9.CAPÍTULO 9 CONVALECENCIA Y CONFESIONES
Capítulo IX
Helen despidió a su amigo en la puerta con un abrazo breve y un “te debo una muy grande”.
Marcus —estudiante de Medicina en su último año, con ojeras permanentes y manos sorprendentemente firmes para alguien que vivía a base de café y apuntes— había acudido sin hacer demasiadas preguntas.
Helen le había llamado a las tres de la madrugada con un escueto “necesito ayuda médica discreta” y él había aparecido cuarenta minutos después con un maletín que parecía haber sobrevivido a dos guerras mundiales.
No había preguntado por qué había un hombre inconsciente con el brazo destrozado en el sofá, ni por qué había una niña famélica de aspecto vagamente aterrador durmiendo en la habitación de invitados, ni por qué Helen tenía esa mirada en los ojos, esa mezcla de determinación y “si me preguntas algo te miento descaradamente”.
Marcus era un buen amigo. Los buenos amigos a veces saben cuándo no preguntar.
—La niña parece estable —había dicho mientras guardaba su estetoscopio—. Desnutrición severa, deshidratación, pero nada que descanso y buena alimentación no puedan arreglar. Sin embargo…
Había mirado el brazo de Articus. Luego a Helen. Luego otra vez al brazo.
—Esto no lo entiendo.
Helen había seguido su mirada. El brazo izquierdo de Articus estaba hinchado, con tonalidades que iban del morado oscuro al negro azulado. Pero lo más inquietante eran las venas. Líneas oscuras que subían desde la muñeca como raíces de un árbol enfermo, extendiéndose hacia el codo.
—¿Qué le ha pasado? —preguntó Marcus.
—Accidente —mintió Helen sin pestañear—. Eléctrico. Creo.
Marcus la miró con expresión de “ambos sabemos que eso es mentira, pero voy a dejarlo pasar”.
—Le he aplicado un cataplasma y vendajes. Lo mejor que puedo hacer sin equipamiento hospitalario. —Hizo una pausa—. Debería hacerse exámenes. Radiografías, análisis de sangre. Esas venas negras… nunca he visto nada parecido.
Helen asintió.
—Lo llevaré si empeora.
—Helen. —Marcus se detuvo en la puerta, su expresión seria por primera vez desde que había llegado—. Sea lo que sea en lo que estés metida… ten cuidado.
—Siempre.
Él suspiró, claramente no convencido, pero se fue sin más preguntas.
Helen cerró la puerta y se apoyó contra ella, exhalando lentamente.
“Me debes una explicación muy buena, Articus”, pensó mirando hacia el sofá donde su casero yacía inconsciente. “Y más te vale que sea convincente.”
Los siguientes días fueron una rutina extraña de cuidados médicos improvisados y preguntas sin respuesta.
Tanto Articus como la niña pasaban la mayor parte del tiempo dormidos. Era un sueño profundo, casi antinatural, del que solo emergían brevemente cuando Helen les obligaba a comer .
Había descubierto por accidente que podía despertarlos lo suficiente para alimentarlos si les acercaba comida caliente bajo la nariz. El olor parecía activar algún instinto básico que los traía a un estado de semiconsciencia.
Lo suficiente para que abrieran la boca y masticaran.
Insuficiente para comunicarse.
Helen improvisaba comida de supervivencia. Caldos espesos de verduras con trozos de pollo. Purés funcionales que no requerían masticación compleja. Nutriente antes que sabroso. Alimentaba a la niña primero —era más pequeña, más frágil, más urgente— y luego a Articus.
Era surrealista. Completamente surrealista.
Hacía una semana estaba preocupada por sus exámenes de Historia del Arte. Ahora estaba cuidando a un hombre con venas negras y a una niña que parecía haber salido de una pesadilla gótica.
Y lo peor: cada día que pasaba, estaba más convencida de que todo aquello era real.
Los libros en la mesa del comedor —esos tres tomos antiguos que Articus había dejado antes de…
lo que fuera que había hecho— no eran falsificaciones.
Helen había estudiado suficiente historia del arte como para reconocer autenticidad.
El papel, las tintas, el desgaste… esos libros eran antiguos.
Genuinamente antiguos. Y las ilustraciones…
Había pasado horas estudiando el libro de gran formato. Los paisajes imposibles, las criaturas geométricas, los símbolos entrelazados con vegetación.
No reconocía el estilo. No encajaba en ninguna escuela artística que conociera. Y Helen conocía muchas.
Era arte de otro lugar. Literalmente de otro lugar .
La idea debería haberla aterrorizado. En cambio, la fascinaba.
Al sexto día, Articus mejoró.
Fue repentino, casi alarmante. Por la mañana apenas podía mantener los ojos abiertos. Por la tarde estaba sentado en el sofá, sosteniendo una taza de té con su mano derecha —la izquierda seguía vendada e inútil—, mirando a Helen con expresión de culpabilidad anticipada.
—Voy a necesitar una explicación detallada de qué está sucediendo —dijo Helen, sentándose frente a él en el sillón. Su voz era calmada, pero había acero debajo—. No me ocultes nada. No me escatimes detalles. No me mientas.
Articus parpadeó, claramente evaluando sus opciones.
—O vas a acabar directamente en comisaría —añadió Helen—. Y la niña en servicios sociales. Y yo tendré que inventar una historia muy creativa sobre cómo aparecieron en mi casa.
—Técnicamente es mi casa —murmuró Articus—. Y técnicamente estoy herido. Y técnicamente acabo de despertar de lo que parece haber sido una siesta de varios días. ¿Puedo al menos terminar el té antes del interrogatorio?
—Articus.
—Vale, vale. —Suspiró, mirando el contenido de su taza como si contuviera las respuestas del universo. No las contenía. Solo contenía té. Té mediocre, además—. Es difícil de explicar. Principalmente porque suena a delirio de alguien que necesita medicación urgente.
Helen se inclinó hacia adelante, tocándole el hombro. Su expresión se suavizó por un momento.
Luego le apretó con dedos que parecían tenazas.
—Toda la información. Sin escatimar. Ahora.
Las defensas de Articus cedieron ante esa combinación letal de amabilidad, determinación e intimidación física .
—Esto que te voy a contar no es lógico —empezó, bajando la mirada—. No debería haber pasado. Pero te aseguro que es tal como te voy a relatar.
Y habló.
Le contó todo.
El paseo por el bosque que había empezado como procrastinación creativa y había terminado en algo imposible.
El olor a manzana y canela que había actuado como señuelo o como puerta.
La Casa que no debería existir pero existía, con su arquitectura imposiblemente bien conservada y su atmósfera de sueño y peligro.
Los tres libros que había encontrado. Las horas de estudio intentando descifrar patrones. Los experimentos con símbolos que habían producido resultados reales, tangibles, aterradores.
El anciano que había conocido —Vesper Stellaris, con sus advertencias sobre la noche y las criaturas del bosque y los límites que nunca debían cruzarse.
El bosque acechante. La oscuridad que tenía peso y textura. Las criaturas de ojos de obsidiana que existían en los márgenes de la percepción.
Y finalmente, el rescate de la niña. El grito en la noche. La decisión estúpida de salir cuando todo su instinto le gritaba que se quedara. La criatura que había encontrado. El fuego improvisado que había tallado en un palo con desesperación y precisión delirante.
El coste.
Articus se tocó el brazo vendado con su mano buena.
—Las guardas fallaron —dijo, su voz apagada—. Los símbolos de protección que tallé… no eran suficientes. La energía tenía que venir de algún sitio, y cuando el palo se rompió…
—Vino de ti —completó Helen.
Él asintió .
—De mi brazo. De mis huesos. De mis venas.
—Una pausa—. Vesper me advirtió que tocar esas fuerzas tiene coste.
Ahora lo entiendo de forma muy visceral.
—Hizo una mueca—. Literalmente visceral.
Mis vísceras opinan que fue una idea terrible.
Mis huesos están de acuerdo. Creo que mi bazo ha presentado una queja formal.
Helen se quedó en silencio por un largo momento.
Su expresión había pasado de la incredulidad a la curiosidad y finalmente a algo que parecía fascinación mezclada con preocupación.
—Bien —dijo finalmente—. Digamos que te creo.
Articus levantó la vista, sorprendido.
—¿Así, sin más?
—No “sin más”. —Helen se levantó, caminando hacia la mesa donde descansaban los tres libros—. En parte porque no te veo capacitado para mentir de forma convincente. —Le lanzó una mirada por encima del hombro—. Te pones rojo cuando mientes. Lo noté el primer día.
Articus sintió sus mejillas calentarse, lo cual probablemente probaba su punto.
—Y en parte —continuó Helen, levantando uno de los libros y sopesándolo— porque llevo una semana estudiando esto. —Pasó los dedos por la cubierta de cuero—. No sé qué es, pero sé que no es de aquí. El papel, las tintas, el estilo artístico… nada encaja. Nada.
Dejó el libro y se giró hacia él.
—Además, tengo ojos. He visto tu brazo. He visto a esa niña. —Hizo una pausa—. Y he visto cómo desapareciste.
Articus parpadeó.
—¿Me viste desaparecer?
—Antes de que desaparecieras la última vez.
Te vi entrar al bosque. Y luego simplemente…
puf. —Chasqueó los dedos—. Desvanecido. No como cuando alguien dobla una esquina o se pierde entre los árboles.
Estabas en un claro perfectamente visible, y al momento siguiente no estabas. Como si alguien te hubiera borrado.
—Oh.
—Sí. “Oh.” —Helen volvió a sentarse, cruzando los brazos—. Así que sí, te creo. Aunque me cueste admitirlo, te creo.
Articus sintió algo de tensión abandonar sus hombros. No se había dado cuenta de cuánto necesitaba que alguien le creyera hasta ese momento.
—Pero —añadió Helen, y su tono se volvió serio— me preocupa la niña.
Ambos miraron hacia la habitación donde la pequeña seguía durmiendo.
—Habrá gente buscándola —continuó Helen—. Sea donde sea “allí”, alguien la echará de menos. O algo. No podemos simplemente quedárnosla.
—Lo sé.
—Y no podemos llevarla a un hospital normal. No sabemos qué es, ni de dónde viene exactamente, ni por qué esa criatura la estaba acechando.
—También lo sé.
Helen exhaló.
—Entonces, ¿cuál es el plan?