La Casa de las Hojas Muertas 3.CAPÍTULO 3 COMPAÑEROS DE VIVIENDA Y EXPEDICIONES
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3.CAPÍTULO 3 COMPAÑEROS DE VIVIENDA Y EXPEDICIONES

Capítulo III

El primer sonido que penetró la neblina del sueño de Articus fue un golpeteo rítmico.

Toc. Toc. Toc.

Su cerebro, profundamente sumergido en las aguas oscuras del descanso, registró el sonido con la misma urgencia con la que uno registra el zumbido lejano de una mosca. Es decir: ninguna.

Toc. Toc. Toc.

Más insistente ahora. Más real. Demasiado real para ser ignorado.

Articus gruñó algo ininteligible que ni siquiera él habría podido traducir. Abrió un ojo. Luego lo cerró inmediatamente porque la luz del amanecer filtrada por la ventana le pareció una agresión personal.

Toc. Toc. TOC.

—¿Articus? ¿Estás ahí? Soy Helen. —La voz venía desde el otro lado de la puerta de entrada, amortiguada pero inconfundiblemente animada—. Voy a usar la llave si no respondes en diez segundos.

Diez segundos. Eso era ridículamente poco tiempo para resucitar desde un estado comatoso inducido por agotamiento.

Articus rodó fuera de la cama con toda la gracia de un saco de patatas cayendo de una carretilla. Sus pies se enredaron en las sábanas. Casi se estampó contra el suelo. Logró no morir —apenas— y se arrastró hacia la puerta con movimientos que recordaban vagamente a un muerto recién desenterrado.

Abrió la puerta.

Helen estaba allí, sonriente y radiante, con dos maletas grandes a sus pies y una mochila colgando del hombro. Llevaba ropa deportiva limpia, el pelo recogido en una coleta impecable, y una energía que solo podía describirse como ofensivamente matutina.

Articus, por contraste, llevaba un pijama de franela con dibujitos de ovejas saltando vallas —regalo de su madre que había visto días mejores—. Las pantuflas eran de un rosa desvaído con forma de conejos. Mullidas. Cálidas. Absolutamente indignas.

Tenía baba seca en la comisura de los labios. Un ojo apenas entreabierto. El pelo aplastado de un lado y salvajemente erizado del otro.

—Eos… ías —articuló con voz rasposa, un intento bastante digno de pronunciar “buenos días” si le preguntabas a él.

Helen lo miró de arriba abajo, procesando la imagen con rapidez depredadora. Su sonrisa se ensanchó hasta convertirse en algo peligrosamente cercano a una carcajada contenida.

—Buenos días, casero —dijo con alegría devastadora—. Perdona si he llegado demasiado pronto.

Sin esperar respuesta ni invitación, pasó junto a él con un empujón efusivo —nada agresivo, pero definitivamente imparable— arrastrando una de las maletas tras de sí.

—Tenía miedo de que te echaras atrás con lo del alquiler —continuó mientras entraba a la vivienda como si fuera el desembarco de un ejército pero con más equipaje—.

Y bueno, he llamado a la puerta para no pillarte desnudo por la casa.

Aunque ese pijama… —Se giró, dedicándole una sonrisa resplandeciente—.

Ese pijama hace flaco favor a la dignidad humana, la verdad.

Articus parpadeó. Su cerebro seguía negociando con el mundo de los vivos.

—¿Pigama? —repitió con voz pastosa.

El concepto era familiar. Sabía que estaba llevando uno puesto. Pero las conexiones neuronales necesarias para sentir vergüenza aún no habían iniciado sesión.

Helen dejó la maleta en el pasillo con un golpe sólido y se dirigió hacia la habitación libre con paso decidido, como un general inspeccionando territorio recién conquistado.

—Voy a dejar esto en la habitación —anunció por encima del hombro—. ¿Podrías ser un encanto y preparar una taza de café? Dos para ti, por favor. Las necesitas urgentemente. Pareces un cadáver recalentado.

—¿Caffe? —repitió Articus, cuyo vocabulario había quedado reducido a ecos monosilábicos.

Pero sus pies, entrenados por años de rutina matutina, ya se dirigían automáticamente hacia la cocina. Café. Eso era algo que entendía. Café era vida. Café era cordura. Café era la diferencia entre ser humano funcional y masa gelatinosa con extremidades.

Puso la cafetera en marcha con movimientos mecánicos, casi religiosos. El gorgoteo familiar del agua hirviendo fue como música celestial.

Diez minutos después, ambos estaban sentados en la mesa de la cocina.

Articus sostenía su segunda taza de café con ambas manos, como si fuera un cáliz sagrado. La primera había desaparecido en menos de treinta segundos. La cafeína comenzaba a hacer efecto, reconectando circuitos cerebrales uno por uno.

Helen bebía su café con tranquilidad, observándolo con diversión apenas disimulada.

—¿Qué hora es? —preguntó Articus finalmente, con voz que sonaba casi humana.

—Seis y cuarto de la mañana —respondió Helen alegremente.

Articus la miró fijamente.

—¿Seis… y cuarto?

—Sí.

—¿De la mañana?

—Técnicamente sí. Aunque algunos dirían que las seis de la mañana deberían estar prohibidas por ley natural.

—Dijiste “mañana” —acusó Articus, su cerebro finalmente procesando la cronología—. Dijiste que te mudarías mañana.

—Y es mañana —señaló Helen con lógica implacable—. Ayer era ayer. Ahora es mañana. Técnicamente correcto, que es el mejor tipo de correcto.

Articus no tenía argumentos contra eso. Principalmente porque su cerebro apenas estaba volviendo a la consciencia operativa.

—Las seis y cuarto —murmuró—. Es una hora excelente. Principalmente para producir atracos. O para que te atraquen. Dependiendo de tu filosofía de vida.

Helen soltó una carcajada genuina, sonora, que llenó la cocina como campanas.

—Me caes bien, Articus. Mmm… ¿Arti? Sí, te voy a llamar Arti. Tienes ese humor árido de quien ha perdido demasiadas batallas contra el despertador.

—He perdido todas —admitió él, dando otro sorbo largo a su café—. Todas y cada una. El despertador es un enemigo invencible.

—Yo soy más de madrugadas —dijo Helen, encogiéndose de hombros—. Entreno a primera hora. El campo de práctica está vacío, el aire es fresco, y puedes gritar sin que te miren raro.

—¿Gritar?

—Parte del entrenamiento —explicó con una sonrisa enigmática—. Liberar tensión. Asusta a los pájaros. Es terapéutico.

Articus decidió no profundizar en eso. Había cosas que era mejor no saber antes de la tercera taza de café.

—He decidido partir hoy al mediodía —anunció, cambiando de tema mientras recobraba funcionalidad verbal completa—. No sé cuándo volveré. Creo que en una semana estaré de vuelta, tal vez. Y luego partiré nuevamente .

Helen lo observó con atención renovada, sus ojos oscuros evaluándolo con esa intensidad que Articus ya estaba empezando a reconocer. No era curiosidad casual. Era el tipo de mirada que diseccionaba información, buscaba patrones, calculaba probabilidades.

—Sin problema, compañero —dijo finalmente, estampándole un manotazo en el hombro que casi lo hace escupir el café.

Para una persona relativamente compacta, Helen tenía una fuerza monstruosa. Como ser golpeado por un martillo envuelto en terciopelo.

—Yo vigilaré el castillo —continuó, ajena al hecho de que Articus estaba recuperando el equilibrio—. Plantas regadas, ventanas revisadas, ficus amenazado con violencia si se atreve a morir. Todo bajo control.

—Gracias —dijo Articus, masajeándose el hombro discretamente—. En serio. Me quitas un peso de encima.

—Oye, es mutualismo simbiótico —Helen le guiñó un ojo—. Tú me das casa barata. Yo evito que tu vivienda se convierta en un biotopo hostil. Todos ganamos.

Articus sonrió a pesar de sí mismo. Había algo reconfortante en la energía directa de Helen. Sin pretensiones. Sin rodeos. Solo eficiencia práctica envuelta en humor.

—¿Tu proyecto de campo es peligroso? —preguntó ella de repente, su tono volviéndose más serio—. Porque si vas a necesitar rescate montañero o algo así, prefiero saberlo ahora.

—No —respondió Articus, técnicamente honesto—. No es peligroso en el sentido tradicional. No hay montañas. Ni ríos. Ni fauna salvaje.

Lo cual era verdad. La Casa estaba en el bosque, sí, pero no había encontrado animales peligrosos. Solo silencio, misterio, y libros que desafiaban las leyes de la física.

—Pero sí es… raro —añadió, buscando palabras—. Muy raro. Difícil de explicar.

—¿Raro como “estudio de fenómenos paranormales” o raro como “esquema piramidal disfrazado de investigación”?

Articus se rió.

—Raro como… “definitivamente no es normal”.

Helen lo estudió un momento más. Luego asintió.

—Vale. Respeto eso. Todos tenemos nuestros dragones que matar. —Levantó su taza de café en un brindis improvisado—. Por los proyectos raros que probablemente nos volverán locos.

Articus chocó su taza contra la de ella.

—Por la locura productiva.

Bebieron en silencio cómodo durante un minuto.

—Por cierto —dijo Helen—, si necesitas que alguien te cubra legalmente, tipo “sí, mi casero está vivo, solo está desaparecido haciendo cosas raras”, avísame. Puedo mentir con mucha convicción.

—Anotado —respondió Articus—. Añadido a la lista de habilidades útiles de mi inquilina.

—Tengo muchas habilidades útiles —Helen sonrió—. Mentir. Golpear cosas. Identificar pintura barroca. Soy un paquete completo.

A las tres de la tarde, Articus salió de su vivienda con una mochila tan grande que le impedía moverse con cualquier apariencia de dignidad o elegancia.

El equipaje completo incluía:

Gran cantidad de provisiones, meticulosamente calculadas Ropa térmica en capas múltiples Herramientas de supervivencia que hacían que pareciera preparándose para el apocalipsis Los tres libros misteriosos, envueltos en tela impermeable

Todo eso convertía a Articus en una masa tambaleante de nailon y equipo que subía la calle principal con pasos inseguros, balanceándose peligrosamente a cada lado.

Helen lo observaba desde la ventana de la vivienda, con una taza de té caliente en las manos y una sonrisa divertida bailando en sus labios.

Era como ver un saco de patatas aprendiendo a andar. O un caracol intentando escalar una montaña imposible. O un estudiante de primer año cargando todos los libros de la biblioteca porque “los necesitaré todos eventualmente”.

Ridículo. Entrañable. Inexplicablemente optimista a pesar de toda lógica física y gravitacional.

Articus subió la calle con determinación obstinada. Pasó la taberna de Grimwald. Pasó las últimas casas del Confín. Pasó el punto donde el empedrado se convertía en tierra compactada.