5.CAPÍTULO 5 EL VISITANTE NOCTURNO
Capítulo V
Articus había imaginado muchos escenarios posibles para este momento.
Ninguno de ellos incluía quedarse paralizado como un conejo ante un depredador mientras una sombra negra lo observaba desde la verja con la intensidad de quien evalúa una presa potencial.
Su cerebro, normalmente eficiente procesando números y patrones, se había convertido en un mecanismo defectuoso que solo producía una palabra en bucle infinito:
Huir. Huir. Huir. Huir.
Pero sus piernas habían decidido democráticamente que no iban a colaborar con esa brillante sugerencia de supervivencia.
La sombra se movió.
No caminó. No se deslizó. Simplemente… avanzó, cruzando el umbral de la verja con paso firme y deliberado.
Y entonces, cuando la última luz moribunda del crepúsculo tocó la figura, la ilusión de pesadilla se disolvió.
No era una manifestación maligna.
No era un espectro sobrenatural.
No era la muerte personificada viniendo a cobrar una deuda cósmica.
Era un anciano.
Un anciano muy, muy real, vestido con un manto de viaje de lana oscura que arrastraba por el suelo al caminar.
Un sombrero de ala ancha cubría su cabeza, proyectando sombras que ocultaban sus ojos.
Se apoyaba en un cayado delgado —casi fino, como si fuera más ceremonial que funcional— que golpeaba la grava con cada paso.
Tap. Tap. Tap.
El sonido era metódico. Hipnótico. Ominoso de una manera que Articus no podía articular pero sentía en los huesos.
El anciano avanzaba con zancadas amplias que contradecían su aparente edad, cada paso marcado por el golpe del cayado.
Su cabeza giraba lentamente mientras caminaba, observando meticulosamente cada detalle: el bosque circundante, la verja de hierro forjado, las ventanas de la Casa, el camino de grava.
Y finalmente, a Articus.
La mirada fue breve pero penetrante, como ser atravesado por un bisturí de atención pura. Articus sintió que lo evaluaban, lo categorizaban, lo descartaban como amenaza, todo en el espacio de dos segundos.
El anciano llegó a la puerta de entrada. Se detuvo. Levantó la cabeza hacia la Casa, estudiándola con expresión inescrutable. No era familiaridad. Era evaluación. Como quien examina algo que no debería estar allí, o que ha cambiado de maneras que no puede ver pero sí sentir.
Luego habló.
Las palabras salieron de su boca con claridad absoluta, cada sílaba pronunciada con autoridad natural. Pero eran completamente, absolutamente ininteligibles.
No era que Articus no pudiera entenderlas. Era que su cerebro ni siquiera podía procesar los sonidos como lenguaje. Era como escuchar música en reversa, o el murmullo de un arroyo intentando formar palabras.
Algo crujió con violencia en la entrada.
La puerta se abrió.
Articus parpadeó .
No del todo sola. La barra de madera con la que Articus la había trancado cedió con un chasquido seco, astillándose junto al soporte, y luego la pesada puerta de roble macizo —la misma que había necesitado todo su peso corporal y determinación obstinada para mover cuando entró por primera vez— se abrió hacia dentro como si hubiera estado esperando esa voz específica para obedecer.
El anciano entró sin dudar, sin sorpresa, pero con cautela. Sus pasos eran decididos pero sus ojos nunca dejaban de moverse, escaneando, evaluando.
Articus seguía en la ventana, completamente incapaz de procesar lo que estaba viendo.
Opción A: Has perdido la cordura. Esto es un episodio psicótico inducido por aislamiento, malnutrición, y exposición prolongada a libros que probablemente están malditos.
Opción B: Hay realmente un anciano que puede abrir puertas selladas con palabras y que acaba de entrar sin invitación a la Casa Imposible.
Opción C: Ambas anteriores.
Desde el interior de la Casa llegaron más sonidos.
Pasos subiendo las escaleras. El golpe rítmico del cayado. La voz del anciano pronunciando más palabras incomprensibles, pero esta vez con un tono diferente. Evaluativo. Crítico.
Puertas abriéndose. Puertas cerrándose.
El anciano estaba… ¿inspeccionando?
Articus se apartó de la ventana con movimientos lentos, casi robóticos. Su cuerpo operaba en piloto automático porque su mente consciente había declarado huelga general.
Escuchó los pasos bajando las escaleras nuevamente. Rápidos. Decididos.
Y entonces se oyó movimiento en la cocina.
La cocina donde tengo mis provisiones. La cocina donde está mi equipo. La cocina donde, por mucho que recoja cada noche, siempre queda algún rastro.
Hubo una pausa.
Luego los pasos se acercaron directamente hacia donde Articus se había estado escondiendo —porque seamos honestos, observar desde una ventana con cortinas parcialmente cerradas era exactamente eso: esconderse.
La puerta de la habitación de los criados —su refugio improvisado durante la semana— se abrió de golpe.
El anciano estaba allí, enmarcado en el umbral. La luz de las velas que Articus había encendido proyectaba sombras dramáticas sobre su rostro, haciéndolo parecer tallado en madera antigua.
Sus ojos —cuando finalmente Articus pudo verlos bajo el ala del sombrero— eran de un color indefinido entre gris y azul, fríos como hielo de montaña. No había malicia en ellos. Tampoco bondad. Solo evaluación fría y metódica. Y algo más, apenas perceptible. ¿Sorpresa? ¿Desconcierto?
Habló nuevamente. Más palabras incomprensibles, pero el tono era claramente interrogativo.
Articus abrió la boca. La cerró. La volvió a abrir.
—Yo… no… —comenzó, pero su voz salió como un graznido sorprendido que habría hecho reír a cualquier ave de corral respetable.
El anciano frunció el ceño. Repitió lo que había dicho, pero más lento. Como si hablara a un niño especialmente lento de comprensión.
Articus tragó saliva.
—No puedo entenderle —dijo finalmente, articulando cada palabra con cuidado.
El anciano lo miró fijamente. Luego miró hacia el techo, como pidiendo paciencia a alguna deidad invisible. Murmuró algo que sonaba peligrosamente cercano a una maldición —Articus no necesitaba traducción para reconocer el tono universal de exasperación— y volvió a dirigirse a él.
Esta vez señaló la puerta. Luego el exterior. Luego tocó el pecho de Articus con la punta de sus dedos —un gesto que era simultáneamente explicativo y vagamente amenazante.
—Señor —Articus intentó nuevamente, encontrando su voz entre las ruinas de su dignidad—, no puedo entenderle. No hablo su idioma.
El anciano lo miró. Evaluó. Procesó esa información.
Y luego habló nuevamente, claramente intentando explicar algo. Gesticulando hacia la puerta, hacia afuera, hacia Articus.
Articus sintió algo caliente burbujeando en su pecho. No era miedo exactamente. Era frustración. Era el absurdo de toda la situación acumulándose hasta alcanzar masa crítica.
—¡Le estoy diciendo que no le entiendo! —explotó, gesticulando con las manos—. ¡Podría estar diciéndome que abandone la Casa, que prepare té, o que me lance por un precipicio y no tendría ni idea de cuál es cuál!
El anciano parpadeó.
Articus continuó, porque aparentemente había cruzado el umbral de sensatez hacia territorio de honestidad desesperada:
—He pasado una semana aquí, solo, intentando descifrar libros en un idioma que no entiendo, haciendo ejercicios que probablemente estoy ejecutando mal, sin ducha, comiendo de lata, y ahora aparece usted —señaló al anciano con un dedo acusatorio que probablemente era profundamente irrespetuoso pero que ya no podía controlar— hablando en su idioma incomprensible, abriendo puertas con un gesto, e inspeccionando MI refugio temporal como si fuera el dueño del lugar.
Lo cual probablemente ES, pero eso no cambia el hecho de que NO LE ENTIENDO, anciano testarudo.
Hubo un silencio.
Un silencio muy, muy largo.
El anciano entrecerró los ojos. Su expresión era inescrutable.
Luego levantó el cayado.
Articus dio un paso atrás automáticamente, preparándose mentalmente para defenderse de un anciano que probablemente podía convertirlo en algo pequeño y desagradable con solo desearlo.
El cayado descendió.
No hacia Articus. Hacia el suelo.
Crack.
El sonido resonó en la habitación como un trueno contenido. No fue violento. Fue absoluto. Final. El tipo de sonido que exige atención inmediata.
El anciano levantó dos dedos de su mano libre.
Y luego, con un movimiento demasiado rápido para ser esquivado, le dio un golpe seco en la frente.
No fue fuerte. Fue preciso. Como golpear un punto exacto de presión, o activar un interruptor que Articus no sabía que tenía.
—¡Ehh! —protestó Articus, retrocediendo y cubriéndose la frente—. ¡No me obligue a golpear a un anciano!
—No me obligues a azotar a un niño —respondió el anciano.
Articus se quedó paralizado.
No porque el anciano hubiera hablado.
Sino porque lo había entendido.
Perfectamente.
Cada palabra clara como cristal en su mente, aunque sabía —SABÍA— que el anciano no estaba hablando en su idioma. Los sonidos que salían de su boca seguían siendo esa lengua extraña e imposible. Pero su cerebro los procesaba, los traducía, los convertía en significado comprensible.
—¿Qué…? —comenzó Articus, tocándose la frente donde el anciano le había golpeado.
—Ahora —interrumpió el anciano con autoridad que no admitía argumentos—, ve. Cierra la verja. Asegura la puerta. Cuando la noche se extiende, lo que acecha más allá del bosque despierta. Luego —su mirada se endureció— hablaremos sobre qué haces aquí .
Articus lo miró, completamente desorientado.
El anciano levantó una ceja. Y el cayado, solo ligeramente.
Ese fue argumento suficiente.
Articus se apresuró hacia la verja.
La noche había caído completamente mientras cerraba la verja de hierro forjado. El pestillo cayó en su lugar con un clic metálico que sonó absurdamente final.
El frío mordió su piel inmediatamente. No era el frío limpio del invierno, sino algo más insidioso. Húmedo. Penetrante. El tipo de frío que se infiltra en los huesos y se niega a marcharse.