La Casa de las Hojas Muertas 8.CAPÍTULO 8 FUEGO Y CONSECUENCIAS #2
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8.CAPÍTULO 8 FUEGO Y CONSECUENCIAS #2

Los árboles aquí eran diferentes. Más grandes. Más antiguos. Sus troncos se elevaban como pilares de catedral hacia un cielo que no podía ver. Las raíces emergían del suelo en configuraciones retorcidas que parecían deliberadamente diseñadas para hacer tropezar.

Cada paso producía crujidos. Hojas secas. Ramas. Sonidos que resonaban en el silencio con volumen amplificado.

Y entonces la vio.

Una niña yacía desmayada cerca de un árbol de proporciones gigantescas. Un árbol que hacía parecer pequeños a los demás. Su tronco era tan ancho que habrían necesitado diez hombres para rodearlo con los brazos .

La niña era pequeña. Seis o siete años, tal vez. Pelo oscuro pegado a su frente. Ropa destrozada. Cuerpo delgado hasta lo famélico.

Pero estaba viva. Articus podía ver su pecho subiendo y bajando con respiración trabajosa.

A pocos metros de ella, algo acechaba.

Es difícil describir exactamente qué era.

No tenía forma definida. Era como… una ausencia. Un vacío con contorno vagamente humanoide que se perfilaba contra la oscuridad misma.

Pero los ojos.

Los ojos eran inconfundibles.

Dos ascuas de obsidiana oscura que resaltaban en la silueta. No brillaban. Era lo contrario de brillar. Absorbían luz. Como agujeros negros en miniatura que devoraban cualquier luminosidad que se acercara.

Como un depredador, la cosa empezó a aproximarse a la niña.

Movimientos lentos. Deliberados. Como un gato acercándose a un ratón herido.

Articus se tensó.

Su cerebro gritó múltiples advertencias simultáneas: “¡Huye! ¡Corre! ¡Regresa a la Casa! ¡No es tu problema! ¡Vas a morir!”

Su boca gritó:

—¡Eh! ¡Aléjate de ella!

Buena idea, genio , pensó inmediatamente. Ahora tiene dos objetivos en lugar de uno.

La criatura se giró.

Un ruido emergió de ella. No era un gruñido. No era un siseo. Era algo más fundamental. El sonido de algo que nunca debería existir pero existía de todos modos. Como uñas en una pizarra pero más profundo. Más… equivocado.

Articus sintió su vejiga considerando seriamente rendirse.

La criatura avanzó hacia él .

Sin pensar, le lanzó el candil.

El objeto voló por el aire en un arco torpe, derramando aceite. Impactó cerca de la criatura.

Por un segundo, la cosa retrocedió. La llama parecía repelerla. Como si la luz fuera físicamente dolorosa.

Luego el candil rodó. La llama tocó hierba húmeda. Se extinguió con un siseo patético.

Y todo quedó en tinieblas.

La única luz era ahora la luna filtrada débilmente a través del dosel de árboles. Apenas suficiente para ver siluetas.

La criatura comenzó a avanzar nuevamente.

Más rápido esta vez. Sin vacilación.

Articus retrocedió, su espalda chocando contra un árbol.

El palo partido estaba en su mano. La navaja en la otra.

Una idea loca corrió por su mente.

Los símbolos. El fuego. Si pude hacer fuego con símbolos tallados en madera estática…

¿Podría hacerlo en movimiento?

Era una locura absoluta. Era improvisar bajo presión extrema sin comprensión completa del sistema. Era exactamente el tipo de cosa que Vesper le había advertido que nunca hiciera.

Pero la alternativa era morir.

Empezó a trazar figuras en el palo con movimientos rápidos pero conscientes.

La punta de la navaja arañaba la madera, tallando líneas profundas.

Condensador , pensó, reproduciendo el símbolo que había identificado en sus experimentos de la tarde. Para acumular energía.

La criatura se acercaba. Cinco metros. Cuatro.

Multiplicador , añadió el siguiente símbolo. Para amplificar.

Tres metros .

Guarda , talló frenéticamente. Para delimitar de dónde extraer energía. No del entorno. De mí.

Sintió algo en su pecho. Como si algo se retorciera internamente.

Dos metros.

Derivador . El símbolo que había visto en la chimenea. Para manifestar fuego.

Afortunadamente, la criatura parecía cautelosa. O curiosa. Le dio tiempo suficiente para acabar su trabajo.

Había completado los diagramas a una velocidad excepcional. Su mano temblaba. El sudor corría por su frente a pesar del frío.

La criatura se hallaba muy próxima cuando terminó el último símbolo.

El aire pareció implosionar.

Un sonido. Como succión violenta. Como el mundo inhalando.

Por encima de las guardas, el palo empezó a arder con intensidad.

No fue una llama pequeña como en su experimento controlado.

Fue un fuego violento. Brillante. Que brotó del palo como si el objeto mismo estuviera hecho de resina ardiente.

Parecía una espada de fuego.

La criatura retrocedió con un siseo que perforó la noche.

Articus descargó un golpe hacia la cosa.

La hoja de fuego improvisada pasó a través de la silueta oscura. No la cortó exactamente. Fue más como… dispersarla. Como soplar humo.

La criatura retrocedió con rapidez sobrenatural. Siseó nuevamente hacia Articus. Miró hacia la niña inconsciente.

Y huyó.

Desapareció entre los árboles con una rapidez imposible de seguir con la vista.

Articus suspiró. El aire salió de sus pulmones en una exhalación larga y temblorosa.

Funcionó. Realmente funcionó. Estoy vivo. La niña está …

De repente notó un temblor.

Algo crujió en la espada improvisada.

Un temblor violento recorrió el palo. Vio cómo los glifos de la guarda —los símbolos que había tallado para protegerse del drenaje energético— de repente estallaron.

Literalmente estallaron.

Astillas de madera volaron. El palo se quebró en su mano.

Y un dolor recorrió su brazo.

No fue un dolor normal. Fue como si algo dentro de su brazo se hubiera roto. No la piel. Más profundo. Los huesos. Los músculos. Todo simultáneamente destrozándose desde dentro.

Gritó.

El palo cayó de su mano. La llama se extinguió.

Articus cayó de rodillas, agarrándose el brazo izquierdo.

Cuando lo miró en la escasa luz lunar, lo vio.

Destrozado.

Su antebrazo estaba hinchado. Morado. Con patrones de venas oscuras que se extendían desde donde había sostenido el palo. Como si la energía hubiera quemado su sistema circulatorio desde dentro.

El dolor era indescriptible.

Pero la niña.

Entre el dolor agudo que nublaba su visión, se acercó a la niña que yacía junto al árbol gigante.

Primero revisó su respiración. Seguía viva. Yacía desmayada. Delgada. Famélica. Pero respiraba.

Sin heridas visibles externas.

Tenía que sacarla de aquí. Tenía que regresar a la Casa antes de que la criatura volviera. O algo peor apareciera.

Con su brazo derecho —el único que todavía funcionaba— la levantó.

Pesaba alarmantemente poco. Como cargar un saco de huesos cubierto de piel .

Se tambaleó, poniéndose de pie.

El dolor en su brazo izquierdo era constante. Palpitante. Cada movimiento enviaba oleadas de agonía por su cuerpo.

Pero empezó a caminar.

Un paso. Luego otro.

Hacia donde creía que estaba la Casa.

Por favor que sea la dirección correcta.

El bosque a su alrededor estaba completamente silencioso. Sin sonidos de criaturas. Sin viento. Solo su respiración trabajosa y el crujido de hojas bajo sus pies.

Y entonces, a través de los árboles, vio luz.

La Casa.

Las ventanas emitían ese resplandor dorado cálido que significaba refugio. Seguridad.

Aceleró el paso tanto como pudo con la niña en brazos y el dolor martilleando su brazo.

Llegó a la verja. La abrió con su hombro. Cruzó el jardín. Subió los escalones.

La puerta estaba abierta. La había dejado abierta cuando salió corriendo.

Entró.

Cerró la puerta tras de sí con su pie. Echó el cerrojo con movimientos torpes.

Y se dejó caer contra la pared, resbalando hasta quedar sentado en el suelo.

La niña seguía inconsciente en su regazo.

Su brazo era un desastre palpitante de dolor.

Pero estaban dentro. Estaban a salvo.

Por ahora.

Articus miró el techo, jadeando, su visión nadando entre oleadas de dolor.

—Vesper —murmuró— va a matarme .

Y entonces, el agotamiento y el dolor combinados lo arrastraron hacia la inconsciencia.

Lo último que pensó antes de que la oscuridad lo reclamara fue:

Al menos la niña está viva.

Eso tiene que contar para algo.

¿Verdad?

Fin del Capítulo 8