La casa de las diosas caídas (Las Lunares 1) Como la lluvia el día de tu boda #2
44%

Como la lluvia el día de tu boda #2

A los Astruc nunca les había hecho ninguna gracia.

Les irritaba que alguien viviera o simplemente respirara en lo que consideraban suyo.

Las Tías intervinieron entonces. Alex ignoraba los términos exactos del acuerdo entre ellas y la familia Astruc, pero entendía la esencia: la familia de Casandra tenía permiso para vivir en el bosque.

—Estos bosques no son vuestros —dijo Casandra—. Mi familia los conoce desde mucho antes de que los Astruc aprendierais a escribir vuestro nombre.

Dalia se cruzó de brazos.

—¿Quieres que te muestre los títulos de propiedad? —dijo—. Porque puedo hacerlo. En papel timbrado y todo.

—Los títulos de propiedad no son más que papel —contestó Casandra—, la tierra no entiende de firmas ni de notarios. Nadie puede poseer un bosque: es el bosque quien decide quién se queda... y a quién entierra para alimentar sus raíces.

El viento agitó las copas de los árboles, como subrayando sus palabras. Algo crujió en la espesura. Casandra dio un paso hacia Dalia.

—Vámonos, Alex —susurró Dalia tirándole del brazo—, esta mujer está fatal.

Se alejaron a paso rápido, sin mirar atrás. O, al menos, Dalia no lo hizo. Alex sí. Casandra seguía allí, inmóvil en medio del camino, con los ojos fijos en ellas dos.

Sonreía.

El jardín de la casa de Abel Astruc era un caos.

Camareros, técnicos y floristas iban y venían como hormigas nerviosas cargando bandejas, cajas, luces y bolsas de hielo.

Todo sucedía al mismo tiempo. Gritos, órdenes, pasos apresurados.

Zoe esquivó a dos tipos que intentaban montar una mesa, se apartó de una chica que llevaba unos arreglos florales en brazos y estuvo a punto de chocar con un camarero que transportaba bandejas cubiertas de papel de aluminio.

Por suerte no había ni rastro de Abel ni de Celina —los matones oficiales de la familia—, pero sí vio a Frederic a lo lejos, ligando con una camarera.

Un hombre con la camisa blanca arremangada y el rostro descompuesto por el estrés se le plantó delante, le encajó una caja fría entre los brazos y soltó sin mirarla:

—A la cocina, rápido. Que se derrite.

Zoe entreabrió la tapa. Dentro de la caja había unos pastelitos de nata dispuestos en filas perfectas, con una capa de crema temblorosa y brillante.

Estuvo a punto de decirle al hombre que ella no era una empleada, pero recordó que había ido a ayudar, así que hizo lo que le pedía.

Entró por una puerta de cristal y dejó la caja en el primer rincón libre que encontró.

Vale, eso no era la cocina, pero ya aparecería alguno de los doscientos empleados de los Astruc a salvar los pastelitos.

—¡Más alto! ¡Está torcido! ¿No ves que cuelga mal? —gritó una voz desde el interior de la casa.

Zoe se asomó por una puerta entreabierta.

Daba al comedor: una estancia amplia, presidida por una mesa larguísima.

Al fondo, un operario subido a una escalera alineaba una guirnalda de luces suspendida justo encima de la mesa; debajo, una chica controlaba cada uno de sus movimientos como si aquello fuera una cuestión de vida o muerte.

No necesitó que nadie le dijera quién era.

Tenía que ser Dalia Astruc. Aunque no se la habían presentado, no había forma de confundirse: era igual que Celina.

Colgar la guirnalda estaba resultando más complicado de lo que parecía.

—Más a la izquierda, ¡eso no es el centro! —chillaba Dalia.

—El señor Abel Astruc ha dicho que la cena será en el jardín —replicó el pobre operario—. Quizá no sea necesario colocar la guirnalda aquí.

—¿Alguien te ha pedido tu opinión?

El hombre bufó y movió la guirnalda un par de centímetros.

Dalia chasqueó la lengua, molesta, y retrocedió unos pasos, evaluando el resultado como un pintor que se aparta para juzgar su obra.

De pronto, Dalia se estremeció y giró ligeramente la cabeza para mirar por encima del hombro.

Algo, posiblemente un elemento discordante, había captado su atención, y Zoe supo que ese elemento era ella. Entonces se volvió del todo.

—¿Se puede saber qué haces aquí? —preguntó—. ¿Quién te ha invitado?

Zoe se metió las manos en los bolsillos. «Empezamos bien —pensó—. Gracias, Frederic. Tuviste una idea genial mandándome aquí.»

—He venido a ayudar.

—No vamos a necesitarte —dijo Dalia recorriéndola de arriba abajo con la mirada—. Esto es una fiesta familiar.

Zoe cruzó los brazos y puso su mejor cara de póquer. El tipo de la escalera la miró de reojo. Ella le devolvió la mirada y ambos compartieron el mismo pensamiento: Dalia era, sin duda, insufrible.

—Una fiesta familiar a la que tengo todo el derecho de asistir —dijo Zoe finalmente—. Igual que mi madre.

—Tener el derecho no significa que sea de buen gusto que vengáis —replicó Dalia con una sonrisa afilada—. Creo que mi madre y mi tío ya os lo dejaron bastante claro.

—¡Dalia! —interrumpió una voz, con un tono más cansado que enfadado—. Déjala en paz, por favor.

Zoe estiró la cabeza y vio a Alex. Estaba sentada en el suelo con las piernas cruzadas, medio escondida detrás de la escalera en la que el hombre seguía subido. Al cruzar su mirada, Zoe no pudo evitar sonreír. De pronto, todo su mal humor se evaporó.

—Vale, no nos peleemos —dijo—. Dame cualquier cosa para hacer. Quiero ser útil.

—Serías más útil yéndote por la puerta —respondió Dalia—, no creo que a nadie de mi familia le entusiasme la idea de que...

Desde lo alto de la escalera, la guirnalda de luces cayó directamente sobre su cabeza. Dalia dio un grito.

—¡Eh! Haz el favor de tener más cuidado.

El hombre, sin inmutarse, bajó de la escalera y la cerró.

—¡Todavía no hemos terminado! —chilló Dalia, pero él salió sin mirar atrás. Ella lo siguió, fuera de sí.

Zoe aprovechó para acercarse a Alex.

—Ey, ¿cómo estás?

Alex la saludó con un leve gesto de cabeza, y Zoe se sentó, acomodándose en silencio cerca de ella.

Estaba muy guapa esa mañana, pensó: el pelo rojo caoba brillaba y su camiseta azul creaba un bonito contraste.

Alex alzó la mirada y, al descubrir que Zoe la estaba observando, se apresuró a recoger el extremo de la guirnalda para mantener las manos ocupadas.

—Te ayudo.

—Se ha enredado —dijo Alex—. Estoy intentando desenredarla antes de que a Dalia le dé un ataque.

La guirnalda era una horterada: un espumillón dorado, rígido y chillón, y cada vez que intentaban soltar un nudo se desprendía un puñado de hilos.

—¿Has tenido noticias del señor Dubois? —preguntó Zoe.

—Por ahora no me ha llegado ninguna queja —respondió Alex.

—Entonces hicimos un buen trabajo. Ya pueden contratarnos fijo en el cementerio —dijo Zoe.

No se habían vuelto a ver desde la noche de la escollera, y ya habían pasado casi dos semanas. Por supuesto, Zoe había pensado en llamarla más de una vez, pero no era tan sencillo.

Para empezar, Alex era un enigma indescifrable.

A ratos se mostraba directa y audaz, pero al segundo siguiente se replegaba sobre sí misma.

Esa ambigüedad la mantenía en vilo. Luego estaba lo otro.

Digamos que liarse con Alex, o que le gustara siquiera, atentaba directamente contra su plan de largarse de Aurora en cuanto tuviera la menor ocasión.

O, como mínimo, su decisión de mantenerse al margen del Brillo.

Dios. Entre todas las chicas del pueblo, justo tenía que fijarse en esa.

Sus manos se rozaron un instante. Fue un contacto leve, casi accidental.

—¿Y tú qué? ¿Qué tal estos días? —le preguntó Alex entonces.

—Bien... Mucho curro, ya ves. La conservera es un caos. Gus y Ray son lo más asqueroso que he visto en mi vida.

—Hummm —murmuró Alex.

Zoe esperó a que dijera algo más, pero Alex siguió callada. Continuaba mirando el espumillón. ¿Estaba molesta? ¿Había dicho algo que no debía? ¿No quería que estuviera allí?

—¿Qué pasa? —preguntó al fin intentando que su interés sonara casual—. ¿Te molesta que haya venido?

Alex levantó la cabeza de golpe.

—¡No!, qué va —dijo—, no es eso. Solo... estaba pensando en la otra noche. En que a lo mejor te conté demasiadas cosas sobre mi madre, sobre los Solares... Y en que eso solo sirvió para asustarte.

—¿Por qué lo dices? —preguntó Zoe.

—No nos hemos vuelto a ver —contestó Alex.

—No me asustaste. He estado ocupada, en serio.

—Bueno, yo también —contestó Alex—. Los preparativos de esta noche..., ya sabes. Por cierto, ¿qué vas a ponerte?

Zoe se quedó en silencio, descolocada por el giro de la conversación. No había pensado en qué ponerse. Ni remotamente. Y le dio la impresión de que Alex tampoco estaba hablando solo de ropa, que solo decía eso para cambiar de tema.

—Ni idea. Cualquier cosa, supongo —contestó.

—¿Quieres que te preste algo?

—No hace falta.

—Sí hace falta. Hazme caso. Esta noche es bastante formal y estoy segura de que Dalia va a aprovechar cualquier excusa para dejarte en ridículo.

Zoe arqueó una ceja.

—Pensé que era tu amiga.

—Lo es, y precisamente por eso sé cómo funciona su cabeza.

—Y no quieres que me deje en ridículo —dijo Zoe.

—Claro que no. Tú también eres mi amiga.

Zoe repitió la palabra en su cabeza. Amiga. Le cuadraba..., pero a la vez sentía que se le quedaba pequeña.