8.CAPÍTULO 8 FUEGO Y CONSECUENCIAS
Capítulo VIII
El progreso de esa tarde había sido sorprendente.
No “sorprendente” en el sentido de “oh, qué agradable descubrimiento casual”. Sino “sorprendente” en el sentido de “esto probablemente no debería ser posible y sin embargo aquí estoy haciéndolo y eso es aterradoramente emocionante”.
Articus estaba sentado en el patio trasero de la Casa, rodeado de troncos de madera, su cuaderno abierto con símbolos garabateados en cada página disponible, y una pila creciente de palos tallados que parecían los restos de un proyecto artesanal que había salido espectacularmente mal.
Lo cual, técnicamente, era exacto.
La poca información que había conseguido de Vesper Stellaris —el anciano verboso con habilidad para convertir explicaciones simples en tratados académicos completos— había empezado a desbloquear puertas en su mente.
Conexiones. Patrones. Relaciones.
Ahora, sin ninguna duda, podía ver que había un lenguaje tras esas formas geométricas. Había un método. No eran simplemente diagramas arcaicos estáticos con una sola función fija en el mundo.
No.
Había materia prima aquí. Los ladrillos fundamentales para construir. Las instrucciones básicas que, cuando se combinaban correctamente, podían manipular la energía de este mundo moribundo .
Como trazado metódico. Como matemáticas. Como construcción paso a paso de algo complejo a partir de componentes simples.
Y Articus, contable de profesión y aparentemente loco de vocación, había logrado algunos avances prácticos.
Pequeños avances. Modestos. Del tipo que probablemente no impresionarían a ningún practicante competente pero que para él eran el equivalente de descubrir fuego por primera vez.
Literalmente.
Miró el tronco carbonizado en el centro del patio con mezcla de orgullo y consternación.
Había mezclado fundamentos del libro anatómico —las posturas que generaban flujo energético interno— con los símbolos grabados que había encontrado en la chimenea de la Casa.
Símbolos que claramente tenían función relacionada con fuego, considerando que estaban tallados en piedra alrededor del hogar.
Había reproducido esos símbolos en un madero en el patio. Cuidadosamente. Con precisión obsesiva. Cada línea medida. Cada ángulo verificado contra sus notas.
Pero había tenido la precaución —porque no era completamente idiota, solo mayormente idiota— de aplicar ese último símbolo crítico a distancia segura.
Muy segura.
Había atado la navaja a un palo largo. Como una lanza improvisada. Un palo de dos metros que le permitía estar lejos del tronco cuando completara el patrón.
Y entonces, a distancia prudente, sin el más mínimo atisbo de dignidad, había danzado torpemente intentando atinar con la navaja en la madera para tallar el símbolo final.
Saltando. Esquivando ramas imaginarias. Haciendo movimientos que habrían avergonzado a cualquier practicante de esgrima respetable.
Y cuando el diagrama se completó …
El resultado había sido instantáneo y espectacular.
Una pequeña llama surgió del tronco. No grande. Apenas del tamaño de su puño. Pero real. Tangible. Ardiente.
El problema fue el coste.
El área alrededor del tronco se marchitó inmediatamente. La hierba se volvió marrón y quebradiza. Las hojas cercanas se arrugaron como papel viejo. El palo improvisado que había usado como lanza se quebró hasta su mitad, agrietándose con un sonido seco como huesos rompiéndose.
La navaja, afortunadamente, permaneció intacta.
El fuego ardió durante aproximadamente diez segundos. Luego se extinguió, dejando solo humo y el olor acre a madera quemada.
Articus había retrocedido varios pasos, jadeando no por esfuerzo físico sino por pura adrenalina.
Funcionó. Realmente funcionó.
Pero el coste…
Se acercó cuidadosamente al tronco, examinando el área afectada.
La energía había sido extraída del entorno. Drenada. Como si el símbolo hubiera actuado como vampiro energético, chupando vida del área circundante para manifestar fuego.
—Para formar el fuego —murmuró para sí mismo, su mente ya procesando, analizando— derivé energía de su alrededor. Debería haber montado alguna guarda alrededor del símbolo principal. Algo para bloquear el drenaje de energía del exterior.
Garabateó notas frenéticamente en su cuaderno.
Hipótesis: los símbolos funcionan como circuitos. Necesitan entrada de energía. Si no se especifica fuente, extraen del entorno más cercano. Solución potencial: crear “guardas” que delimiten de dónde se puede extraer energía. Como establecer variables en una función.
Se sentó en el suelo del patio, rodeado de sus experimentos fallidos, con una sonrisa que probablemente lo hacía parecer completamente desquiciado .
Pero funcionaba. El sistema funcionaba. Era comprensible. Era replicable.
Era increíble.
Tan ensimismado se hallaba en sus descubrimientos, garabateando más diagramas, planificando el siguiente experimento, que se le echó la noche encima.
La luz dorada de la tarde se había desvanecido gradualmente en tonos naranjas, luego rojos, y finalmente en ese púrpura profundo que precedía a la oscuridad total.
Articus levantó la vista del cuaderno y sintió un escalofrío inmediato.
Mierda.
El crepúsculo. Había pasado el crepúsculo sin cerrar las defensas.
Se levantó de un salto, el cuaderno cayendo al suelo, y corrió hacia la Casa.
Cerrar las ventanas. Asegurar las puertas. La verja. Las cortinas. Cada maldita entrada tenía que estar sellada antes de que la oscuridad se asentara completamente.
La regla que se había impuesto a sí mismo resonó en su mente con claridad perfecta: cerrar todo de noche, siempre, antes de que la oscuridad se asentara. Vesper apenas le había dicho “recuerda cerrar todo de noche, por si acaso”, pero había bastado. Articus había deducido el resto.
Corrió de ventana en ventana, bajando persianas con movimientos frenéticos. Cerró la puerta principal con cerrojo. Verificó cada habitación de la planta baja.
La verja.
Tenía que asegurar la verja.
Salió al jardín frontal con pasos apresurados. El aire nocturno era diferente. Más denso. Más frío. Con ese peso característico que había aprendido a reconocer como peligro inminente .
Llegó a la verja de hierro forjado. Cerró el pestillo con manos que temblaban ligeramente.
Y entonces lo oyó.
Un grito en el bosque.
Articus se quedó completamente inmóvil, su mano todavía en el pestillo de la verja.
El sonido se repitió. Más claro esta vez. Más cerca.
Un grito de… ¿un niño?
Agudo. Desesperado. El tipo de grito que perforaba el silencio nocturno y se clavaba directamente en la parte del cerebro responsable de las respuestas de pánico primordiales.
¿Un grito de auxilio?
Se quedó petrificado.
La noche había caído. La noche había caído más pesada que nunca, como si la oscuridad misma tuviera peso físico que presionaba contra su piel. Y en la oscuridad de ese bosque cercano había un niño gritando.
No.
No puede ser real.
Es una trampa. Tiene que ser una trampa.
Le vino a la mente su propia regla con claridad cristalina, formulada tras semanas de observación y deducciones: nunca adentrarse más allá de los límites inmediatos del bosque.
Especialmente —ESPECIALMENTE— no durante horas nocturnas.
Vesper no había necesitado explicarlo. La oscuridad de este mundo hablaba por sí sola.
Sentía el peligro que emanaba del bosque. Como una amenaza sin rostro. Como el aire tirante justo antes de una tormenta.
—No puedo salir —dijo en voz alta, apretando los puños—. Es demasiado peligroso.
El grito sonó nuevamente. Más débil esta vez. Como si quien lo emitiera estuviera perdiendo fuerza .
—Posiblemente una trampa —continuó, intentando convencerse a sí mismo—. Lo más seguro es estar en la Casa.
Se giró hacia la Casa. Hacia la luz cálida derramándose desde las ventanas. Hacia la seguridad.
Dio tres pasos.
Se detuvo.
El silencio del bosque era ahora absoluto. Ni siquiera el grito. Solo oscuridad y silencio densos que parecían gritar con más fuerza que cualquier sonido.
—Lo siento —murmuró, mirando hacia el bosque—. Si hay alguien ahí fuera… lo siento. Pero no puedo ayudarte.
Dio otro paso hacia la Casa.
Sus piernas se detuvieron.
Su mente y su cuerpo estaban teniendo una discusión silenciosa pero muy intensa.
Mente: No seas idiota. Vesper fue muy claro. Salir de noche es suicidio.
Cuerpo: Ya estamos girando hacia el bosque.
Mente: ¡NO! ¡Detente inmediatamente!
Cuerpo: Estamos caminando hacia la Casa a buscar la navaja.
Mente: Bien. Navaja para defensa dentro de la Casa. Eso es sensato.
Cuerpo: Y el palo tallado. Y el candil de aceite.
Mente: …¿Por qué necesitaríamos un candil si nos quedamos dentro?
Cuerpo: Por si acaso.
Mente: ¿Por si acaso QUÉ?
Articus se encontró en la cocina, agarrando la navaja que había sobrevivido a su experimento de fuego. Su mano alcanzó el palo partido —todavía lo suficientemente largo para ser útil como arma improvisada. El candil de aceite colgaba de su otra mano.
—Lamentablemente —dijo en voz alta, a nadie en particular— nunca he sido especialmente valiente.
Abrió la puerta enérgicamente.
Y con amplias zancadas se adentró directamente hacia el bosque.
Un día su mente y su cuerpo iban a tener una charla seria.
Si sobrevivía.
Al cruzar el umbral del bosque, un escalofrío recorrió su espalda.
No era el escalofrío del frío nocturno. Era algo más profundo. Más visceral. Como si cada instinto de supervivencia que poseía estuviera gritando simultáneamente: “¡REGRESA! ¡REGRESA AHORA!”
Pero sus pies seguían avanzando.
El candil proyectaba un círculo débil de luz dorada a su alrededor. Más allá de ese círculo, la oscuridad era absoluta. No oscuridad normal de noche sin luna. Sino oscuridad que parecía tener textura. Que se movía. Que observaba.
Se dirigió al origen del grito. Había parecido muy cerca. Tal vez a cincuenta metros de la verja. Cien como máximo.
Aun así temió perderse en el bosque y no volver a salir.