La casa de las diosas caídas (Las Lunares 1) La Noche del Brillo
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La Noche del Brillo

La Noche del Brillo

Alex tiró sobre la cama el montón de vestidos que había cogido del armario de Cora.

Había de todo: terciopelo, lentejuelas, tul y metros de seda, en cantidades y calidades estratosféricas.

A Cora le encantaba la ropa, y los Astruc no reparaban en gastos cuando se trataba de contentarla. A ella o a cualquiera de las Tías.

—Tienes más o menos la talla de mi tía —dijo—, así que algo encontraremos.

—¿Pero no se va a dar cuenta? —preguntó Zoe un tanto insegura.

—No, tiene cientos de vestidos. No los va a echar de menos.

Zoe se sentó en el borde de la cama y pasó la mano, casi con cuidado, por encima de las telas.

—¿Y tú cuál vas a ponerte?

Alex se acercó al armario y sacó un vestido largo de color malva con tirantes finos y falda con vuelo.

Zoe silbó.

—Vaya vestidazo.

Alex sintió cómo el calor le subía por el cuello. Lo era: una pieza de arquitectura en seda malva. Perfecto, deslumbrante... para otra persona, no para ella.

—Creo que se me verá ridícula —dijo.

—¡De ninguna manera! —respondió Zoe casi con una risa—. Pruébatelo.

—Primero elijamos el tuyo —dijo Alex.

Hurgó entre los vestidos y sacó una pieza negra de terciopelo: cuello cerrado, espalda descubierta, largo hasta los tobillos. Minimalista y elegante.

—¿Este? —preguntó sujetándolo frente a sí.

Zoe cogió el vestido.

—Voy a morirme de calor.

—Es verdad —admitió Alex—. El terciopelo es una trampa mortal.

Apartaron aquel vestido y siguieron rebuscando. Alex no era de esas que se pasaban horas probándose cosas, pero le gustaba la ropa. Le gustaba sentirse distinta, probar versiones nuevas de sí misma. Y, para su sorpresa, se estaba divirtiendo.

—¿Y este? —preguntó Zoe.

Era un vestido verde con tirantes finos cruzados en la espalda, escote recto y una falda fluida que caía hasta los tobillos.

El tejido parecía seda, con un brillo suave que atrapaba la luz sin llamar la atención.

Alex lo vio y supo, incluso antes de que Zoe se lo probara, que iba a quedarle arrebatador.

Estuvo a punto de decirlo, pero se mordió la lengua.

—Puedes probártelo ahí dentro —dijo señalando la puerta entreabierta del baño.

Zoe entró y cerró detrás de ella, pero no corrió el pestillo.

Luego Alex la oyó moverse dentro del baño.

Creyó percibir el roce sordo de la ropa al caer, esa fricción suave contra la piel que produce el algodón, la lycra, lo que sea.

Se puso un poco nerviosa. apenas una leve presión en el estómago.

Al cabo, la puerta se abrió y Zoe salió.

No se había equivocado: el verde le sentaba bien, muy bien. Sobre su piel bronceada, el vestido parecía hecho a medida. Le ceñía el pecho, le flotaba en las piernas. Zoe dio una vuelta sobre sí misma, los tirantes tensándose un segundo al girar.

—¿Y? —preguntó.

—No puedo esperar a verles las caras a los Astruc —dijo Alex.

Zoe soltó una carcajada.

—Venga ya.

Alex no podía dejar de mirarla.

—Deberías soltarte el pelo —dijo.

Sin pensarlo, dio un paso hacia ella hasta quedar a un palmo de su cara y llevó las manos a la base de la coleta. Cuando sus dedos rozaron el cabello, suave y tibio bajo las yemas, entendió lo que estaba haciendo, retiró las manos de inmediato y dio un paso hacia atrás.

—Perdón —dijo—. Perdona. No he querido...

—No te preocupes —dijo Zoe—. Ya lo hago yo.

Sin darle importancia, se soltó la coleta de un tirón. El cabello cayó por su espalda y el mechón azul quedó suelto contra el verde del vestido, como una chispa eléctrica en medio del bosque.

Alex se quedó inmóvil. No sabía dónde poner las manos ni dónde mirar.

El calor le subía por el cuello. Se preguntó qué haría Dalia en una circunstancia parecida.

Buscaría un detalle que pulir, algo que mejorar.

Bajó la vista a las muñecas de Zoe. Las pulseras de cuero le gustaban, pero no pegaban con el vestido.

—Estas muñequeras no funcionan —dijo—. Vamos a buscar algo mejor.

—¡No! —dijo Zoe.

Se llevó las manos detrás de la espalda y su mirada se endureció.

—No me las quito nunca.

Alex se quedó inmóvil, consciente de que algo había hecho mal, aunque no alcanzó a comprender del todo qué.

—¿Estáis listas ya? —preguntó Velia asomando la cabeza por la puerta. Como siempre, entraba sin llamar.

—Lo estaremos en unos minutos —dijo Alex—. Estábamos...

Velia negó con la cabeza.

—Cariño, no me incumbe lo que estabas haciendo con tu... amiga.

Pronunció amiga en un tono tan cargado de segundas intenciones que Alex sintió unas ganas tremendas de tirarse por la ventana.

—Cora me ha pedido que te dé esto —añadió Velia.

Le tendió unos pendientes dorados enormes, que debían de pesar una tonelada y que Alex no pensaba ponerse. Luego se apoyó en el marco de la puerta y se dedicó a mirarlas sin el menor disimulo: primero a Alex, después a Zoe, luego otra vez a Alex y de nuevo a Zoe.

Se llenó el pecho de aire y cerró los párpados.

—Ajá..., tal como intuía —murmuró.

Después abrió los ojos, dio un pequeño salto hacia atrás y se despegó del marco con la rapidez de una ardilla. Ya estaba a punto de irse, pero antes de cruzar el umbral volvió la cabeza por encima del hombro y dijo:

—Abrigaos. Aunque ahora no lo parezca y nadie confíe en mis predicciones, esta noche tendremos el Desvelo.

El jardín de la casa de Abel era una explosión de luz artificial, un desafío al cielo negro.

No había ni rastro de nubes ni de la tormenta que la tía Velia había profetizado.

Las guirnaldas doradas y las estrellas de purpurina que Dalia había colocado esa mañana colgaban de los árboles como trampas de luz y se balanceaban con la brisa suave.

Zoe caminaba con su madre del brazo, manteniéndose ambas un poco apartadas del grupo principal. Uma sonreía a cuanta cara se le cruzaba delante, buscando alguna mirada que las invitara a acercarse.

La familia estaba unos metros más allá, en la zona central del jardín, iluminada por antorchas clavadas en el suelo, cuyas llamas temblaban sobre los vestidos cuajados de brillos de las Tías.

Las mesas para la cena ya estaban dispuestas, largas y vestidas de blanco, con la cubertería alineada, aunque nadie se había sentado todavía.

Los camareros circulaban entre los invitados con bandejas de champán y pequeños bocados, esquivando con destreza las conversaciones cruzadas.

Allí, entre risas y copas en alto, las Tías conversaban con aire distendido, como si aquella no fuera más que una cena cualquiera de una noche calurosa de verano.

Estaban presentes todos los Astruc, incluidos los padres de Frederic, Abel y Celina.

Él hablaba poco y asentía con gravedad, sosteniendo la copa a la altura del pecho.

Ella, impecable y rígida, sonreía con una cortesía que a Zoe le recordaba a un gato que se ha comido al canario y finge que no ha sido él.

Ambos lucían un profundo bronceado. Tampoco se habían molestado en disimular el desprecio ni las pocas ganas de que ellas estuvieran allí: cuando Uma se había acercado a saludarlos al llegar, los dos le habían dado la espalda.

—Las Tías me explicaron que la verdadera Noche del Brillo empieza después de la cena —susurró Uma, inclinándose hacia Zoe con aire conspirativo.

—Ajá.

—Entonces les entregan los regalos y las adoran. Es muy bonito, se ve que hay que encender unas velas y...

—No me interesa, mamá.

Uma parpadeó, desconcertada.

—¿No quieres saber qué regalo le he comprado a cada tía?

—No. Tampoco me interesa.

A lo lejos, vio a Alex salir de la casa junto a Dalia. Alex la localizó casi de inmediato y le hizo un pequeño gesto con la mano, invitándola a acercarse. Zoe negó con la cabeza y esbozó una sonrisa breve. Su madre, que para ciertas cosas tenía un radar infalible, siguió la dirección de su mirada.

—Es muy bonito el vestido que te ha prestado tu amiga —dijo.

—Sí.

Uma la observó un segundo antes de preguntar:

—¿Hay algo entre...?

—No. No hay nada entre nosotras, mamá. No empieces.

—Oh. —Uma alzó las cejas con inocencia poco convincente—. Sería estupendo, eso sí.

Zoe se rio, pero sin ganas.

—¿Estupendo para quién? —preguntó—. Supongo que para ti sería como cumplir el sueño de tu vida, ¿no? Verte por fin emparentada con la realeza. Es lo que siempre habéis querido tú, la abuela y la bisabuela Astrid: ser especiales.

—Yo solo quiero que seas feliz, hija —dijo al cabo.

Feliz. Sí, en el fondo Zoe sabía que su madre lo decía en serio, que realmente creía estar buscando eso para ella. El problema era que los intentos de Uma por alcanzar la felicidad casi siempre acababan en desastre.

Intentó apartar de su mente la imagen que, en ese instante, empezaba a abrirse paso.

Pertenecía al pasado, pero a veces se filtraba en el presente con una nitidez insoportable, como si estuviera ocurriendo de nuevo.

El aullido lejano de una ambulancia. Los gritos de Uma.

La voz de Gabriel dando órdenes inútiles.

La sangre goteando en la bañera y deslizándose por las baldosas.

—Ahora vuelvo, voy al baño —le dijo a Uma—. Trata de socializar. Busca a Frederic, seguro que estará encantado de charlar contigo.

Se escabulló por un lateral de la casa con la intención de encontrar un rincón apartado. No pensaba ir al baño; solo necesitaba estar sola un momento, respirar, sacudirse el recuerdo de encima.

La brisa le levantó un poco el vestido al doblar la esquina.

La parte trasera de la casa quedaba en penumbra, y el jardín terminaba de forma abrupta en una franja de pinos oscuros.

El césped estaba allí mucho más crecido y descuidado.

Aquello le arrancó un pensamiento amargo.

«¿Qué pasa, Abel? ¿Es que el Brillo no llega hasta el patio trasero o es que no le pagas lo suficiente al jardinero para que pase por aquí con la segadora? » Casi se rio.

De pronto, la seda verde del vestido se enganchó en algo. Se agachó y trató de liberar la tela, atrapada en lo que parecía una zarza. Al tirar, escuchó el sonido inequívoco de la seda al rasgarse.

—Mierda —dijo.