Los Astruc no siempre pagan sus deudas #2
—Creo que voy a pasar, pero gracias por la oferta, muy generosa —dijo—. Es solo que, cuando voy a una fiesta, me gusta estar del lado de los que beben el champán.
Abel murmuró un brusco «como quieras» y se dio la vuelta. Hizo un leve gesto con la cabeza hacia el chico, le ordenó que lo siguiera y salió de la cantina.
La campanilla sonó de nuevo.
Gus se volvió hacia Zoe con los ojos muy abiertos y la expresión entre desconcertada y atónita de quien trata de procesar un hecho insólito.
—¿Me puedes explicar qué ha sido eso?
Zoe encogió los hombros, caminó hacia el fregadero, abrió el grifo y dejó correr el agua para disimular que estaba llorando.
—Te he hecho una pregunta —insistió él.
Zoe se limpió una lágrima con el dorso de la mano.
—Nada —dijo al fin—, no ha sido nada.
Zoe apoyó la espalda contra la pared de la bañera y dejó que el agua tibia y espumosa le subiera por las piernas, le rodeara la espalda y le envolviera las costillas.
Tenía que admitir que algunos lujos de la tía Berta tenían su punto: las toallas de algodón egipcio que jamás habían visto un remiendo, los grifos que no escupían óxido, los baños de agua caliente sin preocuparse por la factura del gas...
En la lista interminable de pisos compartidos y cuchitriles por los que habían pasado ella y su madre la bañera era un ser mitológico.
Solo habían tenido duchas minúsculas con las paredes desconchadas y cortinas floreadas que Uma colgaba para disimular lo cutre de sus vidas.
Pero ni el agua caliente lograba deshacerle el nudo del estómago. En su cabeza, no dejaba de repasar una y otra vez la visita de Abel Astruc a la cantina. Y una frase en concreto, que se le había quedado clavada como una astilla.
«Desde el lugar que te corresponde.»
Menudo imbécil era ese hombre.
Sumergió la cabeza unos segundos en el agua.
Al sacarla, con el pelo pegado al rostro, sintió que su cuerpo, su mente y su alma (si es que el alma existe) le gritaban que dejara el baño, cogiera dos o tres mudas de ropa y se largara de Aurora en el primer bus que encontrara.
Estaba claro que los Astruc no las querían allí, como estaba claro que no conseguiría sacar a Uma de Aurora aunque la encadenara al parachoques de un autobús y la arrastrara por toda la costa.
Por otra parte: ¿y si esta vez Uma había encontrado su sitio?
¿Y si, por una vez, no estaba siendo una ilusa?
Tal vez Aurora le ofrecía algo que nunca antes habían tenido, una especie de tregua con el mundo.
Ella no compartía el entusiasmo de su madre, es cierto: Aurora le parecía el mismísimo infierno, pero estaba a punto de cumplir dieciocho años y no iba a quedarse pegada a su madre para siempre.
«Me aseguraré de que esté bien y luego me largaré.
» La promesa sonaba razonable y hasta emocionante.
Por un momento se permitió imaginar una nueva vida: otro lugar, otras personas, otra Zoe.
Se entretuvo un rato dándoles forma a sus fantasías mientras la temperatura del agua descendía lentamente, pero cuando ya estaba del todo fría la verdad emergió del fondo de su pecho: nunca se atrevería a dejar a Uma sola con esa gente.
Soltó un suspiro, quitó el tapón de la bañera y observó como el agua se deslizaba por el desagüe, llevándose la espuma y el espejismo de su vida futura. En la planta baja sonó el teléfono. Luego la voz de su madre, y, poco después, un grito:
—¡Zoe! ¡Te llaman!
Se envolvió en el albornoz, bajó las escaleras y se acercó al aparato con el cabello aún empapado.
—¿Sí?
—Me he enterado de la visita de mi hermano a la cantina esta mañana —dijo Frederic al otro lado de la línea.
Zoe suspiró irritada. Esa familia era como una mente colmena: todo lo sabían, todo lo compartían, todo lo husmeaban.
—Solo quería recordarte lo que ya te dije el día que llegasteis —prosiguió Frederic—: que Abel no tiene ningún derecho a impediros participar en el Brillo.
El pacto original es muy claro: el Brillo pertenece a cualquiera que lleve sangre Astruc, así que si Uma o tú decidís venerar a las diosas, y siempre que estéis en Aurora, lo recibiréis. Es automático.
—Gracias por la aclaración —dijo Zoe.
—De nada —respondió él como quien acaba de hacer un regalo de valor incalculable.
—¿Algo más? —preguntó.
—No. Solo que mañana por la mañana estaremos todos en la casa grande preparando la Noche del Brillo. Pásate, estará bien.
—Tengo que trabajar. ¿Te suena eso? Trabajar —dijo Zoe.
—Quizá podrías pedir el día libre —sugirió Frederic.
—No lo sé. Me lo voy a pensar —murmuró Zoe.
Hubo una pausa.
—Sé que piensas que soy uno de ellos —dijo Frederic al fin—. Pero no quiero serlo. Me he dado cuenta de cómo os están tratando a tu madre y a ti. No es justo.
Zoe no respondió.
—¿Sabes por qué creo que Abel y Celina no quieren que tengas el Brillo? —preguntó Frederic.
—Porque son unos esnobs asquerosos.
Frederic dejó escapar una exhalación que pudo haber sido una risa.
—Eso también. Pero hay algo más.
Al otro lado de la línea, Frederic guardó silencio.
Del cabello de Zoe caían gotas que empezaban a formar un pequeño charco a sus pies.
—¿A qué te refieres? —quiso saber.
—Tienen miedo. Miedo de que tus virtudes se vuelvan peligrosas para el clan.
—¿Mis virtudes? —repitió ella.
—No eres fácil, Zoe. Y en esta familia, quien no agacha la cabeza acaba convirtiéndose en un problema.
—Supongo que lo dices por experiencia —respondió ella con un filo glacial.
La línea quedó en silencio unos segundos.
—Bueno..., sí. En fin. ¿Irás mañana a la casa a ayudar?
—Me lo pensaré.
Colgó antes de que él dijera una palabra más.