La Noche del Brillo #3
Estaba sentada en uno de los bancos del jardín, pero se puso en pie de inmediato. Avanzó hacia ellas en dos zancadas improbables, teniendo en cuenta las sandalias de tacón que llevaba puestas, y agarró la tela para inspeccionarla con el ceño fruncido.
—Mmm. Esto no tiene buena pinta —dictaminó—. La has liado, Zoe.
—Ya lo sé —dijo Zoe con la voz pequeña—. De verdad que lo siento, Alex.
—Más te vale —replicó Dalia entre dientes.
Alex se volvió hacia Dalia.
—¿Puedes hacer el favor de dejarla en paz? —la cortó.
Dalia puso cara de ofendida.
—Perdona por preocuparme por las cosas de tus tías —respondió llevándose una mano al pecho con teatralidad—. Este vestido debe de costar una fortuna.
—Cállate, Dalia. Por favor —la volvió a cortar Alex.
Dalia resopló, sacudió la melena y se dio media vuelta, alejándose con el taconeo indignado de quien considera que el mundo es un lugar terriblemente injusto que no sabe apreciar su generosidad.
Alex volvió la mirada hacia Zoe. Tenía los ojos a punto de desbordarse.
—Zoe, de verdad, es solo un vestido.
—Ya lo sé —susurró ella—. No es solo eso, es que...
Sus palabras quedaron ahogadas por el sonido grave del gong, que resonó desde la casa y se extendió por el jardín, llamando a los invitados a ocupar sus asientos. Era innecesariamente dramático, aunque a Abel —y a los Astruc en general— les encantaban ese tipo de chorradas solemnes.
—Vamos —murmuró Zoe.
Rozó la muñeca de Alex con suavidad, indicándole que era hora de ir hacia la mesa.
Casi todos estaban ya ocupando sus sitios. Alex quería sentarse junto a Zoe, pero antes de que pudiera apartar una silla, Cora le hizo un gesto firme con la mano.
—Aquí, a mi lado.
Una camarera comenzó a señalar discretamente los asientos que correspondían a cada cual, guiando a los invitados alrededor de la mesa con eficacia.
A medida que las sillas se iban ocupando, Alex sintió un leve presentimiento y se puso a sacar cuentas.
Aquella noche eran dieciséis invitados, incluidos los abuelos Astruc y el marido de Celina —un hombre de expresión avinagrada que rondaba por allí con aire descolocado—; sin embargo, alrededor de la mesa solo había catorce sillas.
No le resultó difícil imaginar a qué obedecía aquel descuadre.
Buscó a Zoe con la mirada. Permanecía junto a su madre, todavía de pie, y por su expresión supo que también había hecho el cálculo. Mientras tanto, a su alrededor, el resto terminaba de acomodarse con naturalidad, como si ahí no pasara nada.
—Creo que faltan dos sillas —dijo Alex procurando que su voz sonara neutra.
—Eso mismo estaba pensando yo —añadió Frederic.
Alex le sostuvo la mirada un instante, agradecida por no ser la única en señalarlo, y ambos hicieron ademán de levantarse para buscar las sillas que faltaban, pero la voz de Abel los detuvo antes de que pudieran dar un paso.
—No falta ninguna —dijo.
Celina dejó escapar una risita furtiva y cruel.
Alex sintió que se le tensaba la mandíbula.
—Si ellas no se sientan, yo tampoco —dijo Alex, y se puso en pie del todo.
Era la primera vez que desafiaba así, abiertamente, a un adulto. Con Cora era distinto: discutían, ella protestaba, insistía, y al final acababa cediendo. Pero aquello no era una discusión cualquiera. No iba a permitir que humillaran a Zoe y a su madre delante de todos.
Durante un segundo incómodo nadie dijo nada y Abel, que rara vez se veía sorprendido, se quedó en blanco. No estaba acostumbrado a que lo contradijeran. Mucho menos a que lo hicieran en voz alta y en público.
Alex comprendió entonces algo que hasta ese momento no se había planteado jamás: era la sobrina de las Tías y eso, para los Astruc, significaba algo.
Meterse con ella no era tan sencillo como hacerlo con alguien sin apellido ni respaldo, y esa certeza inesperada la hizo sentirse un poco más valiente de lo habitual.
Buscó los ojos de Cora y le lanzó una mirada elocuente.
—Cora, vosotras invitasteis a Uma y a Zoe a la Noche del Brillo.
Alex sabía cómo funcionaban las cosas. Los Astruc no se metían en los asuntos de las Tías y las Tías no intervenían en los de los Astruc.
Entre ambos bandos existía un vínculo hecho exclusivamente de Brillo y adoración.
El problema era que la presencia de Uma y Zoe aquella noche tenía que ver precisamente con eso: con el Brillo y con la adoración.
Y eso implicaba a ambos lados. Por lo tanto, las Tías tendrían algo que decir.
—Es verdad —terció Cora con calma—. Abel, haz que traigan dos sillas más.
Abel se puso rojo como un tomate maduro, y el resplandor de las antorchas no hizo sino empeorar la situación. Llamó a uno de los camareros con un gesto seco y le ordenó que trajera dos sillas. Asunto solucionado. O eso parecía.
Alex volvió a sentarse. Abel le clavó una mirada cargada de furia contenida. Ella le sostuvo la mirada un segundo de más y le dedicó una sonrisa pequeña, afilada. «Jódete», pensó.
Las dos sillas llegaron y fueron colocadas al final de la mesa. Sin embargo, cuando por fin todos estuvieron sentados, el equilibrio volvió a desajustarse: ahora sobraban dos sitios. ¿En serio? ¿Es que esta noche no iba a acabar nunca?
Un murmullo recorrió la mesa.
—Faltan Luca y la tía Velia —señaló alguien.