La casa de las diosas caídas (Las Lunares 1) La Noche del Brillo #2
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La Noche del Brillo #2

Entonces, una mano surgió de la oscuridad y la agarró por la muñeca.

—Te advertí que aprenderías por las malas, bastarda —siseó una voz.

Zoe intentó soltarse, pero Celina Astruc no se lo permitió. Apretó con más fuerza hasta hacerle daño.

—Lo mejor que podéis hacer tu madre y tú es marcharos de este pueblo mañana mismo —continuó—. Porque te aseguro que voy a hacer todo lo posible, y lo imposible, para que vuestra vida aquí sea un infierno.

—¡Vete a la mierda! —le chilló Zoe.

Con un gesto rápido, Celina le deslizó hacia atrás uno de los brazaletes de cuero y dejó la piel al descubierto. Sus ojos se clavaron en las cicatrices sin el menor atisbo de asombro. En su lugar apareció algo más inquietante: una especie de cruel satisfacción.

—Sé exactamente lo que pasó en Nueva Esperanza. —Apretó un poco más los dedos justo sobre la cicatriz—. Una mancha como tú no puede manosear el Brillo de mi familia. Si te quedas, me encargaré de que todo Aurora sepa qué clase de monstruo eres.

Zoe tragó saliva.

—No soy un monstruo —fue todo lo que consiguió decir.

—Claro que lo eres —respondió Celina con una frialdad cortante—. Las personas como tú sois monstruosas.

Zoe estaba acostumbrada al juicio ajeno.

Sabía lo que era que te mirasen raro, que cuchicheasen a tus espaldas.

Pero aquello era distinto. Lo que vio en la cara de Celina Astruc no era simple desprecio, sino un odio puro, y tan denso que casi hubiera podido tocarse.

¿Cómo podía alguien llevar tanta mierda dentro?

Pensó en el Brillo como en la purpurina de los dibujos de cuando era pequeña: una capa espesa, fría y brillante capaz de cubrirlo todo, incluso el corazón de alguien como Celina, hasta dejarlo completamente sellado.

—Quítame la mano de encima —dijo Zoe.

De un tirón, apartó el brazo y se liberó de Celina. Se reajustó la muñequera de cuero.

—Puede que sea un monstruo —dijo Zoe sin apartar la mirada—, pero tú eres algo mucho más patético, Celina Astruc. Eres una amargada y me das pena.

Se dio la vuelta y echó a correr hacia la parte delantera de la casa, con el pulso desbocado y la respiración entrecortada.

Al doblar la esquina, bajó la vista un segundo: una parte de la seda verde se había quedado atrapada en la zarza.

Un desgarrón le recorría el costado del vestido como una herida reciente.

Luca llevaba más de una hora soportando conversaciones vacías y apretones de manos. Y ahora le tocaba aguantar a su prima Dalia.

—¿No te parece un descaro imperdonable que estén aquí? —le estaba diciendo ella.

Luca frunció el ceño.

—¿De quién hablas?

—De las bastardas —respondió Dalia, como si se lo estuviera explicando a un niño—. ¿De quién si no?

A Luca le importaban un cuerno las bastardas.

Le daba lo mismo que se quedaran hasta el amanecer, que bailaran desnudas encima de la mesa, que sacrificaran un becerro o que prendieran fuego a la casa de su padre.

La idea le arrancó una sonrisa. Lo que no le daba igual era lo que tenía que ocurrir esa noche.

—Déjalas en paz. ¿Qué más te da? —dijo distraído.

Dalia lo había interceptado cuando se dirigía a la bodega y ahora lo tenía acorralado contra una de las paredes del salón.

Luca sabía por experiencia que con Dalia era mejor seguirle la corriente.

Él podía ser arrogante —se lo habían dicho muchas veces y era consciente de ello; también pensaba que podía permitírselo, porque era más inteligente que cualquiera que conociera—, pero Dalia era otra cosa: insistente, implacable, una réplica casi exacta de su insoportable madre.

Si Celina decía que las bastardas no merecían estar en la Noche del Brillo, Dalia lo repetía sin dudar, con la misma convicción que su madre e idéntico desprecio.

—¿A ti no te importa que se pavoneen por aquí? —insistió ella.

—A mí me da bastante igual —respondió Luca—. Quiero decir..., ni siquiera me he fijado en ellas.

Dalia lo miró como si acabara de confesar un crimen.

—¿No te has dado cuenta de que Zoe lleva puesto un vestido de Cora? —preguntó.

Luca arqueó una ceja.

—¿Crees que me fijo en esas cosas?

Dalia sacudió la cabeza, todavía indignada. Luca la conocía lo suficiente para saber que no lo soltaría hasta oír lo que quería oír. O algo que se le pareciera lo bastante.

—Igual estoy contigo —concedió—. Cora no debería habérselo dejado.

—¡Creo que se lo ha dejado Alex! —exclamó ella—. Esa chica es tonta.

Luca abrió mucho los ojos.

—No me lo puedo creer.

—¿A que no? —replicó Dalia.

En cuanto vio que Dalia se daba por satisfecha, Luca aprovechó la tregua y se escurrió hacia la puerta del salón. En el vestíbulo oyó la voz de su padre desde la biblioteca. Se detuvo en seco, dio media vuelta y se quedó junto a la puerta entornada, escuchando.

—Como cada año, nos reunimos para celebrar esta noche especial... —decía—, a las Tías y al gran Valentín Astruc, a quien le debemos todo por aquel pacto eterno e indisoluble que nos bendice y...

Podría haber terminado la frase sin necesidad de escuchar el resto.

Se sabía el discursito de memoria. Cada año eran las mismas palabras, pronunciadas con el mismo tono solemne y acompañadas de las mismas pausas dramáticas.

Nada cambiaba. Bueno, sí: su paciencia, que cada vez le duraba menos.

Con un poco de suerte —aunque Luca no creía en la suerte, sino en la resistencia, la perseverancia y el estudio—, aquella sería la última Noche del Brillo.

Alex vio venir a Zoe desde el otro extremo del jardín y supo al instante que algo no iba bien. Caminaba deprisa, con los hombros tensos y la mandíbula apretada; con una mano se sujetaba un costado del vestido verde, como si intentara esconder algo.

Se acercó a ella.

—¿Qué te pasa? ¿Está todo bien? —preguntó.

—No es nada... —murmuró Zoe, aunque tenía los ojos brillantes—. Solo que mira.

Apartó la mano y le mostró el desgarrón en la falda.

—Se me ha enganchado. No sé con qué. Lo siento mucho.

Parecía desproporcionadamente afectada. A Alex le sorprendió esa reacción.

—Zoe, no tienes que preocuparte, es solo...

—¿Te has cargado el vestido de Cora? —intervino Dalia.