La Casa de las Hojas Muertas 7.CAPÍTULO 7 Helen Y EL VAGABUNDO
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7.CAPÍTULO 7 Helen Y EL VAGABUNDO

Capítulo VII

La primera semana había pasado sorprendentemente rápido.

Helen se había instalado en la casa con la facilidad de alguien que finalmente encuentra el espacio que siempre había necesitado pero nunca supo que buscaba. Cada mañana se obligaba a cumplir con sus responsabilidades: universidad, entrenamiento, las rutinas mundanas que componían una vida normal.

Pero en cuanto podía, regresaba.

Regresaba a la casa, a su sillón junto a la ventana que daba al bosque, a la luz perfecta que se derramaba sobre las páginas de cualquier libro que estuviera leyendo esa tarde.

Era… cómodo. Pacífico. El tipo de tranquilidad que nunca había experimentado en viviendas compartidas o residencias estudiantiles donde el ruido y las interrupciones eran constantes.

Aquí, solo había silencio. El bosque a sus espaldas. Páginas pasando.

Casi perfecto.

Excepto por una cosa.

Articus había desaparecido.

No “desaparecido” en el sentido dramático de secuestro o crimen.

Sino “desaparecido” en el sentido de que el mismo día que ella se mudó, después de esa conversación extraña sobre su “proyecto de campo muy raro”, había salido con una mochila monstruosa directamente hacia el bosque.

No por un camino. No hacia la ciudad. Directamente hacia la vegetación, tragado por los árboles en cuestión de segundos.

“No sé cuándo volveré”, había dicho. “Creo que en una semana estaré de vuelta, posiblemente.”

Posiblemente. La palabra más frustrante del vocabulario humano.

Y no había regresado.

Día uno: Helen asumió que volvería por la tarde. O por la noche. O… eventualmente.

Día tres: Empezó a preguntarse si debería preocuparse seriamente.

Día cinco: Consideró seriamente llamar a alguien. ¿Pero a quién? ¿”Hola, policía, mi casero que apenas conozco desapareció en el bosque con un proyecto de campo misterioso”?

Día siete: La preocupación se había solidificado en algo constante y molesto en el fondo de su mente.

Estaba sentada en su sillón favorito, intentando concentrarse en un ensayo sobre arquitectura medieval, cuando escuchó el sonido.

Toc toc.

Suave. Tímido. Casi vacilante.

Helen levantó la vista, frunciendo el ceño. No esperaba visitas. Nadie sabía que vivía aquí excepto…

Se levantó, dejando el libro sobre el sillón, y caminó hacia la puerta con curiosidad mezclada con aprensión.

¿Policía? ¿Un repartidor que se había perdido? ¿Algún admirador persistente que había logrado seguirla hasta aquí de manera inquietante?

Se acercó a la puerta.

Y entonces lo olió.

El olor llegó antes de que abriera, filtrándose por debajo de la puerta con la sutileza de una carreta de abono atravesando una pared.

No era solo mal olor. Era… capas. Sudor rancio mezclado con tierra, humo de leña, algo orgánico que prefería no identificar, y un toque de desesperación humana .

Helen torció el gesto, preparándose mentalmente para lo que sea que estuviera al otro lado.

Abrió la puerta.

Ante ella se encontraba una obra maestra de desastre humano que desafiaba toda lógica de planificación e higiene.

El pelo de Articus había alcanzado niveles de creatividad arquitectónica que harían llorar a los ingenieros estructurales.

Se alzaba en múltiples direcciones simultáneas, como si cada mechón hubiera decidido independizarse y establecer su propio reino.

La barba —que una semana atrás no existía— ahora cubría la mitad inferior de su rostro con el entusiasmo de maleza conquistando ruinas antiguas.

La ropa, que alguna vez fue presentable, estaba cubierta de manchas cuya procedencia Helen prefería no investigar. Polvo, barro, y lo que posiblemente era savia de árbol o el resultado de un experimento culinario que había salido espectacularmente mal.

Helen entrecerró los ojos.

Estudió la figura ante su puerta con la meticulosidad de quien evalúa un problema matemático particularmente complicado.

Y entonces reconoció los ojos. Esos ojos brillantes y curiosos que la miraban con una mezcla de alegría genuina por estar de vuelta y absoluta inconsciencia sobre el nivel de catástrofe personal que representaba.

—¿Articus? —dijo, su voz subiendo media octava con incredulidad.

—¡Helen! —respondió él con una sonrisa radiante que contrastaba violentamente con su apariencia general—. Volví. ¿Notaste algo diferente en mí? —preguntó con genuina curiosidad, como si el cambio pudiera ser sutil.

Helen lo miró. Arriba. Abajo. Procesando el nivel de catástrofe personal ante ella.

—Hueles —dijo con la honestidad brutal de alguien que ha decidido que la diplomacia es opcional— como si algo hubiera muerto, sido resucitado, y luego decidido morir nuevamente dentro de tus ropas.

—Ah —Articus se olió a sí mismo experimentalmente y arrugó la nariz—. Sí, definitivamente es un aroma… particular. Podría llamarlo “Eau de Supervivencia Cuestionable”. ¿Crees que se venda como perfume? Porque tengo suficiente para embotellar.

—¿”Particular”? —Helen levantó una ceja—. No, no hay “particular”. Es un hecho objetivo. Podrías despejar una posada entera solo con entrar por la puerta.

—Interesante —Articus pareció considerar esto seriamente—. ¿Crees que es efectivo contra plagas? Porque descubrí que los mosquitos me evitaban completamente. Podría ser un descubrimiento memorable.

—Claramente —Helen dio un paso atrás, alejándose del radio de impacto olfativo—. Vamos. No te quedes ahí parado esparciendo ese olor por el vecindario. Entra.

Agarró un libro pesado de la mesa auxiliar junto a la puerta —una enciclopedia de arquitectura que pesaba como un ladrillo— y lo usó como extensión de su brazo para empujar a Articus hacia el interior, manteniendo la máxima distancia físicamente posible mientras ejecutaba la operación.

—Directo al baño —ordenó, señalando con el libro como si dirigiera tráfico—. Ducha. Jabón. Champú. Usa cantidades industriales de todos ellos. Consideraría quemar esa ropa si tuviéramos una fogata disponible.

—¡Agua caliente! —respondió Articus con entusiasmo genuino—. ¿Sabes cuánto he extrañado el agua caliente? Es como… como un milagro líquido. Civilización embotellada.

Se dirigió hacia el baño con pasos animados, aunque su coordinación motriz sugería que sus pies no habían recibido el memo sobre dónde exactamente estaba el suelo .

Helen cerró la puerta tras él y abrió inmediatamente todas las ventanas.

Veinte minutos después, el sonido del agua finalmente se detuvo.

Helen había preparado café. Café fuerte. Del tipo que podía resucitar muertos o, en este caso, vagabundos que probablemente habían olvidado que la civilización existía.

Articus emergió del baño con el pelo todavía húmedo, la barba recortada a algo más manejable, vestido con ropa limpia.

Se veía humano nuevamente. Animado incluso, con ese brillo en los ojos que indicaba que su cerebro ya estaba saltando de pensamiento en pensamiento como un conejo hiperactivo.

Se sentó en la mesa de la cocina con una sonrisa satisfecha, como si el simple acto de estar limpio fuera el mayor logro de la civilización humana.

Helen puso una taza de café frente a él.

—Bebe —ordenó—. Pareces necesitarlo más que oxígeno.

Articus obedeció, tomando la taza con manos que temblaban ligeramente.

El primer sorbo pareció reactivar sistemas que habían estado en modo de supervivencia mínima. El segundo sorbo produjo un suspiro audible de alivio.

—Gracias —dijo con genuina gratitud—. Este café es… increíble. ¿Es nuevo? ¿O simplemente había olvidado lo bien que sabía el café civilizado? Porque juro que puedo sentir cada neurona despertándose y aplaudiendo.

Helen se sentó frente a él, su propia taza de café entre sus manos, observándolo con mezcla de curiosidad, exasperación, y preocupación que no quería admitir en voz alta.

—Vamos —dijo—. Cuéntame. Qué demonios has estado haciendo durante una semana entera para regresar en este estado .

Articus tomó otro sorbo de café, claramente usando el tiempo para organizar sus pensamientos o decidir cuánta verdad compartir.

—Estaba estudiando unos textos antiguos —dijo finalmente—. En un lugar donde no había… acceso a ducha.

Helen esperó. Cuando no continuó, levantó una ceja con expectativa clara.

—¿y?

—Y —Articus hizo un gesto vago— perdí la noción del tiempo. Los textos eran… absorbentes. Importantes. No quería detenerme hasta avanzar de verdad.

—¿Progreso significativo? —Helen se recostó en su silla, evaluándolo—. ¿Vale la pena violar todas las normas de higiene personal conocidas?

—Posiblemente —respondió Articus, y había algo en su tono. Convicción. Excitación contenida bajo capas de agotamiento—. Creo que estoy comenzando a entender el sistema. Cómo funcionan los símbolos. Hay patrones. Reglas. Si puedo reunir suficiente información…

Se detuvo, como si se diera cuenta de que estaba revelando demasiado a alguien que probablemente pensaba que había perdido la cordura.

Helen lo estudió.

Había visto esa expresión antes. En estudiantes de doctorado obsesionados con sus tesis. En artistas perdidos en proyectos que consumían toda su atención. En investigadores que habían encontrado algo que consideraban más importante que comida, sueño, o interacción social básica.

Era la expresión de alguien enganchado a un problema.

—¿Y ahora? —preguntó—. ¿Planeas quedarte? ¿O vas a desaparecer otra semana para regresar oliendo peor?

Articus se rascó la cabeza con expresión compungida.

—Necesito prepararme mejor —admitió con entusiasmo creciente—.

Traer más suministros. Organizar mis notas de forma más eficiente.

¡Ah! Y tal vez un cronómetro, porque perdí completamente la noción del tiempo.

¿Sabías que cuando estás absorto en algo fascinante los días simplemente…

desaparecen? Es extraño. Mañana tendré que regresar.

Pero esta vez estaré mejor preparado. Definitivamente.

—Maravilloso —dijo Helen con tono completamente plano—. Vives aquí pero básicamente eres un fantasma que aparece ocasionalmente para usar la ducha.

—Lo siento —Articus tuvo la decencia de verse genuinamente arrepentido—. Sé que esto no era parte del acuerdo original…