La Casa de las Hojas Muertas 5.CAPÍTULO 5 EL VISITANTE NOCTURNO #2
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5.CAPÍTULO 5 EL VISITANTE NOCTURNO #2

El bosque más allá estaba completamente negro. Sin luna visible. Sin estrellas. Solo oscuridad densa que parecía tener peso físico, presionando contra la luz cálida que emanaba de las ventanas de la Casa a su espalda.

Y había sonidos.

No los sonidos normales de un bosque nocturno —ni búhos ni grillos ni el susurro del viento entre las hojas.

Crujidos. Arrastres. Algo moviéndose entre los árboles con pasos pesados que no coincidían con ningún animal que Articus conociera.

Un escalofrío le recorrió la espalda que no tenía nada que ver con la temperatura.

Cerró la verja. Echó el cerrojo. Retrocedió hacia la Casa, hacia la luz dorada que derramaba promesas de refugio y calor.

La puerta principal seguía abierta, derramando luz cálida de velas hacia el exterior como un faro en la oscuridad. El anciano estaba visible en el marco, observándolo con esa mirada fría y evaluativa.

Articus subió los escalones. Entró.

El contraste fue inmediato y absoluto.

Cerró la puerta tras de sí con quizás más fuerza de la necesaria, como si pudiera sellar físicamente la noche amenazante al otro lado .

El anciano asintió con aprobación mínima.

—Ahora las ventanas —ordenó.

Articus obedeció.

Recorrió cada habitación de la planta baja bajo la mirada supervisora del anciano, cerrando cada cortina, cada persiana, asegurándose de que ni un centímetro de vidrio quedara expuesto a la noche exterior.

Con cada cortina que cerraba, la Casa se sentía más pequeña. Más íntima. Más segura.

Era su rutina habitual, pero ejecutada bajo escrutinio se sentía diferente. Como ser evaluado en un examen práctico cuya importancia desconocía pero sospechaba era vital.

La última ventana cerrada dejó la casa completamente sellada del mundo exterior. Solo quedaban ellos dos, el calor de la estufa, y el silencio denso que parecía absorber cualquier sonido de la noche amenazante más allá de las paredes.

Cuando terminó, el anciano emitió un sonido aprobatorio que podría haber sido un gruñido o podría haber sido la versión minimalista de “bien hecho”.

—Ahora —dijo, dirigiéndose hacia el salón con paso firme—, prepárame algo caliente para beber. El camino ha sido largo.

No era una petición. Era una instrucción.

Articus, operando en una mezcla de aturdimiento y obediencia instintiva, fue a la cocina.

El calor era más intenso allí. La estufa de hierro que había logrado encender durante su estancia irradiaba un resplandor rojizo reconfortante. Puso agua a hervir, y el sonido familiar del agua burbujeando fue extrañamente tranquilizador en medio del caos que era su realidad actual.

Sacó sus provisiones de infusiones y preparó dos tazas. Una para el anciano. Una para él, porque definitivamente necesitaba algo caliente en las manos para mantener la compostura .

Cuando regresó al salón, el anciano ya se había acomodado en uno de los sillones antiguos con la familiaridad de quien ha ocupado docenas de sillones similares en docenas de casas similares. Había dejado el cayado apoyado contra el brazo del sillón. El sombrero descansaba sobre la mesa auxiliar.

Sin el sombrero, su rostro era completamente visible.

Era viejo. Muy viejo. Con arrugas profundas talladas por décadas de caminos recorridos. Pelo blanco como nieve, largo hasta los hombros, atado en una coleta baja práctica. Barba corta y meticulosamente recortada.

Pero sus ojos. Sus ojos eran los de alguien que había visto demasiado y olvidado muy poco.

Articus le entregó la taza de infusión.

El anciano la aceptó. La olió con curiosidad genuina. Bebió. Asintió con aprobación mínima.

—Hierbas interesantes —comentó—. No las reconozco.

—Son… de lejos —respondió Articus, porque “de otro mundo” no parecía una respuesta apropiada.

El anciano se encogió de hombros con desinterés. No le importaba de dónde venían las hierbas. Solo le importaba que estuvieran calientes.

Articus se sentó en el sillón opuesto, sin saber muy bien qué decir. El silencio se extendió entre ellos mientras el anciano bebía con calma, mirando el fuego de la chimenea con expresión distraída.

—¿Qué noticias hay de la zona? —preguntó finalmente el anciano, sin apartar la vista de las llamas—. ¿Actividad en los caminos? ¿Movimiento de gente?

Articus parpadeó.

—Yo… no sabría decirle. No he salido mucho de la Casa.

El anciano lo miró por primera vez con algo parecido a la curiosidad.

—¿Estudioso, entonces?

—Algo así. —Articus señaló vagamente hacia la mesa donde tenía los libros—. Intento descifrar unos textos.

—Ah. —El anciano perdió interés inmediatamente, volviendo su atención a la infusión—. Cada cual con sus obsesiones.

No preguntó qué textos, ni por qué, ni quién era Articus ni qué hacía en esa Casa.

Simplemente… no le importaba.

Articus no sabía si sentirse aliviado o insultado.

—¿Viaja mucho por aquí? —preguntó, más por llenar el silencio que por curiosidad genuina.

—Viajo por todas partes —respondió el anciano con tono de quien constata un hecho obvio—. Investigo. Documento. Observo. —Hizo una pausa—. Esta Casa lleva años vacía. O eso creía. —Se encogió de hombros—. Da igual. No es asunto mío quién vive aquí.

Era extraño. El anciano hablaba como si encontrar a un desconocido viviendo en una casa abandonada fuera un evento tan mundano como encontrar un mueble nuevo.

—¿Cuánto tiempo lleva viajando? —preguntó Articus.

—Décadas. —El anciano bebió—. Siglos, quizás. Uno pierde la cuenta.

Articus decidió no explorar esa respuesta.

El anciano terminó su infusión, dejó la taza sobre la mesa, y se recostó en el sillón con un suspiro satisfecho.

—Es conveniente mantener todo cerrado de noche —comentó con tono casual, como quien menciona que probablemente lloverá mañana—. Por si acaso.

—¿Por si acaso qué?

—Por si acaso —repitió el anciano, sin elaborar.

Articus esperó más explicación. No llegó.

El silencio se extendió entre ellos, pero no era incómodo. Era el silencio de dos personas que no tienen nada particular que decirse pero tampoco sienten la necesidad de llenar el vacío con palabras .

Fuera, el viento golpeaba contra las ventanas cerradas.

Dentro, el fuego crepitaba suavemente.

Y el anciano parecía perfectamente contento de quedarse ahí sentado, mirando las llamas, sin ofrecer explicaciones ni pedir ninguna.

Fin del Capítulo 5