Siempre hay una historia B #3
—Porque no me gusta escucharlo.
—¿No te gusta escucharlo?, mira tú qué bien —soltó Dalia—. ¿Y por qué?
Casandra pasó a la cabina y se dejó caer en el asiento del conductor; el muelle crujió bajo su peso.
—No quiero hablar de eso —dijo mientras buscaba la llave en el bolsillo—. Prometí no hacerlo.
—¿A quién se lo prometiste?
—A Ishtar. A las Tías.
—No lo entiendo —dijo Dalia.
—Claro que no lo entiendes.
Giró la llave de contacto y el motor arrancó tras un quejido. Antes de meter la marcha, se volvió y la miró por encima del hombro.
—Solo te voy a decir una cosa, Dalia: siempre hay una historia B. Y si fueras un poco más lista, ya te habrías dado cuenta.
—¿Qué ha pasado aquí? —preguntó Alex.
Luca hizo un gesto vago con la mano en dirección al cadáver de su padre.
—¿Te refieres a eso? Ha sido un accidente. Sí, un accidente.
—No tiene pinta de accidente, pero tú sí tienes toda la pinta de ser un maldito psicópata —dijo Zoe.
Zoe apretaba la carabina con tanta fuerza que los nudillos se le habían quedado blancos. En cualquier otra circunstancia —antes de que todo se fuera a la mierda—, Alex le habría pedido que bajara el arma. Pero verla apuntando a Luca resultaba inquietantemente tranquilizador.
—Es verdad, no ha sido un accidente —dijo—, tenéis razón. Pero me cuesta llamarlo desgracia . Ya sabéis lo traumáticas que pueden ser algunas relaciones entre padres e hijos. O, al menos, la de mi padre y la mía.
Luca se sacudió con una risa aguda y espasmódica.
A Alex se le heló la sangre. Ese no era el chico que conocía.
Bajo la luz mortecina que entraba por la ventana, empapado en la sangre de su propio padre, parecía un lunático.
Y quizá lo era. Todo en él decía: «Aléjate.
Sal corriendo». De hecho, tuvo que contener el impulso de agarrar a Zoe y huir.
Pero se obligó a quedarse, porque Luca seguía siendo su única opción.
Si querían arreglar aquel desastre, necesitaban que colaborara.
Y, si no estaba dispuesto a hacerlo por las buenas, tendrían que obligarlo por las malas.
—Luca... —dijo Alex a la vez que daba un cauteloso y temeroso paso hacia adelante.
Con el rabillo del ojo vio a Zoe corregir la puntería. Sin apartar la vista de Luca, alzó una mano hacia ella, pidiéndole calma. Le daba miedo que se le deslizara el dedo sobre el gatillo y disparara sin querer.
—Aún podemos arreglar esto —continuó Alex—. Evitar que muera más gente. ¿Vale? Pero tienes que ayudarnos. Vi la vela en el centro del Stróphalos. Sé que fuiste tú quien invocó a Tércot. Por eso estamos aquí. Tienes que ayudarnos a resolver esto antes de que sea demasiado tarde.
—¿Ayudaros a qué? —preguntó él.
—A devolver a Tércot al lugar del que ha salido. Si has sido lo bastante listo para dejarlo entrar, también tienes que serlo para saber cómo echarlo.
—No me hables como si fuera idiota —dijo Luca—. No necesito que me digas lo que soy capaz de hacer.
Por fin asomaba el Luca que ella conocía: mordaz, seguro de sí mismo, irritante en su superioridad. Con ese, al menos, Alex sabía a qué atenerse.
—No estoy dudando de lo listo que eres —replicó—. Estoy dudando de las decisiones que has tomado, que no es lo mismo.
—¿Y por qué no me preguntas por qué lo he hecho? —replicó con desdén—. Esa parte nunca interesa, ¿verdad?, pero es la más jugosa. No creerás que me he pasado media vida intentando invocar a Tércot por capricho.
—No, no lo creo —respondió Alex sosteniéndole la mirada—, pero ahora mismo no es lo importante.
—¡Claro que lo es! —estalló Luca—. ¡Es lo único que importa! ¿Tienes idea de lo que me ha costado llegar hasta aquí? ¿De todo lo que he tenido que sacrificar?
Luca dio unos pasos en dirección a Alex.
—No te acerques a ella —dijo Zoe sin pestañear.
Él se detuvo. Luego sonrió.
—Tranquila —dijo mientras alzaba las manos despacio—. ¿Lo ves? No voy a haceros nada.
Extendió las manos frente a ellas. La sangre le cubría hasta las muñecas, espesa y aún brillante, como si llevara guantes de color carmín. Alex y Zoe intercambiaron una rápida mirada.
—Ahora baja el arma —le dijo Luca a Zoe—. No vas a dispararme, así que ahórrate el numerito.
—Estás muy equivocado —respondió Zoe—. Si hay algo que ahora mismo me apetece de verdad, es apretar el gatillo.
—Zoe —susurró Alex—, por favor, baja el arma.
Zoe no le hizo caso. Mantuvo la puntería fija en el centro del pecho de Luca, sin bajar la carabina. Durante un segundo, ninguno de los tres se movió. Entonces Luca dejó caer una de las manos y la deslizó hacia el bolsillo del pantalón.
—Luca... —empezó a decir Alex.
Cuando la sacó, llevaba algo apretado en el puño. Un reflejo metálico vibró bajo la luz: un destornillador.
—¿Qué piensas hacer con...? —dijo Alex.
Luca hizo un movimiento brusco y ambiguo, como si fuera a lanzarse sobre ellas...
o tal vez solo quisiera asustarlas. Fuera lo que fuese, no hubo tiempo de averiguarlo.
Antes de que pudiera hacer nada más, Zoe apretó el gatillo.
El disparo estalló dentro de la casa. Luca se estremeció, dio un paso en falso y cayó hacia atrás.