La Casa de las Hojas Muertas 4.CAPÍTULO 4 RUTINAS Y REVELACIONES #4
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4.CAPÍTULO 4 RUTINAS Y REVELACIONES #4

Eran como los del libro geométrico, pero diferentes. Más crudos, menos refinados en su ejecución, pero paradójicamente más… originales. Como comparar un manuscrito medieval con su edición impresa moderna: una era más accesible, pero la otra era más fundamental, más cercana a la fuente.

Pasó tres horas haciendo calcos de toda la barandilla, sección por sección.

Cuando terminó, había llenado doce páginas de su cuaderno con transcripciones meticulosas.

Y entonces comenzó el trabajo real: análisis comparativo.

Colocó los calcos lado a lado con sus notas del libro geométrico. Buscó patrones. Correlaciones. Diferencias.

Los resultados eran fascinantes.

Los símbolos de la barandilla usaban los mismos elementos básicos que el libro —líneas, curvas, ángulos— pero los combinaban de maneras que el libro no mostraba hasta páginas mucho más avanzadas.

Más aún: los símbolos de la barandilla parecían estar conectados entre sí. No eran marcas aisladas. Eran una secuencia continua que recorría toda la escalera, como palabras formando una oración en un idioma que apenas comenzaba a comprender.

Articus sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con la temperatura.

La casa no era solo un contenedor para los libros.

La casa misma era un libro. Un texto tridimensional esperando ser leído.

Y si la barandilla contenía símbolos…

¿Qué más había escondido en las paredes, en los marcos de las puertas, en los suelos ?

Pasó el resto del día examinando superficies. Pasando los dedos por cada centímetro de madera, piedra y metal que podía alcanzar.

Encontró más símbolos por todas partes: una secuencia de cinco símbolos entrelazados en el marco de la puerta principal, patrones repetitivos que recordaban fractales en las vigas del techo del salón, y marcas erosionadas pero aún perceptibles en los adoquines del camino de entrada.

La Casa entera estaba marcada, como si fuera un texto arquitectónico tridimensional esperando ser leído.

Y Articus, contable de profesión y estudiante accidental de lo imposible, estaba empezando a aprender su alfabeto.

Día 7 - realidades prácticas

Fue mientras se cambiaba de ropa, tras apañarse una vez más con una jofaina, un paño húmedo y dignidad menguante, cuando Articus admitió la magnitud real del problema.

No había ducha.

Bueno, técnicamente había un baño. Con una bañera de porcelana antigua que probablemente era hermosa en su época. Pero sin agua corriente funcional.

Y definitivamente no había posibilidad de afeitarse con seguridad.

Se miró en el espejo manchado del baño.

El reflejo que le devolvió la mirada era… preocupante.

Su ropa, meticulosamente planeada para capas múltiples y versatilidad térmica, estaba manchada de polvo y sudor.

Las telas que supuestamente repelían olores habían cumplido su promesa durante exactamente tres días antes de rendirse ante la implacable realidad de un ser humano que hacía ejercicios extenuantes sin acceso a agua y jabón.

Su barba —normalmente mantenida en un rasurado limpio que requería atención cada dos días— había comenzado a crecer con abandono salvaje.

No mucho, solo una semana, pero perceptible.

Oscura, irregular, haciendo que pareciera un náufrago perdido en una isla desierta o, peor aún, uno de esos dandis urbanos que pretendían que el aspecto descuidado requería cero esfuerzo cuando en realidad les llevaba cuarenta minutos de meticuloso mantenimiento matutino.

Excepto que en su caso era genuinamente descuidado.

Su pelo, normalmente peinado con pomada aplicada con precisión geométrica, apuntaba en direcciones imposibles.

Había mechones que se alzaban verticalmente como si intentaran escapar de su cabeza.

Otros se aplanaban contra su cráneo con la desesperación de refugiados buscando asilo.

Y algunos —los más rebeldes— formaban ángulos que harían llorar a los geómetras antiguos.

Y el olor…

Bueno.

Articus levantó un brazo experimentalmente. Olfateó.

Inmediatamente se arrepintió de esa decisión.

Era el tipo de olor que tenía presencia física. Que ocupaba espacio. Que probablemente podría materializarse si las circunstancias fueran las adecuadas.

Probablemente se había acostumbrado a su propio olor, porque ya no lo notaba constantemente. Solo cuando hacía el error activo de verificarlo. Eso no era una buena señal.

Las personas que no notan su propio olor corporal generalmente caen en dos categorías: los bendecidos genéticamente que no producen mucho, y los que han cruzado un umbral olfativo tan extremo que sus receptores sensoriales han declarado huelga permanente.

Articus sospechaba fuertemente que pertenecía a la segunda categoría.

—Definitivamente necesito volver a la civilización pronto —murmuró a su reflejo, que lo miraba con lo que solo podía describirse como reproche silencioso—. Antes de que la mugre alcance consciencia y presente demanda por ocupación ilegal .

Hizo un inventario mental de sus provisiones.