2.CAPÍTULO 2 EL ESTUDIO NOCTURNO #2
Estudiantes con carpetas, mochilas abultadas, conversaciones superpuestas.
Risas. Olor a tabaco y café barato mezclado con perfumes y el aroma de tinta fresca de los apuntes.
Grupos sentados en las escaleras, compartiendo notas o cigarrillos.
Carteles anunciando conciertos, manifestaciones, clubs de ajedrez .
Articus se sentía fuera de lugar, demasiado mayor aunque solo tenía veintiocho años. Como un adulto infiltrado en un territorio juvenil. Pero tenía una misión y el tiempo apremiaba.
Se dirigió directamente al tablón de anuncios cerca de la cafetería de la Facultad de Artes. El tablón era un caos de papeles superpuestos: clases particulares, se busca compañero de piso, vendo guitarra, adopta un gato, únete a nuestro grupo de teatro experimental.
Sacó el folio que había impreso esa mañana. Letra clara, información concisa:
HABITACIÓN EN ALQUILER ZONA TRANQUILA - EL CONFÍN PRECIO ECONÓMICO A CAMBIO DE CUIDADO DEL HOGAR Contacto: Calle del Confín, 17, Bajo izquierda
Buscó un espacio libre entre los anuncios. Estaba pegando la segunda tira de celo cuando una sombra cayó sobre su mano, bloqueando la luz del pasillo.
—¿Alquilando una habitación o buscando víctimas?
Articus se giró, sobresaltado.
Frente a él había una mujer joven, de veintiséis años, con una mirada que parecía haber vivido más que él. Pelo recogido en coleta alta y práctica, ropa deportiva desgastada por uso real. Una bolsa de deporte colgaba de su hombro.
—¿Perdón? —dijo Articus, parpadeando.
Ella señaló el cartel con una sonrisa afilada.
—Un hombre solo poniendo anuncios en la facultad… —Le miró de arriba abajo, evaluándole con rapidez depredadora—. “Precio económico”, “cuidado del hogar”. Suena a “busco chica joven para limpiar mi casa y lo que surja”. Eres un pervertido, ¿verdad?
Articus sintió la sangre subiendo violentamente a sus mejillas.
—¡No! Por Dios, no. —Dio un paso atrás, casi tropezando—. Necesito viajar. Por un proyecto. Necesito a alguien que riegue las plantas y se asegure de que no se inunde el piso. El precio es bajo porque busco fiabilidad, no beneficio .
La chica mantuvo la expresión severa un segundo más. Luego estalló en una carcajada vibrante, llena de energía.
—Relájate, casero. Estaba bromeando. —Le dio una palmada en el hombro con tanta fuerza que Articus se tambaleó—. Te pones rojo muy fácil. Eso es buena señal. Los psicópatas no se ruborizan.
—Solo necesito compartir gastos y un poco de seguridad —murmuró Articus, recuperando compostura y alisándose la camisa, que ahora tenía una arruga donde ella le había palmeado.
La chica se inclinó hacia el cartel, leyendo las condiciones con atención. Sus ojos —marrones, muy oscuros— se entrecerraron, calculando. Articus casi podía ver los números flotando detrás de su mirada.
—La ubicación es perfecta para llegar a la facultad. El Confín… conozco esa zona. Y el precio es… —hizo una pausa deliberada— sospechosamente bueno. Como “demasiado bueno para ser verdad” mmmm.
Se giró hacia él, extendiendo una mano callosa. Articus notó cicatrices pequeñas en los nudillos. Extrañas manos para una estudiante.
—Me llamo Helen —dijo con autoridad natural—.
Helen Ravencroft. Estudio Historia del Arte, cuarto año.
Cuando no analizo pinceladas barrocas, entreno.
Disciplina física y mental. Soy ordenada, pago puntual, no monto fiestas, y no traigo novios a casa porque no tengo tiempo para esas tonterías.
Referencias disponibles si las necesitas.
Articus estrechó la mano. El apretón fue firme, casi dominante. Como quien está acostumbrada a esfuerzos físicos.
—Articus Aetherwald. Contable. Y… ¿entrenas qué exactamente?
—Disciplina marcial —su sonrisa se volvió resplandeciente, genuina, el tipo de sonrisa de alguien hablando de su pasión—. Un sistema de combate antiguo. Entrenamos duro. Es como ajedrez pero sudando. Mucho.
Hizo un gesto vago hacia la bolsa de deporte que llevaba, sin especificar qué contenía.
—Vale —dijo Articus, porque no sabía qué más decir ante esa información—. Me has convencido. ¿Cuándo puedes ver el piso?
—¿Ahora?
—Ahora me vale.
Quería zanjar esto rápido. Cuanto antes tuviera inquilina, antes podría volver a la Casa. El reloj corría.
Helen le miró sorprendida, evaluándole de nuevo. Luego asintió con aprobación visible.
—Directo al grano. Eficiencia. Me gusta eso en una persona. —Arrancó la hoja del tablón con un movimiento decisivo, la dobló en cuartos precisos y se la metió en el bolsillo trasero de sus vaqueros—. Bien, señor Articus, vayamos a ver su palacio y zanjemos el trato.
Sin esperar respuesta, le agarró del brazo con la autoridad natural de quien está acostumbrada a tomar la iniciativa, y tiró de él hacia la salida.
Articus se dejó arrastrar, porque francamente, protestar no iba a funcionar con alguien que tenía ese nivel de determinación física.
El trato se cerró en veinte minutos. Récord personal.
La vivienda en El Confín estaba ordenada e inmaculada —Articus había limpiado compulsivamente la noche anterior entre lecturas de los libros— algo que a Helen pareció gustarle. Inspeccionó todo con ojo crítico: la cocina, el baño, la habitación que sería suya.
—No está mal —dictaminó—. He visto peores.
Mucho peores. Una vez vi un lugar donde el moho del baño parecía tener vida propia.
Otro donde las cucarachas habían formado una comunidad organizada.
Y no me hagas hablar del sitio donde la humedad había creado su propio ecosistema funcional. Comparado con eso, esto es un palacio.
No hizo preguntas sobre la mochila de supervivencia a medio hacer sobre el sofá. Ni sobre la pila de latas de conserva apiladas junto a la cocina como si se preparara para el fin del mundo. Ni sobre los tres libros extraños en la mesa del comedor, antiguos y claramente fuera de lugar.
Articus la observó observar todo. Esperaba preguntas. Ninguna llegó.
Pero sí llegó un comentario.
—¿Estás preparándote para el fin del mundo o para una expedición al Ártico? —preguntó Helen, señalando la mochila—. Porque si es lo primero, necesitas más latas. Si es lo segundo, necesitas más sentido común. —Hizo una pausa—. O ambos, dependiendo de qué tan loco esté tu “proyecto de campo”.
Levantó uno de los libros antiguos, pasó un dedo por la cubierta de cuero desgastado, lo sopesó como quien evalúa un arma, y luego lo dejó exactamente donde estaba.
—Interesante lectura nocturna —murmuró—. Muy… críptico.
No preguntó más. Simplemente asintió, como si encontrarse con hombres que acumulaban provisiones de supervivencia y libros medievales indescifrables fuera totalmente normal un martes por la tarde.
—Estaré fuera la mayor parte del tiempo —explicó Articus, sacando el juego de llaves de repuesto de su cajón—.
Semanas, tal vez. Un proyecto de investigación…
de campo. Tendrás independencia total. Solo te pido que riegues las plantas dos veces por semana, mantengas el piso limpio y…
por favor no lo incendies. —Le lanzó una mirada de cachorro abandonado.
—Que no queme la casa y riegue el ficus —interrumpió Helen, señalando la única planta que tenía, un ficus pequeño y obstinado que se negaba a morir pese al maltrato—. Y comprobar ventanas. Hecho. Tienes una inquilina, Articus.
Le entregó las llaves. Ella las lanzó al aire y las atrapó al vuelo con una mano, un gesto automático que hablaba de reflejos entrenados.
—Me mudo mañana. ¿Te vale?
—Perfecto .
—Genial. Nos vemos entonces, casero.
Se fue con la misma energía con la que había llegado, la bolsa de deporte al hombro. La puerta se cerró con un golpe definitivo.
Articus se quedó solo en la vivienda que pronto compartiría con una estudiante de arte intensamente deportista. La vida era rara. La vida era muy, muy rara.
Pero tenía lo que necesitaba: tiempo, equipo en proceso, y seguridad para el piso.
Miró la mochila medio preparada sobre el sofá. Luego los tres libros en la mesa, esperándole. Finalmente, la ventana que daba al oeste. Más allá de los edificios, más allá de la calle, estaba la cuesta. El bosque. La Casa.
La primera fase estaba completa. La segunda fase —comprar suministros— llevaría unas horas.
Metió la pala plegable en la mochila junto con la cuerda y la navaja que ya había comprado. Ajustó las correas para distribuir el peso.
Respiró hondo.
El olor a manzana y canela ya parecía llamarle desde la distancia, un susurro en el borde de su consciencia.
Pronto. Muy pronto volvería.
Esta vez, preparado. Esta vez, para quedarse el tiempo necesario. Esta vez, para descubrir qué demonios era todo aquello y por qué podía hacerlo.
Los libros le esperaban sobre la mesa, silenciosos y llenos de secretos.
Y él, Articus, contable de profesión y aparentemente loco por hobby accidental, iba a descifrarlos.
Fin del Capítulo 2