7.CAPÍTULO 7 Helen Y EL VAGABUNDO #3
Articus la observó durante un largo momento.
Helen pudo ver la evaluación en sus ojos. La decisión siendo procesada.
—Está bien —dijo finalmente—. Puedes quedártelo. Pero cuídalo. Es… valioso.
—Lo sé —Helen cerró el libro con cuidado reverencial—. Prometo tratarlo como el tesoro que es.
Articus asintió, regresando a sus propias notas.
Helen se levantó, llevando el libro con ella hacia su sillón junto a la ventana.
Se sentó, abrió el libro en su regazo, y comenzó a estudiar.
Las ilustraciones eran increíbles. Detalladas. Precisas de maneras que sugerían que no eran imaginación artística sino representaciones de cosas reales.
Había edificios extraños, con proporciones que le incomodaban sin saber por qué.
Animales que no coincidían con ninguna especie que conociera, pero dibujados con tal cuidado anatómico que parecían sacados de un estudio de naturalista.
Herramientas cuyo propósito era completamente misterioso, pero cuyos mangos mostraban desgaste de uso en los lugares correctos.
Y en cada página, esas técnicas artísticas. Trazos deliberados. Juegos de luz y sombra. Elecciones de color. Como si el artista estuviera dejando mensajes ocultos en la forma misma de dibujar, no solo en lo que dibujaba.
Helen sintió la familiar emoción de encontrar un problema que valía la pena resolver.
Articus partió esa tarde.
Mejor preparado esta vez. Con más suministros. Con promesas de regresar en menos de una semana.
Helen lo vio partir desde la ventana, su mochila cargada, caminando por el camino hacia el bosque con paso decidido.
Y entonces regresó a su sillón.
Regresó al libro de ilustraciones.
Y se perdió en el análisis.
La segunda semana pasó más rápido que la primera.
Helen estableció una rutina: mañanas en la universidad, tardes estudiando el libro de ilustraciones, noches leyendo o simplemente disfrutando del silencio de la casa.
Descubrió cosas.
Pequeñas cosas que probablemente eran insignificantes pero que la fascinaban de todos modos.
Las ilustraciones usaban diferentes paletas de color. Algunas páginas en sepias cálidos, otras en grises fríos, algunas con toques de azul prusiano que debían haber sido caros de producir. Eso significaba que ciertas ilustraciones eran más importantes. O más antiguas. O hechas por manos diferentes.
Los trazos revelaban personalidades. Una sección del libro mostraba líneas nerviosas, rápidas, casi ansiosas. Otra tenía trazos seguros, medidos, pacientes. Definitivamente diferentes artistas. O el mismo artista en momentos muy diferentes de su vida.
Las sombras eran consistentes página tras página, sugiriendo que el ilustrador trabajaba siempre en las mismas condiciones de luz. ¿Un taller con ventana al norte? ¿Luz de velas desde un ángulo específico?
Y entonces estaban las texturas. Las criaturas ilustradas tenían pelos trabajados uno por uno con paciencia obsesiva. Las escamas con patrones que sugerían reflejo de luz. Como si el artista hubiera tenido modelos reales frente a él.
Lo cual era imposible si esas criaturas no existían.
¿O sí existían?
Helen tomaba notas. Dibujaba sus propios bocetos, copiando técnicas, analizando composiciones. Comparaba estilos entre páginas. Buscaba firmas ocultas, marcas de taller, cualquier cosa que identificara al artista .
No encontró respuestas.
Pero encontró más preguntas. Mejores preguntas.
Y eso, para alguien como ella, era casi tan satisfactorio.
Fue al final de la segunda semana cuando escuchó el sonido.
Era tarde. Pasada la medianoche. Helen estaba en su habitación, medio dormida con un libro sobre su pecho, cuando el ruido la despertó.
Golpe. Golpe golpe.
No era toque normal. Era urgente. Desesperado.
Como alguien usando su último aliento de energía para llamar la atención.
Helen se levantó inmediatamente, el corazón acelerándose.
Bajó las escaleras rápidamente, cruzó el salón, llegó a la puerta.
La abrió.
Y se quedó completamente paralizada.
Articus estaba allí.
Pero no como el vagabundo apestoso de la semana anterior.
Estaba pálido. No el pálido de agotamiento sino el pálido de alguien que ha perdido demasiada sangre. Su ropa estaba manchada con lo que definitivamente era sangre. Su brazo izquierdo extrañamente herido.
Y en sus brazos, envuelta en lo que parecía ser su abrigo, había una niña.
No podía tener más de ocho años. Pelo oscuro pegado a su frente por el sudor. Rostro demacrado. Ojos cerrados.
No se movía.
Articus la miró con ojos que parecían tener problemas para enfocar.
—Necesito —su voz salió ronca, quebrada— ayuda.
Y entonces sus piernas cedieron.
Helen se movió por puro instinto, atrapándolo antes de que cayera, sosteniendo su peso y el de la niña con una fuerza que no sabía que tenía.
—¡Articus! —su voz salió más alta de lo pretendido—. ¿Qué demonios…?
Pero él no respondió.
Sus ojos se cerraron.
Y Helen se quedó allí, en el umbral de la puerta, sosteniendo a un hombre herido y una niña inconsciente, sin tener ni idea de qué había sucedido o qué hacer a continuación.
La oscuridad fuera parecía más intensa.
Completamente silenciosa.
Como si esperara.
Fin del Capítulo 7