La Casa de las Hojas Muertas 7.CAPÍTULO 7 Helen Y EL VAGABUNDO #2
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7.CAPÍTULO 7 Helen Y EL VAGABUNDO #2

Helen levantó una mano, deteniéndolo.

—No me malinterpretes —dijo—. La casa es perfecta. Tener un compañero de casa que nunca está aquí es, honestamente, ideal. Solo… deja una nota la próxima vez que te vayas. Para saber si debo preocuparme o asumir que volverás oliendo a pantano.

Articus parpadeó, claramente sorprendido.

—¿Te preocupaste?

—No seas ridículo —respondió Helen inmediatamente, tomando un sorbo de café para evitar su mirada—. Solo era… logísticamente inconveniente no saber si debía llamar a las autoridades o no.

El silencio se extendió entre ellos, cómodo a pesar de la conversación extraña.

—Debería comer algo —dijo Articus finalmente—. ¿Hay algo de comer?

Helen hizo una mueca.

—Intenté —admitió—. Pero mi relación con la cocina es… complicada. Funcional. Nada que pueda llamarse “comida” sin usar el término generosamente.

Articus se levantó con movimientos que seguían siendo lentos pero más coordinados ahora que el café estaba haciendo su trabajo.

—Déjame cocinar —dijo—. Es lo menos que puedo hacer después de… —gesticuló vagamente hacia sí mismo— todo esto.

Helen iba a protestar, pero entonces recordó sus últimos tres intentos de cocina: pasta demasiado cocida, arroz que parecía cemento, y algo que técnicamente era sopa pero tenía la textura de papilla.

—Adelante —dijo, rindiéndose a lo inevitable.

Resultó que Articus podía cocinar.

No solo cocinar funcionalmente, sino cocinar bien.

Helen lo observó desde su posición en la mesa mientras él se movía por la cocina con eficiencia practicada, sacando ingredientes básicos de la despensa, improvisando algo que olía progresivamente mejor con cada minuto que pasaba.

—¿Dónde aprendiste a cocinar? —preguntó con curiosidad genuina.

—Necesidad —respondió Articus, picando vegetales con precisión sorprendente—. Cuando vives solo, puedes comer basura procesada o aprender a cocinar. Elegí la segunda opción después de que mi cuerpo se rebeló contra la primera.

Veinte minutos después, había producido lo que Helen solo podía describir como arte culinario: pasta con salsa que tenía capas de sabor, vegetales salteados perfectamente, pan tostado con ajo que olía como debería oler el paraíso.

Comieron en silencio cómodo.

Helen tuvo que admitir —solo para sí misma, nunca en voz alta— que esto compensaba significativamente el incidente del vagabundo apestoso en la puerta.

—Está delicioso —dijo finalmente, porque no dar crédito donde era debido sería mezquino.

—Gracias —Articus sonrió con orgullo distraído—. Cocinar es como… alquimia doméstica. Mezclas ingredientes en proporciones correctas, aplicas calor, y ¡voilà! Comida que no te mata. Es fascinante, ¿verdad ?

Terminaron de comer. Lavaron los platos en silencio cooperativo. Y entonces Articus se retiró hacia su habitación con promesas de organizar sus cosas para la próxima expedición.

Helen regresó a su sillón junto a la ventana.

Pero no podía concentrarse en su lectura.

Su mente seguía regresando a la conversación. A la expresión de Articus cuando hablaba de los textos antiguos. A la obsesión clara en sus ojos.

Había algo ahí. Algo que él no estaba diciendo. Algo importante.

Y Helen, quien había pasado su vida entera siendo la persona que resolvía problemas, que encontraba patrones, que conectaba información, sintió el familiar tirón de curiosidad.

Quería saber qué estaba estudiando Articus.

Qué era tan importante que justificaba desaparecer durante una semana.

Qué secretos contenían esos libritos misteriosos.

A la mañana siguiente, Helen encontró a Articus en la mesa del comedor, rodeado de libretas, papeles, y tres libros que se veían antiguos y valiosos.

Estaba copiando símbolos con concentración absoluta, su pluma moviéndose sobre el papel en trazos precisos.

Helen se acercó con dos tazas de café, dejando una junto a su codo.

—Buenos días —dijo alegremente.

Articus levantó la vista, sorprendido, como si hubiera olvidado que otra persona vivía en la casa.

—Buenos días —respondió, aceptando el café con sonrisa agradecida.

Helen se sentó frente a él, observando los papeles esparcidos con curiosidad apenas contenida.

—¿Esos son los textos que estabas estudiando ?

—Parte de ellos —Articus movió algunos papeles, pero no de manera que pareciera estar ocultándolos—. Estos tres libros. Y los símbolos que encontré en… el lugar donde estaba estudiando.

Helen estudió uno de los libros. Era hermoso. Antiguo. Las páginas amarillentas, la encuadernación de cuero trabajado, los símbolos trazados con tinta que parecía no haber perdido intensidad a pesar de los años.

—¿Puedo? —preguntó, extendiendo la mano.

Articus vaciló. Solo un momento. Luego empujó el libro más cercano hacia ella.

—Adelante. Aunque no creo que sea muy útil si no puedes leer los símbolos.

Helen pasó las páginas cuidadosamente. No podía leer los símbolos —tenía razón en eso— pero podía ver la estructura. Los diagramas. Los patrones que se repetían.

Y entonces notó algo.

—Este libro es diferente —dijo, levantando la vista hacia Articus—. Los otros dos —señaló los libros en la mesa— tienen texto. Símbolos en secuencias. Pero este…

Abrió el libro más completamente, mostrando páginas llenas de ilustraciones detalladas.

—Este es principalmente imágenes —Articus asintió—. Ilustraciones de… objetos, creo. Herramientas. Estructuras. No le he sacado mucho partido porque no entiendo qué representan o cómo se relacionan con los sistemas que estoy estudiando.

Helen sintió algo haciendo clic en su mente.

—¿Puedo quedármelo? —preguntó abruptamente—. Unos días. Para estudiarlo.

Articus la miró con sorpresa genuina.

—¿Por qué querrías…?

—Porque soy estudiante de Bellas Artes —interrumpió Helen—. Y estas ilustraciones —pasó las páginas, señalando— tienen técnicas artísticas específicas. Mira aquí.

Señaló una página donde las sombras estaban trabajadas con trazos finos y paralelos.

—Los trazos de sombreado van todos en la misma dirección.

Eso es técnica de eclosión clásica, pero la dirección indica de dónde viene la luz.

Aquí, luz desde la izquierda. Pero mira esta otra página —pasó varias hojas— los trazos van en dirección opuesta.

Diferentes condiciones de luz. O tal vez diferentes artistas trabajaron en diferentes secciones.

Articus se inclinó, estudiando lo que señalaba con interés renovado.

—No había notado eso.

—Porque no es tu campo —Helen continuó, su entusiasmo creciendo mientras pasaba más páginas—. Pero yo puedo analizar esto. Mira los colores de las tintas. Esta página usa sepia cálida, pero esta otra usa negro azulado. Técnicas diferentes. Épocas diferentes, quizás.

Hizo una pausa en una ilustración particularmente detallada de una estructura arquitectónica.

—Y fíjate en cómo están trabajadas las texturas. Las piedras tienen profundidad lograda con puntillismo muy fino. Las maderas con líneas que siguen la veta. Esto no es solo decorativo. El artista conocía estos materiales. Los había visto. Tocado.

Señaló otra ilustración.

—Y estas criaturas… mira cómo están iluminadas. Hay consistencia en las sombras proyectadas. Como si el ilustrador estuviera trabajando desde modelos reales, no imaginación. Eso es… inquietante. Pero fascinante.