La Casa de las Hojas Muertas 1.CAPÍTULO 1 LA GEOMETRÍA DEL OTOÑO #2
3%

1.CAPÍTULO 1 LA GEOMETRÍA DEL OTOÑO #2

Uno estaba abierto, como si hubiera sido consultado durante esa última comida interrumpida.

Articus sintió un impulso magnético. Extendió la mano y tocó la página.

El papel era grueso, de calidad. Las ilustraciones eran fascinantes: geometrías complejas, diagramas de flujos de energía que parecían moverse si los mirabas por el rabillo del ojo.

El texto era incomprensible, una escritura angular y fluida a la vez.

Y entonces lo sintió. Esa necesidad.

No era curiosidad académica normal. No era el interés casual de quien encuentra un objeto antiguo interesante.

Era algo más profundo, más visceral. Como hambre.

Como sed. Una compulsión que le apretaba el pecho y le susurraba que NECESITABA estos libros, que no podía irse sin ellos, que lo entendería todo si solo…

Se detuvo. Retiró la mano bruscamente.

Esto no es normal. Esta necesidad no es mía. ¿Por qué no estoy corriendo? ¿Por qué, en lugar de huir de esta casa imposible, estoy considerando robar libros que no puedo ni leer?

Dudó. Esto es un robo , le dijo su conciencia cívica. Esto es un descubrimiento , le respondió su intelecto. Nadie ha vivido aquí en décadas , añadió su lado práctico. Pero había una cuarta voz, más pequeña, más insistente: Algo te está manipulando.

Cerró el libro de golpe. Cogió ese y otro más que estaba apilado debajo, un tomo pesado encuadernado en cuero oscuro. Un tercer volumen, más pequeño y con ilustraciones que parecían anatómicas, completó su botín literario.

Incluso mientras lo hacía, una parte de su mente gritaba objeciones que él ignoraba con una facilidad que lo aterraba. Como si su cuerpo hubiera decidido actuar independientemente de su juicio.

Se los acomodó bajo el brazo, sintiendo su peso contra las costillas. Debían pesar unos tres kilos en total. Perfecto ejercicio cardiovascular: exploración de mansión embrujada con pesas incluidas.

Continuó. Pasillos largos, retratos al óleo tan oscurecidos por el tiempo que los rostros eran manchas borrosas.

Encontró los cuartos de la servidumbre. Estaban abiertos, pero vacíos.

Despojados. Quienquiera que viviera allí se había ido mucho antes que los señores de la casa, llevándose todo lo de valor.

Solo quedaban armazones de cama y armarios vacíos.

Subió a la planta superior. El dormitorio principal estaba abierto, la cama deshecha, las sábanas amarillentas. No quiso entrar. Había una intimidad violada en esa habitación que le repelía.

Siguió subiendo hasta la buhardilla.

Era un despacho. Había una mesa de estudio orientada hacia un ventanal circular. Articus se acercó al cristal. Esperaba ver el jardín, la verja, el camino.

Pero lo que vio le heló la sangre.

Los árboles. Eran muros. Muros de corteza y hojas que se alzaban cientos de metros, bloqueando el cielo, bloqueando el horizonte. Eran tan inmensos que su mente luchaba por procesar la escala. No dejaban ver nada más allá de ellos. Era como estar en el fondo de un pozo hecho de bosque.

La estancia estaba helada. Una sensación de alerta primitiva, la sensación de ser una presa observada por un depredador invisible, le recorrió la columna vertebral. Revisó el escritorio rápidamente: papeles en blanco, plumas secas. Nada.

—Vámonos —dijo en voz alta. Su voz sonó frágil.

Bajó las escaleras de dos en dos, con los libros apretados contra su cuerpo como un escudo. Llegó al recibidor. La luz estaba cambiando. Las sombras se alargaban. Se estaba haciendo tarde, mucho más rápido de lo que debería.

Razonó con frialdad: Este lugar no debería existir. No está en los mapas ni en mi realidad. No tengo comida, ni agua, ni abrigo para pasar la noche aquí. Porque cuando el universo decide fastidiarte, lo hace con estilo.

Salió de la casa, cruzó el jardín de malas hierbas y traspasó la verja. Los libros bajo su brazo se sentían cada vez más pesados. Quizás debería haber robado solo uno. O ninguno. O haber traído una mochila. Planificación, Articus. Esa es la clave.

—Solo tengo que volver —se dijo—. Desandar el camino. Fácil. Como cuando te pierdes en la plaza, pero con árboles gigantes y potencial muerte por hipotermia.

Llegó al punto donde el camino de la casa se unía al sendero del bosque. Se detuvo en seco.

El sendero proseguía hacia la oscuridad. No había bifurcación, ni cuesta, ni ciudad a lo lejos. El camino no desembocaba de donde él venía. La topografía había cambiado .

Articus giró sobre sí mismo, buscando una referencia, un árbol conocido, una piedra. Nada. El bosque era un laberinto de fractales idénticos.

Un miedo agudo, frío y metálico, se clavó en su pecho. La posibilidad de la muerte, no por un monstruo o un evento épico, sino por algo tan banal y terrible como la inanición y la hipotermia, se hizo real. Voy a morir aquí. Nadie sabrá dónde estoy porque no estoy en ningún sitio.

Mi epitafio dirá: “Murió por curioso. Y por idiota. Principalmente por idiota.”

Su respiración se aceleró. El pánico amenazaba con nublar su juicio, y su juicio ya estaba bastante cuestionable desde que había decidido entrar a una casa abandonada en un bosque imposible.

—No —se obligó a decir. Cerró los ojos con fuerza—. Piensa. Analiza. No te mueras como un protagonista de segunda.

Respiró hondo. El aire frío le quemó los pulmones, pero también le despejó la mente.

Recordó los libros bajo su brazo. Recordó la lógica. Si había entrado, había una salida. Había sido una transición perceptiva.

—Mantén la calma. Analiza.

Se obligó a ignorar la visión de los árboles gigantes. Miró hacia el suelo, reduciendo su mundo a un metro cuadrado de tierra y hojas.

—El olor —susurró.

Buscó en su memoria sensorial. El olor a manzana y canela. Tenía que encontrar el hilo de Ariadna olfativo. Se concentró. Bloqueó el miedo, bloqueó el frío, bloqueó el ruido de su propio corazón.

Visualizó el camino de vuelta. Visualizó el sendero conocido. Visualizó el olor.

Al principio, solo olió moho. Pero luego, débilmente, una nota dulce. Canela. Se aferró a ella mentalmente y dio un paso. Luego otro. La concentración se volvió absoluta, dolorosa. Estaba forzando a la realidad a encajar de nuevo en sus parámetros .

Y entonces, el sonido volvió. Un trino.

Abrió los ojos.

La luz era dorada. Los árboles tenían proporciones humanas. A lo lejos, el murmullo distante de la ciudad era la música más hermosa que había escuchado jamás.

Estaba de vuelta.

Articus soltó el aire que no sabía que estaba reteniendo en una exhalación temblorosa. Sus piernas flaquearon por un segundo, pero se sostuvo.

Palmeó el costado. Los libros. Seguían ahí, sólidos y pesados bajo su brazo. Había traído algo de allí. Prueba física de que no estaba completamente loco. O prueba de que estaba más loco de lo que pensaba. El jurado aún deliberaba sobre ese punto.

Inició un camino veloz, casi una marcha forzada, de vuelta a la seguridad de su hogar. No miró atrás. No quería ver si la verja seguía allí. Suficientes traumas por hoy, gracias.

Sus botas golpeaban el sendero con urgencia. Cada paso que lo alejaba de aquel lugar era un alivio. El bosque normal —su bosque, con árboles de tamaño razonable y una ausencia refrescante de mansiones imposibles— nunca le había parecido tan acogedor.

Mientras la silueta de su edificio aparecía tras la loma, una certeza se asentó en su mente, pesada como los tomos que cargaba.

—Va a ser una larga noche —pensó—. Voy a necesitar todo el café. Todo.

Aceleró el paso. Tenía libros que estudiar, realidad que cuestionar, y probablemente una crisis existencial que procesar. Pero primero: café. Mucho café.

La taberna de Grimwald apenas empezaba a abrir cuando pasó junto a ella. Grimwald levantaba los postigos para los primeros canteros. ¿Cuánto tiempo había estado en ese lugar? El sol apenas había avanzado en el cielo. No podía haber pasado más de una hora desde que había salido .

Poco más de una hora. Eso era todo. Había explorado una mansión imposible, cruzado… algo, y casi muerto de pánico, todo en el tiempo que normalmente tardaba en tomarse un café tranquilo.

—Eficiencia —murmuró—. Soy la imagen misma de la eficiencia.

Llegó a su edificio y subió las escaleras de dos en dos. Sus vecinos probablemente dormían aún, ajenos al hecho de que la realidad era aparentemente negociable si sabías dónde presionar.

Abrió la puerta de su vivienda y se encontró con el orden familiar de su hogar. Todo estaba exactamente donde lo había dejado. La taza de café de la mañana aún en el fregadero. La tostadora con migas.

Depositó los tres libros sobre la mesa del comedor con un golpe seco que resonó en el silencio. Los miró fijamente, como si fueran una bomba sin detonar.

Lo eran, en cierto modo.

Fin del Capítulo 1