La casa de las diosas caídas (Las Lunares 1) El Desvelo #2
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El Desvelo #2

Eca se apartó del cuerpo ensangrentado de Velia y se levantó, ajena a las manchas que empapaban su vestido.

Sin apartar la mirada de Tércot, alzó ambas manos y trazó gestos arcanos con una suavidad letal.

Enseguida, dos antorchas brotaron de sus palmas, ardiendo con una pureza que desafiaba toda ley física.

Las antiguas antorchas de Hécate: luz en la negrura más absoluta, guía en los cruces donde los mortales se pierden, fuego lunar que marca el umbral entre el mundo de los vivos y el de los muertos.

Era la segunda vez que Alex las veía. De la primera, durante el gran apagón de Aurora, habían pasado ya tantos años que a veces creía que lo había soñado.

—No te acerques —dijo Eca— si quieres seguir viviendo.

—Oh, Hécate... —rio Tércot sin moverse todavía—, no seas ridícula.

Hasta ese momento había permanecido pegado al marco de la puerta, de modo que la luz de las velas solo rozaba su silueta. Pero ahora podía verlo mejor: la sotana larga y pesada, con el brillo aceitoso del cuero, las manos largas y pálidas, aquellas horribles uñas negras.

—He dicho que no te muevas —insistió Eca.

—¿Qué pretendes hacer con ese viejo truco, Hécate? —preguntó Tércot.

Eca adelantó una de las antorchas, obligando a la luz a lamer el rostro del demonio.

Tércot soltó un bufido rancio y parpadeó como una bestia deslumbrada por los faros de un coche.

—¿Te molesta la luz? —preguntó Eca—. Qué paradoja tan fascinante para un Solar. Es comprensible; la luz siempre ha sido el mayor enemigo para quienes necesitan esconder su verdadera naturaleza debajo de una sotana.

«Bien —pensó Alex—. Sigue así. Quizá todo sea un duelo de palabras, una esgrima verbal entre dos viejos rivales.»

Pero entonces Eca alzó una antorcha y la lanzó. Las llamas cortaron el aire con un silbido antes de estallar contra el pecho de Tércot. El impacto lo obligó a retroceder un paso; alzó un brazo mientras el fuego le lamía el torso.

—Alex, no hay tiempo, ¡huye! —gritó Eca.

Alex no tuvo tiempo de reaccionar. Las llamas que envolvían a Tércot se extinguieron de golpe y, cuando el humo se disipó, él seguía allí, intacto, con una sonrisa que no tenía nada de humano.

—¿Eso es todo lo que tienes, Hécate? —dijo. Su voz vibró en los huesos de Alex—. Las diosas Lunares estáis tan vacías como vuestros templos.

La frase pareció convocarlas. Por la puerta que daba al bosque irrumpió Cora, con Brisa y Mora pisándole los talones. Al ver el cuerpo destrozado de Velia, algo se descompuso en sus rostros. Pero cuando alzaron la vista hacia Tércot, no hubo la menor vacilación.

—Ah. Las Lunares al completo —dijo el demonio. Y añadió, con una sonrisa torcida, señalando los trozos de Velia—: Excepto por la reciente baja.

Mora no perdió un segundo, dio un paso al frente y golpeó el suelo con el pie. Una de las curvas del Stróphalos se resquebrajó y, desde la grieta, surgió un sonido: el batir lento y pesado de unas alas.

Entonces aparecieron los cuervos. Negros.

Enormes. Surgían uno tras otro, como si hubieran estado comprimidos bajo la piedra durante siglos, esperando una señal.

Pronto empezaron a descender también desde los huecos del techo y las grietas de las paredes, irrumpiendo por los respiraderos ocultos, hasta que la sala entera se llenó de alas negras y graznidos.

Cora cubrió a Alex con los pliegues de su vestido.

A su alrededor, los cuervos giraban frenéticos.

Alex oía el batir de las plumas y los gritos de las aves cada vez más cerca.

Se aferró a Cora mientras los pájaros cerraban el círculo.

Uno se le enredó en el pelo antes de levantar de nuevo el vuelo.

Otros chocaron contra su espalda y sus brazos, pero no llegaron a herirla.

El vestido de Cora se había vuelto pesado y duro, como una cota de malla, y la envolvía por completo, formando una coraza.

—¡No te muevas! —gritó Cora.

Alex apartó un pliegue del vestido lo justo para mirar y vio a Tércot.

Los cuervos caían sobre él en oleadas sucesivas.

Mora los había invocado, pero alguien los estaba guiando.

Brisa, quizá. Las aves giraban en el aire y volvían a lanzarse contra él una y otra vez, como una marea negra.

Uno logró arrancarle un trozo de carne del rostro.

Durante un instante, Alex pensó que tal vez aquello podría hacerle daño, que era la señal de que estaban empezando a vencerlo. Se equivocaba.

Tércot comenzó a atrapar los cuervos al vuelo, uno por uno, con movimientos exactos.

Sus garras atravesaban los cuerpos, los despedazaban y luego los arrojaban al suelo.

Las plumas saltaban en el aire, mezcladas con el batir desordenado de alas rotas y la sangre que manchaba las losas.

Un cuervo cayó a pocos pasos de Alex, abierto, todavía estremeciéndose.

El estruendo continuó unos segundos más y luego cesó. De pronto todo quedó en silencio. El suelo estaba cubierto de cuerpos negros, abiertos y torcidos, amontonados de tal forma que resultaba imposible distinguir dónde terminaba uno y empezaba el siguiente.

Cora se apartó de Alex y avanzó hasta plantarse frente a Tércot. Lo que ocurrió a continuación Alex no pudo verlo, porque Mora la agarró del brazo y la arrastró hasta el fondo de la sala, obligándola a volverse de espaldas.

—No mires.

Un grito profundo y desgarrado, un grito que no pertenecía a ninguna garganta humana, reverberó en la cueva.

Alex cayó de rodillas y se llevó las manos a los oídos, pero de poco sirvió: el sonido le atravesó el cuerpo, le sacudió los huesos y le hizo castañetear los dientes.

A aquel alarido se unió entonces una confusión de sonidos que lo volvió aún más terrible: el estrépito de tambores de guerra, el latido desbocado de miles de corazones, el bramido de manadas en estampida, los gritos de los guerreros lanzándose al combate, el clamor de espadas chocando y escudos quebrándose, el llanto de recién nacidos.

Todo mezclado en un único rugido salvaje, una tormenta de vida y de guerra entrelazadas.

La voz antigua de Ishtar, diosa del amor y de la guerra.

Luego el rugido se extinguió. Tércot debió de hacer algo para neutralizarla, porque Cora calló de pronto.

Alex apartó las manos de los oídos y las dejó caer sobre la piedra, inclinándose hacia delante mientras jadeaba.

Con los ojos todavía empañados por las lágrimas, su mirada se deslizó por el suelo de la cueva hasta detenerse en algo que antes no había visto.

En el centro del Stróphalos, entre los restos de los cuervos, había algo que las lágrimas no le habían dejado ver. Al principio, debido al color rojo, Alex creyó que formaba parte del amasijo sanguinolento, pero no era así. Los amasijos sanguinolentos no tienen forma de dragón.

Era la vela que ella le había robado a su tía.

Y sabía perfectamente que Luca la había colocado allí.

De las entrañas de la casa, mezclados con el golpeteo de la lluvia y el azote del viento sobre las hojas del jardín, subían unos ruidos extraños que los Astruc se esforzaban mucho por ignorar.

El abuelo Astruc, de hecho, acababa de descorchar una botella de vino y llenaba las copas de las personas reunidas en el salón, concentrado en que el chorro no temblara y en que nadie pudiera acusarlo de perder la compostura.

Al llegar a la de Uma se la saltó. A Zoe no se le escapó el desprecio implícito en aquel gesto, aunque no dijo nada, porque tenía más que suficiente con la absurda situación en la que se encontraban, una situación que, reducida a lo esencial, podía resumirse en tres puntos.

Luca había desaparecido y Abel andaba por la casa con cara de querer partirle la jeta a alguien.

Las Tías y Alex habían desaparecido para hacerse cargo de algo que ignoraba, y habían dejado claro que nadie debía moverse.

Los ruidos que subían del sótano dejaban poco lugar a dudas: ese algo ya estaba ocurriendo. Y no sonaba a que fuera bien.

—¿Es que nadie va a reaccionar? —preguntó.

—¿Y qué propones que hagamos, pequeña e infecta Robespierre? —dijo Celina.

Estaba claramente borracha después de tres copas de vino.

Zoe no tenía ni idea de quién era el tal Robespierre, pero si el apodo venía de Celina, no podía ser un halago. Una etiqueta más para su colección: sáfica, infecta y muerta de hambre.

—¿Levantarnos? ¿Ir a ver qué está pasando, quizá?

—Las Tías nos han dicho que no nos movamos —intervino Dalia.

—Claro, y a ti ya te está bien, ¿no? —replicó Zoe—. No vas a mover un dedo. De hecho, ninguno de vosotros lo va a hacer.

—Zoe, cariño, deja de provocar —dijo su madre en voz baja, inclinándose hacia ella.

—Qué tiempo tan desagradable se ha levantado de pronto, ¿no os parece? —comentó el abuelo Astruc, fingiendo no haber oído nada y mirando hacia las ventanas.

Y así, con una coordinación casi admirable, todos empezaron a hablar del clima, intercambiando observaciones sobre la lluvia y el viento con ese entusiasmo moderado, casi profesional, que consiste en hablar mucho para no decir nada. Uma intentó meter baza, pero la ignoraron sin el menor disimulo.

Zoe los miró atónita. Eran monstruosos, pensó.

Solo Frederic se mantenía al margen, con los labios apretados y la mirada clavada en el suelo.

Cuando notó que ella lo observaba, alzó los ojos.

Sus miradas se cruzaron un instante, y en la expresión de él Zoe creyó ver algo parecido a una disculpa silenciosa.

Frederic se aclaró la garganta.

—Quizá Zoe tiene razón —dijo sin levantar mucho la voz—. A lo mejor... deberíamos ir a ver si las Tías están bien.

La conversación sobre el clima continuó, incluso con más empeño que antes. Frederic se hundió de nuevo en su silla, sin fuerzas —o sin ánimo— para insistir. A Zoe, en cambio, todavía le quedaban ambas cosas.

Se puso de pie tan rápidamente que la silla casi se volcó detrás de ella.

—¡Basta! —gritó—. ¿Es que no me habéis oído?