supongo que yo podría… intentar hacer lo mismo.

Explicó el proceso lo mejor que pudo: contacto, concentración, la sensación de pasar algo de un recipiente a otro. Como verter agua. Helen escuchó con esa atención suya que no necesitaba preguntas.

—De acuerdo —dijo—. Inténtalo .

Articus extendió la mano y le tocó la frente con dos dedos, igual que había hecho Vesper con él. Cerró los ojos. Intentó reproducir aquella sensación: el conocimiento moviéndose, fluyendo, reorganizándose.

Estuvo así treinta segundos.

Cuarenta.

—¿Algo? —preguntó.

Helen entrecerró los ojos, pensativa.

—Es… —sacó la lengua y le dio un golpecito con ella, como comprobando el sabor de algo nuevo—. Es como si tuviera palabras en la punta de la lengua que no sabía que conocía. Como cuando recuerdas el título de una canción que llevabas días intentando recordar. Pero en otro idioma.

—Eso es —dijo Articus, aliviado—. Eso es exactamente.

—Qué raro —murmuró Helen, sacando otra vez la lengua y dándole otro golpecito, como si el idioma estuviera físicamente ubicado ahí y pudiera paladearlo—. Qué cosa tan rara.

La mañana del cruce, Helen apareció en el salón con una mochila voluminosa a la espalda.

Y algo largo atravesándole la espalda en una funda negra.

Articus la miró con curiosidad.

—¿Un trípode? —preguntó—. ¿Vas a hacer apuntes fotográficos? Porque debo advertirte que el otro mundo no tiene muy buena iluminación. Y las criaturas nocturnas probablemente no posan bien para retratos.

Helen sonrió de esa manera que significaba que sabía algo que él no.

—Algo así.

Llevaba ropa deportiva técnica, en contraste con los vaqueros y jersey de Articus. Parecía preparada para una expedición militar, no para un paseo por un bosque imposible. Articus, por su parte, parecía preparado para ir a comprar el pan. Con suerte.

—¿Lista? —preguntó Articus.

—Lista.

—¿La niña?

Ambos miraron hacia el sofá donde la pequeña yacía envuelta en mantas.

Seguía inconsciente, su respiración apenas perceptible.

Helen la había vestido con ropa limpia rescatada de uno de los armarios de la casa —una combinación improvisada de prendas demasiado grandes pero abrigadas— aunque los zapatos habían resultado innecesarios. No iba a caminar a ningún sitio.

Articus tomó aire.

—Bien. Vamos a repasar el proceso una vez más.

Le había explicado el cruce a Helen varias veces durante los últimos días. La concentración necesaria. El olor a manzana y canela como ancla sensorial. La sensación de dar un paso que era y no era un paso.

—Sujétame la mano —dijo—. No la sueltes pase lo que pase.

Helen obedeció. Su mano era cálida y callosa contra la de él.

Con su otro brazo —el izquierdo, ya sin vendaje aunque todavía sensible— sujetó a la niña contra su cuerpo.

—Cierra los ojos —instruyó—. Concéntrate en el olor. Manzana. Canela. Hojas de otoño. Humo de chimenea.

Cerró los propios ojos. Visualizó la Casa. El jardín. La verja de hierro. El olor característico que había aprendido a asociar con aquel lugar.

Y, con Helen aferrada a su mano y la niña sujeta contra el pecho, dio un paso.

Un segundo después, estaba frente a la Casa.

El jardín familiar se extendía ante él, con su césped demasiado verde y sus flores demasiado perfectas. La Casa se alzaba al fondo, imponente y acogedora al mismo tiempo.

Pero algo estaba mal.

Su mano derecha estaba vacía.

Helen había desaparecido.

—No, no, no —murmuró, girándose frenéticamente.

La niña seguía en sus brazos, presionada contra su pecho. Pero Helen no estaba por ningún lado.

“Mierda. Mierda, mierda, mierda.”

¿Qué había salido mal? ¿Por qué no había cruzado con ellos? ¿Estaba atrapada en algún lugar intermedio? ¿Había vuelto al bosque normal? ¿Por qué nada de lo que hacía funcionaba como debería? ¿Por qué no venía el universo con un manual de instrucciones?

“Probablemente porque el universo tiene sentido del humor. Un sentido del humor terrible.”

Tenía que volver. Tenía que encontrarla.

Se giró, preparándose para intentar el cruce inverso…

Y entonces vio las figuras.

Dos hombres. A menos de veinte metros. Estaban agachados sobre algo en el suelo —un tercer cuerpo, inmóvil— y sus posturas gritaban “peligro” con cada línea de su lenguaje corporal.

Bandidos.

O algo peor.

Los hombres levantaron la vista. Sus ojos se encontraron con los de Articus.

Por un momento, nadie se movió .

Articus había aparecido de la nada frente a ellos. Literalmente de la nada. Debía parecer como si se hubiera materializado del aire.

Los bandidos intercambiaron una mirada.

Y entonces, con la velocidad de depredadores que han detectado una presa, se pusieron en pie.

“La Casa”, pensó Articus. “Tengo que llegar a la Casa.”

Se giró y corrió.

Fin del Capítulo 9