La casa de las diosas caídas (Las Lunares 1) El Desvelo #3
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El Desvelo #3

Todas las cabezas se giraron hacia ella. Por primera vez en toda la noche, el abuelo Astruc pareció tomar nota de su existencia.

—Los asuntos de las Tías son inefables —dijo—. La norma es simple: nosotros no nos metemos con ellas y ellas no se meten con nosotros.

Celina no perdió la oportunidad.

—¿Qué te pasa? ¿Quieres ganar puntos con las Tías?, ¿ser su nueva favorita? —Soltó una risita seca llena de veneno—. Digas lo que digas, estás sedienta del Brillo como todos los demás. Me lo has demostrado viniendo aquí con ese vestido robado.

—No es robado —replicó Zoe—. Me lo han prestado.

—Zoe no quiere ganar puntos con las Tías —dijo Dalia, que estaba repantigada en un sillón, sin levantar la vista de sus uñas—, quiere ganarlos con Alex.

Zoe se volvió hacia ella.

—¿Qué has dicho?

Dalia estiró los brazos por encima de la cabeza como un gato que se despereza.

—Os he visto esta mañana —continuó— hablando muy cerca. Parecíais... íntimas.

Una nueva oleada de ruidos recorrió la casa.

Zoe se cansó de esperar. A la mierda. Ya podían llamarla sáfica o robesnosequé: no iba a quedarse sentada.

Dalia no se equivocaba del todo al decir que quería ganar puntos.

Sí, estaba preocupada por Alex. Precisamente por eso no pensaba seguir refugiándose entre un puñado de cobardes.

—Voy a ver qué está pasando.

Antes de cruzar la puerta, se volvió hacia Celina.

—Y tú no te equivoques. Me has dicho que mi vida sería un infierno... Pues resulta que he probado el infierno: sé cómo es, así que no me asusta lo que puedas hacerme.

Tércot extendió un dedo y dibujó algo en el aire, quizá un círculo.

Al instante siguiente, se formó en el suelo una línea de luz que repetía el mismo trazo que él había marcado en el vacío.

No era un resplandor difuso, sino una marca precisa, delgada.

La línea se curvó y empezó a avanzar entre las losas con un movimiento continuo, buscando los pies de las Tías.

Por donde pasaba, la piedra se oscurecía y quedaba marcada por una línea calcinada.

—¡Atrás, Alex! —gritó Cora.

Alex retrocedió un paso sin apartar la vista de la luz. No podía dejar de mirarla. Sabía perfectamente lo que era.

Era el halo de los Solares.

Las Tías se dispersaron. Ya no les quedaba nada con lo que luchar, todo lo que tenían lo habían gastado en el ataque contra Tércot y ni siquiera eso había servido para detenerlo.

En otro tiempo, cuando aún eran poderosas, quizá habrían podido seguir plantándole cara.

Ahora solo podían huir. Y eso fue lo que hicieron.

Cora y Eca corrieron hacia el pasillo. Brisa y Mora giraron hacia la salida del bosque.

El halo se partió. La línea dejó de ser una sola y se abrió en varias ramas: una se lanzó hacia la puerta del pasillo y la cruzó de lado a lado, otra avanzó hacia la salida del bosque y trazó un segundo corte sobre la roca, de pared a pared. La gruta se cerró ante ellas.

Entonces Eca se llevó una mano al pecho y cerró los dedos sobre el Stróphalos mientras murmuraba unas palabras.

El medallón emitió un destello. El halo respondió al instante: una de las ramas se alzó del suelo, se tensó en el aire y se lanzó hacia ella; la luz rodeó el Stróphalos, tiró con violencia y lo arrancó de su cuello.

El medallón cayó y rodó sobre la piedra. Tércot lo recogió y se lo guardó.

Cora agarró a Alex del brazo y tiró de ella.

—¡Aquí!

La condujo hacia un extremo de la sala, apartándola de las líneas de luz.

Una de las ramas avanzó por el suelo en su dirección.

Alex se quedó inmóvil. La línea siguió recta hasta quedar a un palmo de sus pies y, en el último instante, se curvó, la rodeó sin tocarla y continuó hacia Cora.

Alex sabía que eso no era casualidad. Tércot no estaba interesado en ella. Quería a las Tías.

Las velas se apagaron todas a la vez y la gruta se sumió en la oscuridad.

La única luz que quedó fue la del halo. Alex soltó una maldición.

Ahora ya no distinguía a las Tías, solo escuchaba sus respiraciones, pasos que resbalaban sobre la piedra y el leve siseo de la roca calcinándose bajo el avance del halo.

Tércot estaba jugando con ellas. Podía acabar con todo en un segundo y no lo hacía. El muy cabrón se estaba divirtiendo.

De pronto, un grito rasgó la oscuridad. El halo se desplazó con violencia y arrastró algo consigo.

Alex vio un cuerpo caer al suelo. Era Mora.

La luz se le había cerrado alrededor del cuello como un lazo.

La espalda se le arqueó, la cabeza se echó hacia atrás y de su boca salió un profundo alarido.

El olor a carne quemada inundó la gruta.

Alex se dijo que era suficiente. Ser insignificante —pensó— siempre había sido una condena, pero quizá ahora fuese su única ventaja.

Se deslizó hacia la pared, palpando a ciegas hasta encontrar uno de los candelabros de hierro.

No había tiempo que perder, apenas tendría una oportunidad.

Quizá ninguna. Apretó el arma improvisada con ambas manos y avanzó hacia donde creía que estaba Tércot.

Cuando calculó que se hallaba lo bastante cerca, alzó el brazo y descargó el golpe con todas sus fuerzas.