La casa de las diosas caídas (Las Lunares 1) Siempre hay una historia B #2
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Siempre hay una historia B #2

Tomó a Alex por el brazo con suavidad, la llevó hacia atrás y se colocó delante de ella.

Luego apoyó la mano libre en la puerta y la empujó con cuidado antes de cruzar el umbral.

Lo primero que vieron sus ojos, antes incluso que la vetusta escalera o la araña polvorienta que colgaba del techo del vestíbulo, fue un reguero oscuro sobre las tablas del suelo.

Manaba desde una habitación situada al otro extremo del vestíbulo y se extendía por la madera hasta casi alcanzar la puerta de entrada. El color era inconfundible. Sangre.

Alzó la carabina con ambas manos y, esta vez, se concentró en la técnica: el dedo fuera del gatillo hasta el último segundo, la culata bien encajada en el hombro, respirar antes de disparar.

Sujetó el guardamanos con los nudillos tensos y avanzó despacio a través del vestíbulo, manteniendo el arma paralela al suelo.

Alex caminaba tan pegada a su espalda que podía sentir su aliento rozándole la nuca.

Al llegar a la puerta del fondo, se detuvo un segundo y se asomó con cautela.

Al otro lado la esperaba el horror: un hombre yacía en el suelo, boca arriba y destrozado.

Apenas quedaba nada reconocible; parecía que algo lo había devorado.

Zoe apretó los labios y tragó en seco para contener la arcada que le subía por la garganta.

—Empiezo a pensar que traer la carabina ha sido una gran idea —dijo Alex.

—Es quien creo que es, ¿no?

Una voz respondió a sus espaldas.

—Si te refieres a Abel Astruc, sí. Has acertado.

Las dos se volvieron al mismo tiempo, sobresaltadas. En el umbral, apoyado en el marco de la puerta, estaba Luca Astruc, con el rostro pálido hasta lo enfermizo y profundas ojeras marcándole los ojos. Su ropa estaba empapada de sangre. No había que esforzarse mucho para saber de quién era.

—No tendríais que haber venido —dijo Luca.

La puerta de la California se abrió de golpe y Dalia se giró, cuchillo en alto, preparada para apuñalar a Casandra en cuanto entrara.

—Baja eso, no seas idiota —dijo Casandra desde el exterior.

Un segundo después apareció en el marco de la puerta, empapada; el agua le corría por el pelo, por la ropa y por la correa del bolso raído que llevaba al hombro, abultado de cosas.

—No pienso soltar el cuchillo —espetó Dalia.

Casandra alzó una ceja.

—Pues agárralo bien, no vaya a ser que termines clavándotelo en el pie.

Entró sin prisa, cerró la puerta con el talón y avanzó hasta la pequeña encimera, dejó el bolso sobre la superficie y el agua empezó a gotear al suelo, formando charcos a su alrededor.

—En esta época del año cuesta encontrar artemisa fresca —murmuró mientras sacaba del bolso un puñado de ramas finas y hojas verdes, todavía húmedas—, pero si sabes dónde buscar, siempre puedes coger un poco.

Dalia frunció el ceño y agitó el cuchillo para que la Hierbas no olvidara quién mandaba allí.

Casandra dejó el manojo sobre la mesa y se quitó la chaqueta mojada con un suspiro.

—La artemisa es antiinflamatoria y analgésica, sirve para las torceduras —explicó.

De un compartimento que había bajo la encimera sacó un mortero de cerámica, donde colocó el manojo de hierbas, y empezó a machacarlas con movimientos circulares y firmes hasta que el aire se impregnó de un aroma intenso, a la vez amargo y terroso.

—¿Qué piensas hacer con eso? —preguntó Dalia.

—¿A ti qué te parece? A ver, adivina. —Aumentó el ritmo, machacando las hojas con fuerza—.

No es que me encante, que quede claro, pero cuando una sabe ciertas cosas tiene la maldita obligación de ponerlas en práctica, aunque sea con gente que no se lo merece.

Y cuando hablo de gente que no se lo merece me refiero a ti. Túmbate.

Dalia no pensaba tumbarse, y mucho menos iba a tolerar que Casandra le pusiera una mano encima. Con sigilo, se deslizó hacia el borde del colchón e intentó acercarse a la puerta sin hacer ruido.

El gato apareció de debajo del asiento y se le cruzó; se quedó plantado delante de ella, con la cola erguida y el lomo arqueado, y soltó un bufido.

—Ten cuidado, el puñetero gato es peligroso —dijo Casandra sin volverse—. Ha estado a punto de sacarme un ojo al menos media docena de veces, y eso solo este año. Tiene muy mal genio.

—¿Cómo se llama? —preguntó Dalia, estirando disimuladamente el brazo hacia la manilla de la puerta mientras intentaba mantener al gato a raya y procuraba a la vez no perder el equilibrio.

—No se llama de ningún modo. ¿Para qué? Los gatos nunca acuden cuando los llamas, no tiene sentido ponerles nombre.

—Tampoco le haría daño. ¿Crees que puedo irme?

Casandra dejó de machacar hierbas y levantó el mortero. Acercó la pasta verde a la nariz y aspiró. El olor amargo y terroso de la artemisa recién triturada le llenó los pulmones. Sonrió satisfecha.

—Por mí márchate ahora mismo —dijo encogiéndose de hombros—, la puerta está ahí y no voy a detenerte. He salido a la lluvia, he buscado la hierba y he preparado el emplaste. He hecho lo que tenía que hacer, tú haz lo que te dé la gana.

Dalia no estaba acostumbrada a que la trataran de ese modo.

En Aurora, su presencia solía provocar un terremoto de reacciones: envidia, deseo o incluso odio, pero jamás indiferencia.

Pero la indiferencia de Casandra era algo nuevo y profundamente irritante.

Se volvió hacia la ventanilla. Marcharse no parecía una buena idea con la que estaba cayendo allá afuera.

Regresó a la cama cojeando y dejó caer el cuchillo a un lado del colchón.

Casandra sacó una toalla limpia de un compartimento de debajo de la cama y se arrodilló para limpiarle el pie a Dalia. Luego aplicó el emplaste de artemisa sobre una gasa, lo colocó sobre la hinchazón y lo envolvió con una venda elástica.

—Ya lo tienes —dijo poniéndose en pie—. No va a hacer milagros, pero al menos te servirá hasta que puedan hacerte una radiografía. No creo que lo tengas roto..., aunque, oye, haz lo que te dé la gana. No soy tu madre.

—¿Y ahora qué? —preguntó Dalia.

—Ahora nada. Esperaremos a que amaine y te llevaré a tu casa —respondió Casandra mientras se sacudía el pantalón mojado—. Es lo que le prometí a Hécate.

Dalia se enderezó al oír el nombre de Hécate.

—¿Has mencionado a Hécate? ¿A Eca? ¿Qué tiene que ver Eca con esto?

Casandra resopló y puso los ojos en blanco.

—¿Qué tiene que ver Eca con esto? —repitió Casandra con un tono de niña mimada ofensivamente similar al de Dalia—. ¿Quién crees tú que me mandó a buscaros, alma de cántaro? ¿Crees que lo hice por vocación humanitaria? ¿Crees que tengo un interés especial en salvarte a ti, precisamente?

Aquella mujer era insufrible, pero Dalia necesitaba entender qué estaba pasando, así que ignoró sus burlas y se centró en sonsacarle información.

—¿Y tú de qué conoces a Eca? —preguntó—. ¿Y por qué tienes su medallón, si puede saberse?

Casandra la miró con impaciencia.

—¿Quieres saber de qué conozco a Eca? —repitió Casandra—.

Pues lo siento por ti, pero es una larga historia y no tengo permiso para contarla.

Solo te diré una cosa para ahorrarte teorías estúpidas: ese medallón, que sí, que es exactamente igual que el suyo, me lo hizo ella. Puedes creértelo o no, que igual me da.

—¿Y para qué haría Eca algo así? —preguntó Dalia escéptica—. ¿Fue un regalo de cumpleaños o qué?

Casandra vació la pasta del mortero en una bolsa de plástico y empezó a limpiar el cuenco con un trapo, como si la pregunta no mereciera respuesta.

—¡Casandra! —exclamó Dalia.

La mujer alzó la vista.

—No fue un regalo de cumpleaños, me lo dio para que las protegiera, a ella y al resto.

—¿Protegerlas de qué? —preguntó Dalia.

Casandra alzó la cabeza y soltó un suspiro de exasperación, dando a entender que la pregunta le parecía tan obvia que ni siquiera merecía respuesta.

—De cosas como la que esta noche ha matado a Velia, ¿vale? Se supone que es mi función, pero esta vez me equivoqué, llegué tarde. O no lo vi. No puedo estar en todas partes, joder.

—¿Y qué clase de protección podría darles alguien como tú?

Casandra dejó el trapo, apartó el mortero y, sin brusquedad, tomó el cuchillo que Dalia había dejado sobre el colchón. Lo sostuvo a la altura del pecho; la hoja recogió la luz gris que entraba por el parabrisas y la devolvió con un destello.

Después dijo, con absoluta neutralidad:

—Deberías saber que soy muy rápida degollando gallitas soberbias como tú.

Dalia no se movió. Siguió la hoja con la mirada hasta que Casandra bajó el cuchillo y lo guardó dentro de un cajón.

—¿Dónde están Zoe y Alex? —preguntó Casandra entonces.

—Han ido a buscar a Luca —contestó Dalia con un hilo de voz— a la casa de mi bisabuelo.

—Idiotas.

Casandra apretó la mandíbula y cerró los ojos.

—¿Eca también te pidió que las recogieras? —preguntó Dalia—. ¿Qué es esto?, ¿un bus escolar?

Casandra rio, pero en su risa no había ni una sola nota de humor.

—No, solo me pidió que te buscara a ti porque eres el centro del universo —contestó—. Pues claro que también tenía que ir a buscarlas. Ese era el plan, llevaros a las tres de vuelta a casa sanas y salvas. Pero les he fallado a las Tías... Soy la peor.

Dalia sintió una pizca de compasión por ella. Una compasión totalmente involuntaria y tenue que se evaporó enseguida (y que, clarísimamente , negaría hasta el fin de los días).

—Ya. Se ve que hoy no es nuestro día de suerte —dijo Dalia.

—No, no lo es —murmuró Casandra—. Pero mira el lado bueno, has ampliado tu rango de experiencias: ahora estás empezando a entender cómo es vivir sin el Brillo.

Dalia la miró de arriba abajo.

—Así que, además de saber quiénes son las Tías, también sabes lo del Brillo —dijo—. ¿Qué más?

—Sé lo suficiente.

Dalia entornó los ojos. Decidió ponerla a prueba.

—A ver. ¿Qué es el Brillo?

Casandra apoyó las manos en la encimera.

—No pienso contestarte algo que tú y yo sabemos de sobra.

Dalia sostuvo su mirada un segundo más.

—¿Y Valentín Astruc? —tanteó.

Al escuchar ese nombre, Casandra se erizó como su gato, chasqueó la lengua y escupió al suelo.

—No pronuncies ese nombre —dijo cortante.

—¿Por qué?