Siempre hay una historia B
Siempre hay una historia B
Estaba tan oscuro que Dalia no veía nada, aunque tenía los ojos abiertos. La cabeza le palpitaba con violencia; el dolor le subía desde la nuca hasta las sienes y golpeaba por dentro, rítmico e insistente.
«Estoy enterrada viva», pensó, enterrada bajo el alud de escombros que se había desprendido por la ladera de la colina. Y así iba a morir: atrapada, sola y sin aire. Una muerte horrible. De las lentas.
Intentó mover las manos un par de centímetros con cuidado, con mucho cuidado, pues temía que cualquier movimiento, por mínimo que fuera, hiciera ceder el peso de la montaña sobre ella.
Nada.
Volvió a mover los dedos con un poco más de seguridad, y esta vez sus yemas rozaron la textura suave y cálida de una manta.
Durante unos segundos creyó que la falta de oxígeno la había llevado al delirio, pero después de ese primer desconcierto entendió que no estaba tumbada bajo un alud, sino en una cama estrecha.
Sus ojos, ya adaptados a la penumbra, distinguieron los contornos reconocibles de un gato horrible y gordo que descansaba sobre su pecho.
En cierto modo, tener sobre el pecho un gato horrible y gordo era peor que estar enterrada viva en mitad del bosque. Odiaba los gatos, y le provocaban alergia. En cuanto empezó a estornudar, el gato se irguió sobre las cuatro patas, se estiró con toda la calma y saltó al suelo.
—¿Dónde estoy? —murmuró para sí.
La lluvia retumbaba sobre una superficie metálica, envolvente y constante; la tormenta parecía descargarse justo encima. No sentía frío ni humedad. Estaba a cubierto.
Distinguió a la derecha el rectángulo pálido de una especie de ventana pequeña y la cuerda de una cortina enrollable. Sin pensarlo mucho, tiró de ella.
La luz reveló el interior de una vieja California y Dalia supo exactamente dónde estaba. Aquel asqueroso cuchitril solo podía pertenecer a una persona.
Casandra la Hierbas.
Le volvió el recuerdo de unos brazos firmes alzándola del suelo después de rodar por la pendiente. Así que su salvadora había sido Casandra. Dios, no sabía si no habría preferido quedarse enterrada en el bosque.
Apartó la manta, y, al intentar apoyar el pie en el suelo, un latigazo de dolor le subió hasta el pecho y la dejó sin aliento. Tenía el tobillo hinchado, deforme, y de un horrible tono violáceo que no auguraba nada bueno.
Se sujetó al borde de la cama y desde allí fue a pata coja a la parte delantera de la California.
El cristal del parabrisas delantero estaba cubierto por un parasol plateado.
Dalia le dio un tirón y se abrió ante ella la vista del Mirador.
Más allá del borde del risco, el mar se alzaba inmenso, gris y denso como un muro de cemento.
El gato se enroscó entre sus piernas. Dalia tuvo la tentación de apartarlo de una patada, pero recordó que apenas podía sostenerse sobre el pie herido. Se limitó a empujarlo con la punta del zapato. El gato se apartó un instante y volvió a rozarle las piernas.
—Vete de aquí.
El animal no le hizo ni caso. Siguió enroscándose y ronroneando.
—Maldito bicho... ¿De qué te alimentas para estar así de gordo?, ¿de otros gatos?
Ignorando el dolor punzante de su tobillo, Dalia decidió que necesitaba salir de la furgoneta inmediatamente .
Además de la alergia, no estaba hecha para los lugares pequeños y cerrados.
Su vida había sido diseñada para los pasillos largos y los altos techos de las mansiones de Los Altos.
El bar El Túnel era lo más parecido a un lugar estrecho que conocía, joder.
Probó primero la puerta lateral corredera y tiró del asa con fuerza, pero no cedió.
Se inclinó hacia delante y estiró el brazo hasta una de las puertas delanteras; también estaba cerrada.
Giró sobre sí misma, apoyándose en los muebles para no perder el equilibrio, y empujó el portón trasero.
Nada. Todas las puertas de la California estaban cerradas por fuera.
Volvió a la cama y se sentó. El dolor de cabeza se había aliviado un poco, lo justo para permitirle ordenar los pensamientos.
Recapituló la situación: estaba dentro de la California de Casandra con las puertas cerradas por fuera .
La idea cayó en su mente poco a poco, como una piedra hundiéndose en un lago, y llegó a la única conclusión posible.
Tachó mentalmente la palabra salvadora que había escrito junto al nombre de Casandra y la reemplazó por otra.
Secuestradora .
Casandra la Hierbas la había secuestrado.
Eso era lo que había pasado, tenía toda la lógica.
¿Acaso no había escuchado mil veces a su madre decir que esa mujer era una lunática peligrosa obsesionada con los árboles, las setas y quién sabía qué más?
Además, el día anterior habían tenido un encontronazo que, seguramente, Casandra había interpretado como una declaración de guerra.
Y ahora, tachán , la vengativa recolectora de romero se la había llevado.
La situación le resultaba ridícula, increíble y absurda. Pero, con todo, cierta.
En otro momento de su vida, la idea del secuestro habría tenido su gracia.
Incluso habría sabido sacarle partido. Podía imaginarse a su madre y a su tío moviendo hilos y pagando cifras indecentes por su rescate; a los secuestradores llevándola de noche a algún descampado para el intercambio y a uno de ellos —joven, guapo y con una vocación repentina por la traición— ayudándola a escapar.
Pero ahora, sin el Brillo..., ¿quién iba a pagar por ella?
«Terminarás abriéndote de piernas por...»
A la mierda con su estúpida madre. Quizá ya no tuviera el Brillo, pero todavía tenía dos brazos funcionales y una cantidad respetable de rabia acumulada, y, si encontraba entre la basura de Casandra un objeto lo suficientemente pesado, tal vez podía partirle la crisma a esa vieja bruja en cuanto asomara por la puerta.
Echó un vistazo alrededor. A un lado, contra la pared, un hornillo de gas empotrado, una encimera de madera y, sobre ella, una hilera de ollas y sartenes de todos los tamaños y un manojo de plantas secas de romero, salvia, hierba de San Juan y otras que olían fatal.
«Eres toda una chef. La chef de la mugre.»
Encontró lo que buscaba en uno de los pequeños cajones de la encimera. Cuchillos, muchos cuchillos. Cogió uno de tamaño medio pero de buen filo y lo blandió como una espada. No pensaba convertirse en asesina, claro, pero tal vez podría intimidar a Casandra lo suficiente como para escapar.
Entonces algo más llamó su atención.
Dos cosas, en realidad.
Junto a la cocina, sobre una mesita abatible atornillada a la pared, descansaban una libreta de tapas negras, un bolígrafo, una taza y un pequeño objeto metálico. Dalia se fijó en la libreta, abierta por una página cubierta de anotaciones en una caligrafía fluida y elegante.
Entonces su mirada resbaló hacia el segundo objeto, que brillaba bajo la escasa luz que entraba por las ventanillas de la furgoneta. Por un instante creyó que su vista la engañaba, que no estaba viendo bien.
Pero no era eso.
Sobre la mesa, perfectamente colocado, descansaba el Stróphalos de tía Eca.
Alex no podía haber elegido un momento peor para besarla. Y, sin embargo, tampoco uno mejor. Era una lástima que estuvieran a la intemperie, empapadas, con el frío colándose entre los huesos, y que tuvieran por delante una tarea que dejaba poco espacio para el amor.
Zoe se separó de Alex con suavidad y se acomodó la carabina lo mejor que pudo.
—Creo que tenemos que seguir —dijo.
Los ojos de Alex se abrieron y Zoe le devolvió la mirada. Había algo en su expresión, una sombra que no había estado ahí antes.
—¿Qué te pasa? —preguntó Zoe con una ligereza que apenas conseguía cubrir el temor que sentía en ese momento—. ¿Te arrepientes del beso?
Alex le tapó la boca con la mano al instante y negó con la cabeza.
—No, por favor. Quería hacerlo.
Zoe alzó una ceja, pero se relajó al oír eso.
—Menos mal —dijo, y soltó una risa breve—, porque estaba esperando que lo hicieras.
—¿Ah, sí? —preguntó Alex—. ¿Y por qué yo?
—Porque eras la más indecisa de las dos. Y quien está indeciso tiene que decidir. Pero no me has contestado: ¿qué te pasa?
—He recordado algo —contestó Alex—, algo que me dijo mi tía Velia.
—¿Algo grave?
—No —mintió—, no tiene importancia. Olvídalo.
Zoe no se tragó la respuesta de Alex ni por un segundo.
Le pasara lo que le pasase no parecía ser algo insignificante, pero no insistió.
Ahora lo urgente era encontrar al psicótico de Luca Astruc y acabar de una vez con toda aquella locura.
Después, si podían —y si continuaban vivas—, ya retomarían el tema de los besos donde lo habían dejado.
Siguieron subiendo y, al poco, la casa apareció ante ellas.
Era una construcción de dos plantas, bastante fea pero imponente, con las paredes ennegrecidas por la humedad.
Zoe echó un vistazo rápido a las ventanas.
Ninguna luz. Ningún movimiento. La puerta estaba entreabierta.
Se detuvo bajo el alero, justo antes de cruzar el umbral, se descolgó la carabina del hombro y sacó del bolsillo interior del impermeable la caja de municiones.
—Espera un momento —le dijo a Alex.
Con los dedos fríos y entumecidos, abrió el cerrojo del arma, deslizó las balas una a una en el cargador interno —cinco balas en total— y volvió a cerrar el cerrojo. La parte mecánica de la técnica del tiro con rifle se le estaba dando bien.
—Ponte detrás de mí —dijo Zoe sin apartar la vista del umbral.
—¿Por qué?
—Porque llevo un rifle.