4.CAPÍTULO 4 RUTINAS Y REVELACIONES #5
Latas de conserva: cuatro días, tal vez cinco si racionaba y no le importaba la monotonía gastronómica.
Agua: dos días, tal vez tres si era cuidadoso.
Debería haber traído más. Dignidad personal: agotada hace aproximadamente tres días.
Posiblemente cuatro. El recuerdo exacto se había perdido junto con el último champú.
Cordura: cuestionable pero operativa. Mayormente.
Probablemente. Habilidades sociales: ¿qué son esas?
Sí, sería prudente volver a casa. Ducharse. Afeitarse. Verificar que el mundo exterior seguía existiendo y que no había pasado, digamos, tres años mientras él estudiaba símbolos geométricos en este lugar imposible.
Porque eso sería embarazoso de explicar.
“¿Dónde has estado, Articus?” “Oh, ya sabes, estudiando en una casa que no debería existir. El tiempo funciona raro allí. ¿Han pasado tres años? Ups.”
Helen probablemente habría alquilado su habitación a otra persona. O declarado su muerte y reclamado la vivienda por derecho de supervivencia. Ella parecía el tipo de persona pragmática que haría eso.
—Volver mañana —decidió en voz alta—. Ducha. Comida decente. Verificar calendario. Tranquilizar a compañera de vivienda. Luego regresar.
Porque oh, definitivamente iba a regresar.
Esa certeza era absoluta. Inquebrantable. Como si no hubiera otra opción posible.
Y ahí estaba otra vez ese pensamiento molesto: ¿Era realmente su decisión? ¿O era esa compulsión que había sentido desde el primer día, jalándolo de vuelta como un anzuelo invisible?
Los símbolos en la barandilla. Los libros. La posibilidad tangible de que estos diagramas representaran algo funcional —un sistema, una técnica, algo más que decoración arcaica— y que pudiera descifrarlo mediante aplicación metódica de principios lógicos.
Eso era fascinante, sin duda. Pero la intensidad de su necesidad de volver… eso era inquietante.
Una persona sensata habría huido después de la primera noche escuchando arañazos en las ventanas. Una persona con instinto de supervivencia funcional habría empacado sus cosas y nunca mirado atrás.
Y sin embargo, aquí estaba él, planificando su próxima expedición antes siquiera de haber completado la primera.
Eso era demasiado fascinante para abandonarlo por comodidades mundanas como “higiene personal” o “interacción social”.
Pero tal vez podía tener ambas cosas. Expediciones de una semana. Retornos periódicos a la civilización para mantenimiento básico de la condición humana.
Equilibrio. Esa era la clave.
Equilibrio y jabón. Definitivamente jabón.
Esa tarde, a última hora, comenzó a preparar sus planes para el retorno.
La última tarde
La tarde moría lentamente, como siempre hacía en este lugar.
Articus había notado que los atardeceres aquí eran diferentes. Más largos. Más dramáticos. Como si el sol se resistiera a dejar el cielo, alargando las sombras hasta que todo se teñía de dorado y ámbar.
Y luego, abruptamente, la oscuridad caía como un telón.
Durante la semana había establecido una rutina para esta hora del día: retirarse al salón principal, encender el fuego en la chimenea, cerrar todas las cortinas, y no —bajo ninguna circunstancia— mirar hacia el bosque .
Porque había aprendido que el bosque cambiaba cuando caía el sol.
La primera noche había cometido el error de observar el crepúsculo desde la ventana. Había visto cómo las sombras entre los árboles se alargaban de maneras que las sombras no deberían alargarse. Cómo se retorcían. Cómo se movían incluso cuando no había viento.
Cómo, por un momento aterrador, una de esas sombras pareció mirar hacia la Casa.
Mirar hacia él.
Esa noche había dormido con todas las lámparas de aceite encendidas y una silla contra la puerta de su habitación.
Desde entonces, había sido más cuidadoso.
Pero esta tarde, perdido en la transcripción de sus notas sobre los símbolos de la barandilla, había perdido la noción del tiempo.
Cuando finalmente levantó la vista de su cuaderno, la luz del día ya estaba muriendo.
Se levantó rápidamente, dirigiéndose hacia la ventana para cerrar las cortinas.
Y cometió el error de mirar afuera.
El bosque circundante había cambiado. Durante el día era denso y verde, casi acogedor en su inmensidad vegetal. Pero con el crepúsculo, las sombras empezaban a retorcerse de maneras que nada tenían que ver con el viento.
El camino que conducía a la verja —claramente visible durante el día— comenzaba a desdibujarse, consumido por la penumbra que emanaba de los árboles como niebla venenosa.
Articus sintió un escalofrío recorrer su espalda.
Alcanzó el borde de la cortina, preparándose para cerrarla y olvidarse del exterior hasta el amanecer.
Esta era la hora donde todo se volvía más sombrío, cuando la luz moribunda del crepúsculo cedía su dominio a algo más antiguo .
Siempre ocurría en la última hora: la oscuridad se estiraba por el camino como dedos oscuros.
Tintineo.
El sonido llegó claro y metálico en el silencio de la tarde moribunda. Un tintineo de latas chocando contra latas.
Articus se acercó a la ventana con el corazón acelerado, apartó ligeramente la cortina, y miró hacia el camino de grava.
Una sombra negra apareció junto a la verja, inmóvil en la penumbra creciente.
Articus miró a la sombra, y la sombra le devolvió la mirada.
Fin del Capítulo 4