La Casa de las Hojas Muertas 3.CAPÍTULO 3 COMPAÑEROS DE VIVIENDA Y EXPEDICIONES #2
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3.CAPÍTULO 3 COMPAÑEROS DE VIVIENDA Y EXPEDICIONES #2

Y entonces, para absoluto desconcierto de Helen, giró directamente hacia el bosque.

No hacia el camino del bosque. No hacia algún sendero conocido.

Directamente. Hacia. El. Bosque.

Se internó entre los árboles con la mochila gigante a cuestas, y en cuestión de segundos, desapareció completamente de la vista. Tragado por la vegetación como si la tierra se lo hubiera comido.

Helen parpadeó.

Frunció el ceño.

Se inclinó más cerca de la ventana, entrecerrando los ojos.

¿Dónde demonios iba su nuevo casero?

No había nada en esa dirección. Literalmente nada. Solo bosque denso, maleza, y eventualmente colinas que nadie visitaba porque no había razón para hacerlo.

¿Un proyecto de campo en medio del bosque? ¿Sin caminos? ¿Sin infraestructura?

Helen esperó. Observó. Contó mentalmente hasta cien .

Articus no reapareció.

—Raro —murmuró para sí misma—. Muy raro.

Consideró seguirlo. Solo para asegurarse de que no estaba, digamos, perdiéndose inmediatamente o siendo devorado por la fauna local.

Pero luego recordó sus propias palabras: Todos tenemos nuestros dragones que matar.

Si Articus quería adentrarse en el bosque con una mochila del tamaño de un baúl de viaje, ése era su problema. Ella no era su niñera. Solo su inquilina.

Además, técnicamente le había pagado el mes completo por adelantado. Si moría en el bosque, bueno, tendría una vivienda gratis durante cuatro semanas más… al menos. Pragmatismo ante todo.

Helen se apartó de la ventana con un suspiro.

Dejó la taza de té en la mesa y se dirigió a su nueva habitación. Comenzó a desempacar metódicamente: ropa doblada con precisión militar, libros apilados por tamaño, equipo de entrenamiento organizado por categoría.

Mientras colocaba sus pertenencias, su mente seguía volviendo a la imagen de Articus desapareciendo entre los árboles.

Algo no cuadraba. Los números no sumaban.

Un contable. Joven. Introvertido. Organizado hasta el extremo.

Que de repente decide tomarse semanas libres para un “proyecto de campo”. Sin aviso previo. Con equipo de supervivencia. Con libros antiguos que parecían sacados de un museo.

Y que desaparece en la vegetación como si supiera exactamente adónde iba.

—Definitivamente raro —dijo en voz alta, guardando su último libro en el estante.

Pero Helen Ravencroft había aprendido hacía tiempo que las personas raras eran, generalmente, las más interesantes.

Y si había algo que no soportaba era el aburrimiento .

Se acercó nuevamente a la ventana. El bosque permanecía inmóvil, denso, silencioso. Sin rastro de Articus ni de su mochila monstruosa.

—Que tengas suerte con tus dragones, casero —murmuró.

Luego se preparó otra taza de té, se sentó cerca de la ventana con la mejor luz natural, y abrió un viejo libro sobre técnicas de pintura flamenca del siglo XV.

Pero cada cierto tiempo, sin poder evitarlo, sus ojos se desviaban hacia el bosque.

Preguntándose.

Calculando.

Esperando.

Articus, ajeno a la observación de su inquilina, avanzaba entre los árboles con paso firme a pesar del peso absurdo que cargaba.

Ya había hecho este camino una vez. Su cuerpo recordaba la ruta con claridad sorprendente: el giro junto al roble partido por el rayo, el descenso por la pendiente cubierta de hojas, el arroyo seco que había que cruzar.

El peso de la mochila era brutal. Sus hombros protestaban con cada movimiento, las correas clavándose en la carne como garras.

Su espalda gemía bajo el peso de las provisiones y equipo.

Sus piernas temblaban con cada paso, amenazando con ceder en cualquier momento.

El sudor le corría por la espalda a pesar del frío del bosque, empapando su camisa térmica.

Su respiración se volvía trabajosa, nublándose en el aire como pequeños fantasmas que desaparecían entre los árboles.

Pero había algo más fuerte que el dolor físico.

Propósito.

O eso se decía a sí mismo. Pero esa certeza, esa necesidad de volver…

¿era realmente suya? Cada paso hacia el bosque se sentía inevitable, como si algo tirara de él con hilos invisibles.

Como si su cuerpo su piera exactamente adónde ir mientras su mente gritaba objeciones que eran sistemáticamente ignoradas.

Debería dar media vuelta. Cualquier persona sensata lo haría. Regresar a la civilización, olvidar la Casa, quemar los libros. Vivir una vida normal.

Pero sus pies seguían avanzando. Uno tras otro. Inexorables.

La Casa lo esperaba. Los libros lo esperaban. Los secretos lo esperaban.

O algo lo esperaba. Y él no estaba seguro de querer descubrir qué era.

Sonrió para sí mismo mientras el bosque se cerraba a su alrededor, la vegetación volviéndose más densa con cada paso, como si la naturaleza misma intentara proteger lo que se ocultaba en su interior.

Y entonces lo sintió.

Primero fue apenas un susurro en el aire. Una nota olfativa que no debería estar allí, en medio del olor a tierra húmeda y hojas en descomposición. Dulce. Imposible. Reconocible.

Manzana.

Y luego, entrelazado con ella como hilos de humo invisible, el aroma cálido y especiado de la canela.

Articus se detuvo en seco, su corazón acelerándose por razones que nada tenían que ver con el esfuerzo físico.

El olor no debería estar aquí. No a esta distancia. No tan fuerte. No tan… real.

La última vez había aparecido solo cuando estaba prácticamente frente a la Casa. Ahora flotaba en el aire como una invitación. O como una advertencia.

¿La Casa sabía que volvía? ¿Podía saberlo?

El bosque a su alrededor permaneció inmóvil. Sin viento, sin pájaros, sin el crujido habitual de pequeños animales entre la maleza.

Solo silencio.

Y ese olor dulce, imposible, llamándolo hacia adelante .

Articus ajustó las correas de su mochila, tragó saliva, y dio un paso más.

El olor se intensificó.

Como si algo—o alguien—le estuviera dando la bienvenida.

Fin del Capítulo 3