La Casa de las Hojas Muertas
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1.CAPÍTULO 1 LA GEOMETRÍA DEL OTOÑO
Capítulo I
La somnolencia se disipó con lentitud, como el humo que se eleva sin prisa.
Articus, aún bajo el efecto de un sueño pesado, abrió los ojos ante la penumbra grisácea de la mañana.
La luz filtrada por la ventana le indicaba que era una hora prudente para levantarse, repitiendo el ciclo al que su cuerpo respondía por pura costumbre.
Se revolvió bajo el edredón, todavía arropado por los últimos espíritus del sueño, sintiendo el crujido de las articulaciones, una señal molesta de que era hora de moverse.
Cuando finalmente echó los pies al suelo, el frío de la madera le recorrió la planta y lo espabiló de golpe.
La casa aún mantenía el aire helado de la noche, un recordatorio agudo de la estación.
Su rutina fue metódica. Ducha caliente, vapor empañando el espejo, el olor aséptico del jabón.
Se vistió con ropa que encontraba funcional y cómoda: pantalones cargo con costuras reforzadas, una camiseta térmica gris y un jersey de lana gruesa que picaba ligeramente en el cuello, una sensación que le ayudaba a mantenerse alerta.
En la cocina, el ritual continuó con la precisión de un alquimista. Molió el grano de café —treinta segundos exactos— y preparó la prensa francesa. Mientras el café reposaba, puso una rebanada de pan rústico en la tostadora.
El olor a café recién hecho y pan tostado llenó la cocina. Perfecto. Ahora solo necesito tres tazas más y estaré funcional , pensó mientras se servía la primera. O cuatro. ¿Cuántas cafeteras puede uno tomarse antes de que su corazón decida jubilarse anticipadamente?
Comió de pie, mirando por la ventana hacia el bosque. La luz del sol empezaba a luchar contra las sombras largas de la mañana, creando un espectáculo de claroscuros que casi justificaba madrugar. Casi.
Se puso la chaqueta y salió a la calle.
El aire exterior era distinto. Frío y limpio.
Era una bonita mañana de otoño, de esas que parecen pintadas por un artista obsesionado con los ocres y los dorados.
Las hojas cubrían el suelo formando un mosaico caótico que crujía bajo sus botas de montaña.
Articus ajustó el cuello de su chaqueta y comenzó a subir la cuesta.
Vivía en el límite. Su barrio era el último bastión de piedra y mortero antes de que la ciudad se rindiera ante la naturaleza. Él lo llamaba “La Última Frontera de la Humanidad”, lo cual sonaba dramático y épico. En realidad era simplemente El Confín, pero “Última Frontera” tenía más estilo.
A su espalda, el orden cuadriculado de la civilización: calles empedradas, farolas que se encendían con puntualidad variable, y la taberna de Grimwald que abría al alba para los canteros y carpinteros.
Frente a él, la anarquía biológica del bosque: árboles, bichos, y ocasionalmente algún viajero perdido.
Cruzó el umbral invisible donde el empedrado se transformaba en tierra compacta. Adiós civilización, hola naturaleza. Nos vemos en una hora, o cuando me aburra, lo que ocurra primero.
El bosque lo recibió con indiferencia, como siempre.
Inició su paseo por la zona más frondosa, donde los robles antiguos entrelazaban sus ramas formando una bóveda natural.
La luz del sol se filtraba en haces definidos, iluminando el polvo en suspensión como si fueran partículas de oro flotante.
Percibió el manto de hojas en el suelo, más denso de lo normal, ocultando las raíces traicioneras.
Articus caminaba con un ritmo constante, sus ojos escaneando el entorno.
Un trino tímido de pájaros puntuaba el silencio, unas alegres notas que endulzaban el entorno.
Se detuvo un momento para agacharse y examinar un grupo de setas que brotaban junto a un tronco caído; sus sombreros eran de un rojo violento, una advertencia evolutiva.
Una ardilla, nerviosa y eléctrica, cruzó su campo de visión y desapareció tronco arriba.
Posiblemente consuma más café que yo, pensó con una sonrisa.
Todo era normal. Hasta que dejó de serlo.
El cambio no fue abrupto. Fue una transición imperceptible lenta y fluida, tan sutil que una mente menos analítica lo habría pasado por alto.
Primero fue la luz. A medida que avanzaba, el entorno se volvió menos luminoso, pero no porque el sol se hubiera ocultado tras una nube.
Era como si la propia cualidad del aire hubiera cambiado, volviéndose más densa, refractando la luz de manera distinta.
El camino, que hasta hacía unos metros era un sendero estrecho apenas marcado, empezó a parecer más amplio.
Articus se detuvo. Miró a los árboles.
—Imposible —murmuró.
Los árboles parecían misteriosamente más grandes.
No solo más altos, sino más anchos, con una corteza que parecía tener una textura demasiado profunda, demasiado detallada, como un grabado hiperrealista.
El tramo del sendero ante él se hundía en una oscuridad que no debería existir a esa hora de la mañana.
Vale. Opción uno: me he perdido y estoy en otra parte del bosque. Opción dos: necesitaba esa cuarta taza de café y estoy alucinando. Opción tres: algo raro está pasando.
Apostaba por la tres. Lo cual, irónicamente, era la opción menos tranquilizadora.
Siguió andando, pero ahora su paso era cauteloso. Su atención se desplazó al suelo. Las hojas… eran enormes. Algunas del tamaño de bandejas. Y entonces, lo olió.
No era el olor a humedad y tierra podrida típico del otoño .
Era manzana y canela. Un olor dulce, especiado, casi artificial en su perfección, como el interior de una pastelería caliente en invierno.
Se concentró en aquel olor.
Se aferró a ese olor. Lo usó como un ancla. Dejó que el resto de sus sentidos se subordinaran al olfato. La concentración se volvió un trance, un estado de hiperfocalización donde el ruido de sus propios pensamientos se apagó.
Y el mundo se estiró.
De repente, se dio cuenta de que algo había cambiado. Ya no estaba en el bosque que limitaba con su ciudad. Los árboles eran pilares titánicos que sostenían un cielo que apenas podía vislumbrar. El camino era una calzada antigua devorada por el musgo.
Y al final del camino, rompiendo la monotonía verde y marrón, se alzaba la estructura.
Una casa imponente. Señorial. Antigua.
No pertenecía a esta época, ni a este lugar. Estaba cercada por una vieja verja de hierro forjado, oxidada y retorcida en formas que sugerían espinas y enredaderas. La puerta de la verja estaba entreabierta, una invitación… o una trampa.
Articus se aproximó despacio. Lo primero que notó fue el silencio. El trino de los pájaros había cesado por completo. No había viento. El mundo parecía estar conteniendo la respiración.
Se detuvo en la entrada de la finca, aferrando los barrotes fríos de la verja.
—¿Buenos días? —su voz salió rasposa—. ¿Hay alguien?
El silencio se tragó sus palabras. Esperó diez segundos. Veinte. Nada.
Esto es exactamente como empiezan las historias de terror , pensó. Viajero encuentra casa misteriosa. Viajero entra. Viajero muere horriblemente. Y nadie aprende la lección.
Pero aquí estaba lo extraño: debería estar huyendo.
Cualquier persona sensata habría dado media vuelta al ver esos árboles imposibles.
Cualquier persona con un mínimo de instinto de supervivencia habría corrido de vuelta a la ciudad en cuanto olió ese aroma antinatural a pastelería en medio del bosque.
Y sin embargo, sus pies lo llevaban hacia adelante. Como si algo tirara de él con hilos invisibles.
Impulsado por una curiosidad que pesaba considerablemente más que su instinto de supervivencia —una curiosidad que no se sentía del todo suya— cruzó el umbral.
El jardín delantero era un cementerio de plantas ornamentales estranguladas por malas hierbas que crecían sin control, alcanzando su cintura. Hierbajos que probablemente tenían más éxito en la vida que él.
Miró hacia las ventanas de la planta baja. Cristales oscuros, sucios, que reflejaban su propia silueta distorsionada. No se percibía movimiento dentro.
—¡Hola! —gritó de nuevo, más fuerte. El eco murió rápidamente, absorbido por la vegetación.
Se acercó a la puerta principal. Era de madera maciza, negra, con un picaporte de bronce en forma de cabeza de león. Llamó con los nudillos. Toc, toc, toc. El sonido fue sólido, real.
Empujó el picaporte. El mecanismo protestó, pero giró. La puerta cedió con un gemido de bisagras desgastadas.
Articus dio un paso hacia el interior y el olor cambió drásticamente. El aroma a canela del exterior desapareció, reemplazado por el olor estancado del polvo antiguo y la madera seca.
El vestíbulo era impresionante. Una escalera de doble tramo subía hacia la oscuridad de la planta superior.
Un gran ventanal, sucio por años de abandono, dejaba entrar haces de luz grisácea que iluminaban motas de polvo bailando en el aire estancado como estrellas microscópicas.
Era la arquitectura de una mansión olvidada, congelada en el tiempo .
Miró hacia la puerta abierta a sus espaldas, nervioso. Debería irme , pensó. Pero sus pies lo llevaron hacia adelante.
Inspeccionó la planta inferior. Probó varios pomos. Cerrado. Cerrado. Cerrado. La casa parecía rechazarlo, protegiendo sus secretos.
Finalmente, una puerta cedió. La cocina.
El olor aquí era diferente, nauseabundo. Un matiz de podredumbre dulce que le hizo arrepentirse inmediatamente de haber desayunado. Sobre una mesa de preparación central, enorme y robusta, había un plato de porcelana fina. Articus se acercó, conteniendo la respiración.
Había restos de comida, moho verde y blanco creciendo sobre lo que alguna vez fue un guiso. A medio comer. Como si el comensal se hubiera levantado a toda prisa y nunca hubiera vuelto.
Genial. Casa abandonada, comida podrida, silencio sepulcral. Si aparece un fantasma ahora, oficialmente renuncio a los paseos matutinos.
Y junto al plato, los libros.
Eran incongruentes. No tenían polvo. En una casa donde todo estaba cubierto por capas de abandono, estos libros parecían recién colocados.