Los Astruc no siempre pagan sus deudas
Los Astruc no siempre pagan sus deudas
El trabajo en la cantina era agotador. Quizá por eso, en los días siguientes, Zoe logró olvidarse de Alex, o al menos fingió que lo hacía.
Su jornada consistía en servir mesas en los tres turnos del mediodía, recoger un millón de bandejas, fregar los suelos y limpiar un baño que parecía estar bajo un embrujo de mugre infinita.
Y, por encima de todo, mantener la cordura bajo control, lo cual no era tarea menor: Gus y Ray dirigían aquel desastre con una dejadez que rozaba lo criminal.
La limpieza no les importaba lo más mínimo, y la cocina...
, bueno, para ellos cocinar consistía en mantener litros de aceite recalentado burbujeando todo el día y echarle cosas dentro sin demasiado criterio.
Aquella mañana en particular, los gemelos estaban de un humor de perros.
Una de las freidoras industriales había empezado a soltar chispas y el extractor —viejo, grasiento y taponado por años de hollín— se había estropeado.
Gus, con los ojos inyectados en sangre, no dejaba de aporrear la superficie con una espátula.
Ray lo llevaba con algo más de calma. Hacía rato que había declarado el extractor oficialmente muerto y se había puesto a pelar patatas frente al pequeño televisor que estaba colgado en la pared de la cocina.
Daban Sensación de vivir , y en ese momento Dylan le declaraba finalmente su amor a Kelly entre lágrimas y música dramática.
Todo ello mientras Brenda seguía siendo oficialmente su novia.
Ray no pestañeaba. Tenía la mirada fija en la pantalla.
—¿Por qué no compráis un extractor nuevo y ya? —preguntó Zoe a Gus, apartándose justo a tiempo de una nube de humo negro que el extractor moribundo soltó directo a su cara.
Gus dejó de aporrear la máquina y se volvió hacia ella.
—¿Comprar? —repitió incrédulo—. ¿Tú sabes quiénes son los dueños de esta cantina?
—Los Astruc —respondió Zoe apretando los dientes.
—Pues ahí lo tienes. —Gus golpeó el fregadero con la espátula.
El golpe hizo temblar la pila de platos sucios—.
Intenta tú que los Astruc suelten un duro.
Esta mañana mismo le he explicado el marrón que tenemos aquí a la secretaria de la conservera, pero ya te digo yo que he perdido el tiempo: no nos enviarán ni un tornillo, como siempre.
Y si responden será con un «apañáoslas como podáis».
¡Menuda panda eran los miembros de su familia! No era justo que trataran así a la gente que, al fin y al cabo, les llenaba los bolsillos.
—¿Sabes qué se dice en el pueblo? —continuó Gus, que soltó un salivazo sobre el suelo de madera antes de continuar—. Que los Astruc tienen siete vidas, como los gatos, aunque yo pienso que tienen más. Eso y que llevan la miseria en la sangre.
También ella tenía en la sangre unas gotas de esa miseria. «Si Gus supiera que en realidad soy una hipócrita y una farsante, esa espátula habría aterrizado en mi cabeza, y con justa razón», se dijo.
—¿Qué piensas tú, Ray? —preguntó.
Pero Ray estaba abducido por el culebrón.
—Este Dylan tendría que quedarse con Brenda. Lo de Kelly está bien, pero Brenda es la que estuvo ahí desde el principio, joder.
Eso fue todo lo que dijo.
Gus soltó un soplido, se dejó caer sobre un taburete y señaló otro con el mango de la espátula.
—Siéntate y deja que te ilustre un poco —dijo.
Zoe miró el reloj de pared. Eran las once y media. A esa hora solían estar en plena faena, preparando el almuerzo para los de la conservera, pero Gus parecía tener ganas de charla.
—Mira, niña, hay algo que debes tener claro —empezó—. Esta cantina, la conservera, el pueblo entero..., todo gira alrededor de los Astruc. Mucho antes de que tú nacieras ellos ya habían pillado el truco.
Zoe alzó una ceja.
—¿Qué truco? —preguntó, aunque ya sabía la respuesta.
—Pues ahí está la gracia. El truco es que nadie sabe cuál es el truco.
Pero te pondré un ejemplo. —Gus se inclinó hacia ella con una sonrisa torcida, como si estuviera a punto de revelarle un secreto de Estado—.
¿Has visto el color que tiene nuestro mar?
Es verde y raro, y a corta distancia parece un vómito de Dios. Lo has visto, ¿no?
Zoe asintió.
—Lo he visto y lo he olido —dijo.
Su mente viajó casi dos semanas atrás en el tiempo, a la escollera y a Alex, pero regresó enseguida al presente. No era el momento de distraerse.
—No era así —siguió Gus— antes de que la conservera vertiera una guarrada química de esas que matan todo lo que respira. ¿Y sabes quién pagó el pato?
Zoe parpadeó.
—¿Nadie...?
—¡Exacto! Nadie fue a la cárcel, nadie soltó un duro. Cero multas. Cero consecuencias.
—¿Por qué no los denunciaron? —preguntó Zoe.
Gus la miró como si acabara de decir la mayor estupidez del día.
—¿Tú me estás escuchando? —dijo Gus—. ¿Quién va a denunciar nada?
¿El alcalde? ¿El del puerto? Si todos tienen el riñón bien cubierto.
¿Y por quién? —Chascó los dedos y señaló al techo—.
Por los Astruc, claro. Esta familia nada en billetes desde antes de que existiera la fábrica.
Máximo no inventó nada, solo montó el chiringuito para seguir ordeñando la vaca.
—Le sale todo redondo —le dijo Ray vaya uno a saber a quién—. Dos novias, cero consecuencias.
Gus se volvió hacia él.
—¿Puedes hacer el favor de apagar eso?
Ray no dijo que sí y tampoco que no, pero cogió el mando del televisor y bajó el volumen. Gus resopló y se encogió de hombros antes de devolver su atención a Zoe:
—Esta conservera nunca ha tenido pérdidas —dijo—, ni una sola. Ya se puede hundir la pesca, ya pueden cerrar los puertos por huelga, ya puede reventar una marea negra en plena costa... que da igual. Ellos siempre caen de pie.
—Y algo se traen entre manos con esas mujeres de la colina —dijo Ray metiéndose en la conversación.
—Deja a esas viejas en paz —bufó Gus—. Eso son cotilleos estúpidos.
Así era entonces, se dijo Zoe, como la gente de Aurora vivía el Brillo: no tenían idea de diosas ni de linajes mágicos, pero sí de la tremenda injusticia que suponía.
Una expresión atribulada reemplazó el mal humor de Gus, que se llevó las palmas de las manos a los ojos como hace la gente que lleva horas sin dormir.
A Zoe se le encogió el corazón al verlo así, con ese aire de derrota, como un niño frente a un problema de matemáticas imposible, y por un instante se sintió tentada a abrazarlo.
Se lo impidió la campanilla de la puerta, que sonó para sorpresa de los tres.
Era temprano para el primer turno de comida, que no empezaba hasta la una.
—¡Cerrado! —gritó Ray.
Quienquiera que hubiese hecho sonar la campanilla no había escuchado la advertencia o había decidido ignorarla: sus pasos repicaron en la sala del comedor.
Gus se levantó del taburete refunfuñando y se acercó hasta la ventanilla del pasaplatos.
Se asomó con cara de perro, claramente dispuesto a echar a la puta calle al visitante, pero en cuanto vio de quién se trataba se le aflojó la mandíbula y sus ojos se abrieron un poco más de lo normal.
De manera casi automática, se pasó la mano por el pelo grasiento para tratar de peinarlo.
Abel Astruc.
Tenía que serlo, pues era como si hubieran juntado a Celina y a Frederic en un laboratorio secreto y le hubieran añadido esteroides a la mezcla. Lo acompañaba un chico vestido con un mono de trabajo azul y cara de «yo solo paso cables, no me metan en sus dramas».
—Oh... No esperaba... No sabía que... —dijo Gus.
Abel levantó la palma de la mano en señal de silencio.
—Me han dicho que se ha estropeado el extractor —dijo.
Las bocas de ambos gemelos estaban igualmente abiertas, como buzones.
Gus asintió con la cabeza y señaló con el mentón la campana ennegrecida:
—Esta mañana echaba humo. Ya he avisado a la oficina.
—Ya lo sé —respondió Abel—, por eso estoy aquí.
A una señal suya, el chaval del mono azul se acercó al extractor y pulsó el botón de encendido. El aparato tembló y soltó un gruñido ronco.
—Este motor da pena —dijo el chico.
—Entonces habrá que comprar uno nuevo, ¿verdad que sí? —concluyó Abel.
La pregunta quedó flotando en el aire, sin respuesta, como si hubiera sido formulada en un idioma que ni Gus ni Ray entendían.
—Digo que habrá que comprar uno nuevo —repitió Abel elevando un poco el volumen.
Zoe ató cabos a toda velocidad. A juzgar por el estado catatónico en que se encontraban Gus y Ray, aquella visita era de todo menos normal.
Quizá —Zoe habría apostado su miserable nómina a ello— era la primera vez que Abel Astruc ponía un pie en la cantina, y más aún por un extractor quemado, lo cual significaba que estaba allí por otra cosa.
Para conocer el careto de la pequeña bastarda de la tía Berta.
Un instante después, Astruc dejó que sus ojos se posaran sobre ella con una indiferencia perfectamente calculada que confirmó que estaba en lo cierto.
—¿Trabajas aquí? —le preguntó.
—Sí, trabajo aquí —contestó ella con una sonrisa de empleada del mes.
«Y por eso estás aquí —pensó—. Sabes perfectamente quién soy y has venido a marcar territorio, como tu hermana.»
Abel se frotó las manos, se llenó el pecho de aire y se llevó las manos a la espalda. Parecía un pequeño Napoleón.
—¿Sabes? Mi familia va a celebrar una fiesta mañana por la noche.
Es una ocasión importante para nosotros, muy especial —dijo, e hizo una pausa, midiendo bien las palabras—.
Da la sensación de que te manejas bien aquí, entre los platos sucios.
Quizá te interese venir a echar una mano.
Servir las bebidas, limpiar copas... Sería una forma adecuada de empezar a conocer la casa... desde el lugar que te corresponde.
El chico del mono de trabajo y los gemelos (estos últimos, sobre todo) observaban la escena sin entender absolutamente nada. Zoe apretó los labios y levantó la mirada, segura de que le salían chispas por los ojos.