2.CAPÍTULO 2 EL ESTUDIO NOCTURNO
Capítulo II
Articus despertó con la sensación de haber sido aplastado por algo muy pesado. No hubo transición suave hacia la vigilia, solo un tirón brusco a la consciencia con el corazón latiendo desacompasado y sequedad pastosa en la boca.
La luz grisácea que entraba por la ventana le indicaba que era muy temprano. Había llegado a su cama pasada la medianoche.
Tres horas. Apenas había dormido tres miserables horas.
Se sentó en el borde de la cama, frotándose la cara con ambas manos. Todo le dolía. Los hombros, la espalda, incluso los músculos de las manos estaban rígidos. La noche anterior se había consumido en una fiebre de estudio, ese tipo de inmersión obsesiva que hacía que el tiempo perdiera significado.
Los tres libros que había traído de aquel lugar fantásticamente imposible descansaban sobre la mesa del comedor. Desde su cuarto podía verlos a través de la puerta entreabierta. Inocentes en apariencia, como si fueran simples libros viejos y no evidencia tangible de que la realidad era negociable.
Necesitaba café, mucho café, cantidades ingentes de ese néctar negro. Urgentemente. Necesitaba habilitar nuevamente la capacidad de pensar. Y probablemente necesitaba también una camisa de fuerza, pero eso debería esperar de momento.
Mientras el café reposaba en la prensa francesa —ese pequeño ritual reconfortante que significaba que la civilización aún funcionaba— volvió a la mesa.
Los tres tomos formaban una tríada extraña sobre el mantel azul claro.
Aunque no podía descifrar el idioma, las imágenes hablaban un lenguaje que tenía un sentido matemático.
Volvió a abrir el primero, el de gran formato con ilustraciones hermosas. Era el más grande de los tres, casi del tamaño de un atlas antiguo. El cuero de la cubierta era suave al tacto, desgastado pero bien cuidado.
Dibujos elaborados, casi artísticos, llenos de color y detalle llenaban cada página. Paisajes imposibles. Criaturas que parecían mezcla de animal y geometría. Símbolos entrelazados con vegetación. Eran preciosos, de una belleza que dolía mirar demasiado tiempo.
Pero Articus no podía extraer ningún patrón lógico de ellos. Parecían más expresión artística que instrucción técnica. Como mirar un cuadro de Dalí e intentar usarlo como manual de instrucciones.
Lo cerró, frustrado. Tal vez algún día lo entendería. Tal vez necesitaba el cerebro de un artista para descifrarlo. Tal vez simplemente necesitaba un cerebro. Dio un buen sorbo a la taza de café. Definitivamente él era un hombre de números, no de pinceladas.
Nota mental: debería intentar contrastar estos libros con algún erudito una vez que los haya analizado. Preferiblemente alguien que no me mire como si estuviera loco cuando le muestre libros imposibles.
El segundo libro era diferente. Completamente diferente.
Lo abrió y sintió ese cosquilleo familiar de reconocimiento. Esto sí. Esto tenía sentido.
Figuras geométricas. Patrones que evolucionaban página tras página con una lógica casi matemática.
En la primera página, una línea simple, horizontal, limpia.
En la segunda, esa misma línea pero con trazos verticales emergiendo de ella, como raíces.
En la tercera, esos trazos se unían formando ángulos.
Diez páginas después, la estructura se había convertido en algo complejo y tridimensional que parecía tener profundidad real en el papel plano .
Esto era su lenguaje. Estos símbolos no se leían como texto narrativo. Se construían. Evolucionaban. Había lógica aquí, progresión matemática, estructura. Algo que su mente analítica podía procesar, descomponer, entender.
Pasó las páginas con creciente emoción. Cada símbolo se basaba en el anterior. Era una progresión de complejidad, como estudiar álgebra antes de cálculo. Como aprender a gatear antes de correr.
Por primera vez desde que había vuelto de aquel lugar, sonrió. Esto podía hacerlo.
Cerró ese libro y miró el tercero con una mezcla de fascinación y aprensión. La taza de café humeaba junto a él, olvidada.
Lo abrió con cuidado, como si fuera un animal que pudiera morder.
Las ilustraciones mostraban el cuerpo humano con precisión anatómica que habría impresionado a Da Vinci.
Figuras humanas dibujadas con detalle médico, en posturas específicas.
Como una guía marcial diseñada por un anatomista obsesivo.
Manos en posiciones imposibles, dedos formando ángulos exactos.
Torsos girados con precisión geométrica.
Se sirvió más café. Iba a necesitarlo.
Mientras bebía el café —su tercera taza, y contando— el plan cristalizó en su mente. No era impulso emocional. Era estrategia fría, trazada durante horas de insomnio mientras miraba el techo y sentía cómo sus músculos se quejaban.
Tenía que volver.
La certeza era absoluta. Como un gancho clavado en su pecho, tirando de él hacia el bosque.
Y ahí estaba el problema.
¿Por qué? ¿Por qué esa necesidad era tan intensa? Sí, los libros eran fascinantes. Sí, había descubierto algo extraordinario. Pero una persona sensata habría huido. Una persona con instinto de supervivencia funcional habría tirado los libros al fuego y nunca vuelto a ese bosque.
Y sin embargo, aquí estaba él, planificando una expedición prolongada como si fuera lo más lógico del mundo.
Esto no es normal. Esta compulsión no se siente mía. Es como ayer, cuando cogí los libros a pesar de saber que debía huir. Como si algo estuviera tirando de mí desde algún sitio que no alcanzo a ver.
¿Era manipulación? No lo sabía. Y eso lo aterraba más que la Casa.
Pero no podía irse sin preparación.
En su próxima visita a la casa pasaría más tiempo. Tenía que hacerlo. No sabía cuánto: días, semanas, quizás meses. Y no tenía ni idea de cómo fluía el tiempo allí. Podía pasar una semana explorando y volver para descubrir que aquí solo habían pasado horas. O viceversa. Necesitaba más datos.
Y para eso, necesitaba tres cosas fundamentales:
Sacó una libreta de la cocina —la que usaba para listas de compras— y arrancó una página limpia. La lista fluyó rápida, escrita con su letra angular y precisa:
LOGÍSTICA: - Permiso en el trabajo - Alquilar una habitación: conseguir dinero + alguien cuidando la casa
SUMINISTROS: - Comida: latas de conserva, alto contenido calórico (atún, fabada, melocotón en almíbar) - Agua: cantimplora de dos litros (mínimo) - Iluminación: linterna frontal, velas (muchas), candil de aceite (backup) - Herramientas: pala plegable (para letrinas, porque la higiene importa incluso en lugares imposibles), cuerda resistente (veinte metros), navaja multiusos - Fuego: cerillas impermeabilizadas, mecheros (tres), yesca de emergencia - Ropa: térmica (dos mudas), capas múltiples, botas de repuesto, calcetines de lana (crítico) - Primeros auxilios: vendas, antiséptico, analgésicos - Varios: manta térmica, brújula (¿funcionará?), cuaderno y lápices (documentación)
Releyó la lista, mordiéndose el labio .
Parecía preparación para una expedición al Ártico, no para una casa que estaba a menos de una hora de camino desde la ciudad. Una casa que técnicamente no debería existir, vale, pero aún así.
La lista era absurda. Y absolutamente necesaria.
Su instinto —ese mismo instinto que le había mantenido vivo en la Casa cuando el pánico amenazaba con paralizarlo— le decía que era necesario. Cada ítem. Cada detalle.
Porque si algo había aprendido en sus veintiocho años de vida era esto: más vale parecer paranoico que morir por improvisar mal.
Dos horas más tarde, Articus estaba frente al escritorio de caoba del señor Magister Cornelius, intentando parecer un empleado normal que quería tomarse unas vacaciones normales por razones completamente normales.
No estaba funcionando muy bien. Probablemente las ojeras del tamaño de maletas y la cuarta taza de café en la mano no ayudaban.
—¿Un proyecto personal? —preguntó Magister Cornelius, arqueando una ceja poblada sobre sus gafas de lectura.
Era un hombre de sesenta y tantos años, con un rostro amable que recordaba a alguien que había sido guapo de joven y ahora era distinguido.
Siempre le había tenido aprecio paternal a Articus, valorando su capacidad para ver secuencias numéricas donde otros veían caos.
—Sí, señor —Articus mantuvo el tono profesional—. Un análisis complejo. Un modelo predictivo aplicado a sistemas cerrados con variables de alta fluctuación.
Usó deliberadamente la jerga que sabía desarmaría a su jefe. Palabras importantes, conectadas con confianza. El truco era sonar lo suficientemente técnico como para que no preguntara detalles.
—Necesito desconectar del flujo diario para concentrarme —continuó—. Entrar en inmersión profunda. No sé si me llevará dos semanas o un mes. Quizás más.
Magister Cornelius se quitó las gafas y las limpió con parsimonia usando un paño que guardaba específicamente para eso. Articus había visto ese gesto cientos de veces. Significaba que el hombre estaba pensando.
—Siempre me ha extrañado que no te quedaras en la universidad, Articus —dijo finalmente, volviendo a colocarse las gafas—. Tienes mente de investigador, no de contable. Desperdicias tu talento sumando columnas de números.
—Las columnas de números pagan el alquiler, señor.
—Touché. —Magister Cornelius suspiró y asintió—. Tienes días acumulados de sobra. Apenas has cogido vacaciones en tres años. Tómalos. Todo el tiempo que necesites.
Hizo una pausa, con una sonrisa torcida.
—Pero si descubres con ese proyecto tuyo la fórmula para llenar arcas, quiero crédito. Y un porcentaje.
—Trato hecho —dijo Articus, sintiendo que el primer nudo en su estómago se desataba. Una tarea completada. Dos más por delante.
Se levantó, estrechó la mano de Magister Cornelius —apretón firme, profesional— y salió de la oficina antes de que su jefe pudiera cambiar de opinión o hacer preguntas más específicas.
Como “¿qué tipo de sistema cerrado exactamente?” O “¿por qué pareces haber pasado la noche rodando cuesta abajo?”
El campus universitario era un hervidero de vida. Un ecosistema completamente diferente al de su oficina silenciosa.