Como la lluvia el día de tu boda
Como la lluvia el día de tu boda
Alex se asomó por la ventana del comedor.
—Vaya solazo hace ahí fuera —dijo.
—Vaya solazo, sí —contestó Cora—. Y es un alivio, la verdad. Una Noche del Brillo con lluvia no es, en absoluto, una Noche del Brillo.
—«Like rain on your wedding day» —murmuró Alex.
—¿Cómo? —preguntó Cora frunciendo el ceño.
—Nada, una canción. Olvídalo.
Alex dejó vagar la vista por el jardín fingiendo que solo tomaba el aire.
En realidad se asomaba por otra razón: en los últimos días había visto pasar a Zoe varias veces, siempre pedaleando a toda velocidad, camino del trabajo o de regreso.
Nunca se detenía ni miraba hacia la casa de las Tías.
Tampoco la había llamado. Aunque era verdad que no tenía por qué hacerlo.
Aun así, una parte de ella había esperado durante todos esos días que lo hiciera, y cada vez que sonaba el teléfono el pulso se le aceleraba.
—¿Y por qué no llamas tú? —dijo la voz de Brisa a su espalda.
Alex se giró sobresaltada. Las Tías no leían la mente (salvo quizá Eca, aunque rara vez lo hiciera, solo cuando decidía que uno valía la pena, que no era su caso), pero con ellas una nunca podía estar del todo segura.
Se relajó al comprobar que Brisa no hablaba con ella sino con Mora, que estaba quejándose de uno de sus últimos amantes.
Tía Mora siempre tenía novios problemáticos, tipos que la trataban fatal, que desaparecían sin dejar rastro.
Y pensar que, en otra época, habría podido despedazarlos con una sola mirada.
Cerró la ventana y regresó a la mesa. Las mañanas en esa casa solían ser bastante anárquicas: todo el mundo se levantaba a la hora que le daba la gana —menos Alex, claro, cuando tenía que ir al instituto—.
Pero ese día era distinto, ese día estaban todas levantadas desde temprano, listas para la gran celebración.
—Cariño, estaba pensando —dijo Cora en cuanto Alex se sentó— que habría sido un día perfecto para que se te manifestara algo, ¿no te parece? La luna en cuarto creciente, toda la familia reunida, los focos puestos en ti...
—La gran Noche del Brillo —añadió Brisa con una sonrisa.
—El gran Valentín Astruc —remató Mora alzando su taza de café.
Había algo en el tono de ambas que a Alex no le pasó desapercibido.
Una especie de sorna compartida, un entendimiento silencioso que flotaba entre ellas como el eco de una broma (o quizá un secreto) que nadie más conocía.
Y no solo en Brisa y Mora: captó también un destello en la mirada de Cora, Eca y Velia, como si supieran algo que ella ignoraba.
Fue una chispa fugaz que desapareció en cuanto intentó atraparla.
—¿Qué os pasa? —preguntó Alex al fin frunciendo el ceño—. ¿Por qué habláis así?
—Ay, por nada —respondió Brisa con una sonrisa dulce y perfectamente falsa.
—Bueno, como decía —aclaró Cora—, es una pena que no hayas mostrado todavía ningún indicio del poder que sin duda atesoras. Pero no pasa nada, a veces las cosas despiertan tarde. O... de una forma inesperada.
Alex mordió la tostada e ignoró el comentario de Cora, confiando en que la conversación prosiguiera sin detenerse en ella.
—Alex está un poco melancólica últimamente —apuntó Brisa, que tenía el talento de participar en dos conversaciones a la vez sin perderse en ninguna. (Seguía hablando con Mora sobre su último amante mientras metía baza también aquí.)
—No estoy melancólica —dijo Alex.
—Te he visto asomarte mucho a la ventana y suspirar. Eso suena bastante melancólico —insistió Brisa.
—Estás delirando, tía.
—Un poco más de respeto, Alex —intervino Cora.
Entonces Velia habló como retomando una conversación que nadie más recordaba haber empezado:
—De todos modos, no os hagáis muchas ilusiones para esta noche. Creo que el tiempo va a empeorar.
—No lo creo —terció Brisa—, he visto el mar desde la galería y el agua estaba quieta como un espejo.
Velia agitó la cabeza y los rizos de su peinado bailaron como las serpientes de la Medusa, que en paz descansara.
—No —replicó—, os digo que se acerca el Desvelo.
Hubo entre las Tías una breve protesta, un murmullo contenido.
Alex encogió los hombros pensando que la tía Velia exageraba, como solía hacer.
Para empezar, no era precisamente época de Desvelo.
Cualquiera que hubiese vivido un tiempo en Aurora sabía que, cuando soplaba, lo hacía casi siempre en primavera, cada cuatro o cinco años.
Y además venía precedido por señales claras: cielos bajos, vientos fríos del norte, una humedad que se te metía en los huesos.
Cuando por fin llegaba, lo hacía con fuerza: una tormenta interminable de días enteros.
La conversación siguió un rato, con las Tías asegurando que no, que esta vez no habría Desvelo, y Velia erre que erre con que sí.
La única que no participaba era Eca, que desayunaba en silencio con la mirada clavada en el mantel y el ceño fruncido.
Estaba más seria de lo habitual. Y eso, viniendo de ella, ya era decir.
Finalmente se hartó. Golpeó la mesa con el puño y soltó, con voz áspera:
—¿Hace falta que nos arruines la mañana, Velia?
Las demás Tías se sobresaltaron, pero Velia apenas parpadeó.
—Ay, querida, ojalá me equivocara —dijo mientras se servía más café con toda la calma del mundo—, pero, por si acaso, no estaría de más que os llevarais una chaqueta esta noche. ¿Lo has oído, Alex?
Alex asintió sin entusiasmo. Estaba de un humor pésimo y sabía que, lloviera o no, el día sería igual de espantoso.
Le esperaba una lista interminable de tareas para la Noche del Brillo y, para rematar, tendría que compartirlas con Dalia.
Y Dalia, cuando se trataba de organizar una fiesta, era como el Desvelo hecho persona: intensa, incansable y de consecuencias imprevisibles.
Por cierto, Brisa tenía razón. Alex se había pasado la semana asomándose a la ventana por si veía pasar a Zoe y estaba triste sin saber muy bien por qué.
Se puso de pie para irse.
—¿Adónde vas tú? —preguntó Cora sin levantar la vista de su taza.
—A prepararos la fiesta de esta noche, amada tía —respondió.
Cora asintió con una media sonrisa.
—No tendrías que preparar nada si tus poderes hubieran aflorado —dijo—. El día que eso ocurra, la fiesta será para ti, y entonces...
La frase quedó en el aire, quizá completa, quizá no; lo cierto era que Alex ya no la escuchaba. Dejó la cocina, cruzó el jardín y salió a la calle. Dalia la esperaba frente a la verja, con los brazos en jarras y una expresión que no prometía indulgencia.
—¿Te parece normal llegar a esta hora? —la riñó Dalia antes siquiera de que Alex pudiera saludarla—. ¿Sabes todo lo que queda por hacer?
Alex cerró los ojos un segundo. Aquel día prometía ser muy largo.
—Podrías haber ido tirando sin mí —respondió.
—¿Y cargar con todo esto yo sola? —Dalia abrió una bolsa llena de cintas doradas, espumillón, farolillos plegables y estrellas de cartón recubiertas de purpurina—. ¿Qué te parece?
—Es... muy dorado —dijo Alex.
—Claro que es dorado, tonta del culo, ¡es la Noche del Brillo!
¿Sabes?, creo que podría hacer de esto una profesión, dedicarme a organizar fiestas.
Por cierto, ¿te has enterado de que mi madre fue a visitar a las bastardas?
Intentó convencerlas de que no vinieran esta noche, pero no quieren soltar el Brillo.
—Están en su derecho, ¿no? —dijo Alex.
—Vaya —dijo—, es curioso, eso mismo fue lo que le dijo Zoe la bastarda a mi madre.
Alex se detuvo en seco.
—Deja de llamarlas así.
—Ay, por favor, todo el mundo las llama así, es lo que son. ¿Qué te pasa? ¿Desde cuándo te pones tan sensible? ¿Por qué las defiendes?
Nada, no le pasaba nada. Y aunque le pasara, no pensaba explicárselo a Dalia. Optó por la salida fácil.
—No las defiendo —dijo encogiéndose de hombros—, solo digo que no me parece muy inteligente tu forma de ver las cosas.
Dalia se detuvo un segundo, luego siguió caminando.
—¿Ah, no?
—¿No has pensado que si las Tías tienen más adoradores el Brillo que pueden entregar será mayor?
Dalia frunció los labios pensativa. Por un momento pareció considerar la idea.
—No lo había pensado así —admitió al fin.
Iban a seguir caminando cuando, de pronto, una mujer alta y desgreñada emergió de entre los arbustos del camino y se detuvo ante ellas. Pese al calor, llevaba un abrigo largo y ajado, de cuyos bolsillos asomaban manojos de hierbas secas.
Dalia chilló y se llevó una mano al pecho.
—Hola, Casandra —la saludó Alex.
La mujer —a quien todos conocían como Casandra la Hierbas— la miró con unos ojos tan oscuros como granos de café, fijos, imperturbables. No hubo gesto de cortesía ni rastro de reconocimiento. No pareció en absoluto impresionada por tener delante a una Astruc, y eso no le gustó nada a Dalia.
—No deberías estar merodeando por aquí —soltó entornando los ojos—. A mi madre y a mi tío Abel no les entusiasma la gente que acampa en nuestros bosques.
El nuestros cayó con peso propio.
Casandra no respondió de inmediato, sino que ladeó levemente la cabeza: daba la impresión de que estuviera decidiendo si Dalia merecía una contestación o no.
En Aurora, Casandra tenía mala fama. En los bares decían que estaba loca; los más crueles, directamente que era idiota. Vivía en una furgoneta California desvencijada que solía aparcar junto al acantilado y pasaba los días recorriendo Los Altos, recolectando plantas y raíces.
—Dalia —intervino Alex ya harta—, déjala. Está en su derecho.
Y lo estaba.
Alex no conocía todos los detalles —las Tías eran expertas en contar lo justo y callar lo importante—, pero sabía lo suficiente.
Dalia también, aunque fingiera ignorarlo.
Casandra, su madre, su abuela y probablemente todas las mujeres de su familia antes que ellas habían vivido siempre en aquellos bosques.
No siempre en una furgoneta, claro. La madre de Casandra había tenido una casa de madera levantada a poca distancia de la mansión de las Tías.