La casa de las diosas caídas (Las Lunares 1) El Desvelo
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El Desvelo

El Desvelo

Alex y Eca bajaron los escalones de dos en dos mientras los gritos claros y urgentes subían desde la bodega.

El presentimiento que había sentido apenas unos instantes antes dejó de ser una intuición difusa para convertirse en una presión concreta que le atenazaba las sienes y le aceleraba el pulso, obligándola a ir más deprisa, todavía más deprisa.

Llegaban tarde; no sabía exactamente a qué, pero tenía la certeza física de que algo irrevocable ya estaba ocurriendo y de que, cuando alcanzaran el final de la escalera, el mundo no sería el mismo que habían dejado unos minutos antes.

—¡Por aquí! —le dijo a Eca señalando una puerta abierta.

Las desgracias tienen un poder extraño, una gravedad propia.

Alex y Eca no necesitaron que nadie les mostrara el camino, se precipitaron hacia la puerta entreabierta y corrieron por el pasillo oscuro que se abría al otro lado.

La desgracia las arrastraba. Alex podía olerla, sentirla en la piel.

Ella, que siempre se había burlado de los malos augurios de la tía Eca, ahora los entendía. Por fin.

El pasillo parecía interminable y, a medida que avanzaban, se iba estrechando hasta dar la impresión de que se adentraban en el vientre mismo de la Tierra. De las paredes y del suelo brotaban raíces retorcidas. Alex tropezó con una de ellas y cayó de bruces, pero se levantó enseguida.

La oscuridad era tan espesa que apenas distinguía sus propias manos; solo podía guiarse por los jadeos de Eca, que corría unos pasos por delante.

—¡Cuidado, aquí dobla a la izquierda! —le advirtió Eca, y Alex apenas tuvo tiempo de girar antes de estrellarse contra el muro del fondo.

Al doblar, vio que el corredor desembocaba en una abertura final, una especie de gruta excavada en la roca, iluminada por el parpadeo irregular de unas velas. Un umbral bajo separaba el pasillo de la estancia.

Eca se había quedado detenida justo allí, inmóvil en el umbral, con el cuerpo rígido.

Alex llegó junto a ella. Iba a preguntarle qué ocurría, por qué se había quedado parada de repente, cuando vio lo que había en el suelo.

Se llevó las manos a la boca para ahogar el grito de horror que le trepaba por la garganta.

El cuerpo estaba allí mismo, a escasos metros, casi pegado a la entrada de la gruta, tendido de lado en medio de un charco de sangre que la luz vacilante de las velas hacía brillar con un fulgor oscuro.

Durante un segundo, Alex no quiso reconocer lo que estaba viendo, pero la aureola de rizos rubios no dejaba lugar a dudas: era Velia.

Eca se apresuró a arrodillarse junto al cuerpo.

Cerró los ojos y posó una mano sobre el pecho desgarrado (¡desgarrado!) de Velia y comenzó a pronunciar una serie de invocaciones mientras Alex se arrastraba hacia una de las paredes de la gruta y se apoyaba allí, contra la roca fría, porque las piernas habían empezado a fallarle.

Las lágrimas le nublaban la vista. Aun así distinguió el dibujo tallado en el suelo: un Stróphalos como el que Eca llevaba colgado al cuello.

Aquella debía de ser la sala de la que tantas veces había oído hablar, el lugar donde Valentín Astruc había invocado a las Tías por primera vez.

Resultaba absurdo que en todos esos años no hubiera estado allí ni una sola vez; siempre había querido conocerla y, sin embargo, ahora habría dado cualquier cosa por no haber cruzado ese umbral.

Procuró concentrarse en el trazado del Stróphalos, en la geometría firme de sus líneas, para evitar mirar a Velia, pero sus ojos regresaban una y otra vez al cuerpo tendido en el suelo, traicionándola.

El centro del pecho estaba abierto con una violencia imposible de racionalizar, la carne desgarrada. En algunos puntos asomaban las costillas, y el conjunto tenía la forma inconfundible de una dentellada desmesurada, un mordisco salvaje y animal.

—¿Quieres que vaya a por Cora? —preguntó a Eca.

Sí, eso era lo que debía hacer, lo sensato, pero sus piernas no se movieron. Eca tampoco contestó.

—Eca... —susurró.

Su tía abrió los ojos de golpe.

—¡Silencio!

—¿Está muerta?

—No lo sé, no lo sé.

Parecía muerta, completamente muerta. Su rostro estaba congelado en un rictus de dolor y tenía los ojos abiertos.

Mientras Eca seguía concentrada en su murmullo ininteligible, algo captó la atención de Alex, una especie de forma tenebrosa que palpitaba en la periferia de su campo de visión.

Se volvió instintivamente y vio que la sala tenía una segunda puerta, una abertura que daba al bosque.

En el umbral, recortada contra la oscuridad exterior, se perfilaba una figura agazapada.

Un animal, pensó, el maldito animal que había mordido a Velia. Sin embargo, descartó la idea al instante. Ningún animal podría haber hecho aquello. Jamás. Las Tías eran invulnerables a todo..., salvo a una única cosa.

Y esa cosa no era un animal.

La figura empezó a desplegarse lentamente, como una sombra desdoblándose sobre sí misma.

Se puso en pie con una fluidez antinatural y pareció alargarse, estirarse.

Se diría que no tenía huesos. Algo inmenso emergió al fin: oscuridad pura sobre oscuridad, salvo por un único punto de luz en mitad del pecho.

Una lengüeta blanca, estrecha y curva, como un alzacuello.

Alex concluyó que había perdido la razón.

Delante de ella, en carne y hueso, estaba el núcleo de todas sus pesadillas: el monstruo que Eca usaba para amenazarla de niña, la criatura con cabeza de jabalí, colmillos retorcidos y ojos negros como el carbón, tan negros que no reflejaban nada, ni siquiera la luz de la vela.

Tércot.

El Solar que había matado a su madre.

—Hola —dijo la oscura voz de Tércot—. Me temo que voy a arruinaros la fiesta.

Una ráfaga repentina bajó de las colinas y abatió las copas de los árboles. Las primeras gotas del Desvelo comenzaron a caer poco después.

Luca corría. Corría a través de los pinos, ciego, sin rumbo.

Los bosques de las colinas de Aurora eran extensos y estaban despoblados, pero él los conocía bien.

Su familia los había comprado hacía décadas, eran dueños de todo aquello, así que podía correr sin parar.

Y por un momento quiso hacerlo. Correr y seguir corriendo, como si fuera posible dejar atrás lo que acababa de ocurrir.

Tropezó con una raíz, recuperó el equilibrio y se detuvo tan solo un segundo. El bosque se desplegaba bajo la luz desvaída de la luna. Pero la luna ya no brillaba igual: una bruma fina como un velo comenzaba a cubrirla.

¿Lo seguía el señor T? Luca aguzó la vista, pero no vio nada.

Ni un movimiento ni una sombra fuera de lugar.

Estaba solo. Un poco más adelante, la pendiente se inclinó bajo sus pies.

El bosque se abrió de pronto, y, al llegar a un saliente de la colina, el mar apareció.

Estaba oscuro y agitado. No podía verse del todo, salvo por los reflejos de la luna, que temblaban en la superficie encrespada de las olas como jirones de luz flotando en el abismo.

Y abajo, mucho más abajo, las luces de Aurora palpitaban en la costa: pequeños destellos apretados unos contra otros que daban la sensación de que todo el pueblo estuviera tiritando de miedo bajo el azote de la tormenta.

Luca se detuvo en seco. No podía seguir mucho más lejos así, a pie.

Y, en realidad, eso era lo único que quería: alejarse.

«Huir, querrás decir», corrigió una voz en su interior.

Sí, huir. ¿Qué importaba la diferencia? Las palabras no cambiaban el horror que sentía en ese momento.

Pero para huir necesitaba un coche. Permaneció un instante inmóvil, respirando la noche húmeda del bosque, con el bramido del mar a lo lejos.

Luego dio media vuelta y regresó hacia la casa.

El jardín estaba casi vacío, el aguacero había empujado a la familia al interior de la casa.

A través de las puertas de cristal, Luca los vio reunidos en el salón.

Afuera, la mesa seguía puesta: platos, copas, botellas abiertas, todo abandonado bajo la lluvia.

Un par de camareros iban y venían con prisas, recogiendo lo que podían y metiéndolo dentro.

Nadie reparó en él. Bordeó el seto, cruzó la grava y se deslizó hacia el garaje.

Varios coches esperaban allí, alineados en penumbra.

Entre ellos destacaba uno: un Jaguar XJ6 negro azabache.

Abel se lo había regalado justo después de que Luca obtuviera el carné.

«Los hombres Astruc no conducen chatarra», había dicho.

Para Luca, aquel Jaguar era una chatarra hermosa, pero chatarra al fin.

Aun así, ahora iba a servirle. Lo sacaría de allí.

Se acercó al armario metálico donde guardaban las llaves —colgadas por orden, cada una con su etiqueta plastificada— y buscó la del Jaguar. No estaba.

—¿Buscas esto? —dijo una voz a su espalda.

Luca se volvió.

Abel estaba allí de pie, con la llave en la mano, haciéndola girar entre los dedos.

—No tienes buen aspecto —añadió—. ¿Pensabas irte a algún sitio?

—Dame la llave —dijo Luca.

—Te he hecho una pregunta. ¿Dónde estabas? ¿Por qué estás cubierto de barro?

—Y yo te he dicho que me des la llave —repitió Luca.

Abel se la guardó en el bolsillo de la chaqueta.

—¿Qué está pasando, Luca?

Por primera vez en mucho mucho tiempo, a Luca le pareció que Abel hablaba en serio: sin sorna, sin burla, solo con una honestidad extraña en la voz.

Por un instante sintió la tentación de explicárselo todo, pero no lo hizo.

En lugar de eso se movió rápido, se abalanzó sobre su padre y lo inmovilizó con una maniobra que el propio Abel le había enseñado años atrás, durante aquellas clases de defensa que, según insistía, todo hombre Astruc debía tomar.

Le torció el brazo, lo giró y en un único movimiento le cogió la llave del bolsillo.

Abel soltó un quejido y cayó de rodillas.

Luca retrocedió sin mirarlo, subió al coche y encendió el motor. El Jaguar rugió. Pisó el acelerador y se largó.