Catábasis #2
A Alex le resultaba imposible dormir con el ataúd abierto y la piel blanca del señor Dubois resplandeciendo bajo la luz de la luna como un fuego fatuo.
Zoe, en cambio, roncaba plácidamente. Se había tumbado lo bastante cerca de Alex como para que esta pudiera ver que su pecho subía y bajaba acompasadamente.
Los palillos del cristal líquido de su reloj CASIO decían que eran las 2.
59 de la madrugada —un minuto para las tres—, y estaba tan despierta como si se hubiera tomado cinco litros de café.
Le echaba la culpa de la falta de sueño al señor Dubois, aunque en el fondo sabía que la cercanía de Zoe también tenía algo que ver. Más que algo, bastante más.
A las 3.02 se arrastró hasta el sitio donde dormía Zoe y la despertó con unos suaves toques en el hombro.
Zoe se incorporó sobresaltada y desorientada.
—¿Qué pasa? ¿Dónde estoy? —preguntó.
Alex endulzó la voz tanto como pudo.
—Tranquila, te habías quedado dormida. Quisiste acompañarme, solo que yo no puedo dormir, así que esto no va a funcionar.
Zoe se sentó y se frotó los ojos.
—¿Qué hora es?
—Tarde, más de las tres —dijo Alex—. Vete a casa, yo me encargaré.
—¿Te encargarás de qué?
Alex miró de reojo el cuerpo del señor Dubois. No podía dejarlo así. Si Cora veía aquello estaba acabada. Su tía exigía precisión en la nigromancia y detestaba cualquier descuido que llamara la atención de Aurora.
—Tendré que enterrarlo de nuevo —dijo Alex.
—Te ayudaré —dijo Zoe.
Enterrar a un muerto resultó ser bastante más fácil que desenterrarlo: cerca de las cuatro y cuarto de la madrugada el señor Dubois reposaba otra vez bajo la dignidad de la tierra removida.
Alex se aseguró de volver a poner todas las coronas de flores en su sitio por si algún familiar decidía al día siguiente acercarse a la tumba a echar una lágrima.
Cuando acabaron, ambas estaban cubiertas de tierra de la cabeza a los pies y el cansancio les pesaba en los huesos, pero Alex estaba feliz y agradecida con Zoe: sin ella no habría sido capaz de volver a meter al muerto en la tierra.
—Te invitaría a tomar algo, si no fuera porque... —dijo Alex.
—Si no fuera porque estás destrozada —Zoe se limpió un rastro de tierra de la mejilla— y a estas horas no queda ningún sitio abierto.
Alex negó con la cabeza.
—Si no fuera por las pintas que llevamos, eso iba a decir —dijo Alex levantando las uñas llenas de tierra.
Zoe, por su parte, se señaló las zapatillas y la camiseta.
—La gasolinera no cierra por las noches —dijo Alex.
Y Zoe sonrió.
Salieron por el mismo agujero por el que habían entrado y echaron a andar hacia el pueblo.
Hacía una noche preciosa. Las noches que pasaba en el cementerio, Alex se concentraba tanto en los muertos, en su madre y en Cora que todo lo demás —como el clima, por ejemplo— dejaba de existir.
Lo cierto es que soplaba una brisa marina bastante agradable, libre de los efluvios rancios de la conservera, que se le había pasado por alto.
Bajaron la cuesta en silencio y lo disfrutó.
Lo disfrutaron ambas. En general, estar callada junto a alguien que apenas conoces es una de las experiencias más incómodas del mundo, pero con Zoe el silencio no pesaba.
Es decir, no hacía falta llenar el mundo de palabras innecesarias y estaba bien así.
Haber pasado la noche juntas en el cementerio resultaba una manera peculiar de romper el hielo.
—¿Vas a ir a la Noche del Brillo? —preguntó Alex cuando pasaron frente a los primeros bloques de edificios.
—Creo que sí —respondió Zoe—, pero no porque me muera de ganas. Es más bien porque Celina Astruc trató de humillar a mi madre y no voy a dejar que se salga con la suya.
Alex la miró con el rabillo del ojo. Bajo la luz apagada de las farolas, Zoe parecía una chica mayor. Había algo en su forma de estar, en cómo decía las cosas (o en cómo elegía no decirlas), que la hacía parecer mucho más adulta.
—¿Dónde vivías antes de venir aquí? —se aventuró a preguntar.
—En muchos sitios.
—¿Por qué?
Zoe se encogió de hombros y suspiró resignada.
—Mi madre tiene un talento especial para hacer que todo nos salga mal, y una única solución: mudarse y dejarlo todo atrás —dijo.
Alex asintió con la cabeza. A su modo de ver, tenían madres parecidas: idénticas en lo diferente.
—Quiero decir que nuestra vida no ha sido estable, ¿sabes? No formamos parte de la gran historia de los Astruc —agregó Zoe.
—¿Te refieres a lo que pasó entre Máximo Astruc y tu tatarabuela?
Zoe dejó escapar una risa seca, sin una pizca de humor.
—Bisabuela —respondió—. Y, sí, me refiero exactamente a Máximo Astruc.
El mechón azul le cayó sobre la cara y, por un segundo, le tapó un ojo. El efecto del azul sobre el rostro le resultó a Alex encantadoramente raro.
—¿Qué más quieres saber? —preguntó Zoe.
Alex quería saberlo todo sobre Zoe: cómo había sido su vida en el último sitio donde había vivido antes de Aurora, quiénes eran sus amigos, si se había enamorado y qué cosas le gustaba hacer... y mucho más. Pero no quería parecer una cotilla.
Dijo:
—Nada. O lo que quieras contarme.
Zoe se acomodó el mechón detrás de la oreja.
—¡Pues ya hemos llegado! ¡Mira! —dijo.
A unos cincuenta metros de ellas, la gasolinera de la entrada de Aurora proyectaba un resplandor blanco y despiadado sobre el asfalto. Cubrieron la distancia que las separaba de ella con una carrerilla.
—¿Qué tipo de cerveza te apetece? —preguntó Alex, sacando unas monedas del bolsillo del pantalón.
Uno de los surtidores, que goteaba gasolina, había formado un charco persistente que brillaba bajo los fluorescentes. Zoe estuvo a punto de pisarlo, pero lo esquivó en el último momento con un salto.
—Vaya sitios más maravillosos que tienes para tus citas —dijo.
—No era mi intención que nos quedáramos aquí —contestó Alex.
Cogió a Zoe de la mano y la arrastró dentro de la tienda.
Fueron hasta la nevera y sacaron un par de cervezas. Pese al ventilador oxidado, que giraba con desgana y chirriaba en cada vuelta, en el local hacía un calor insoportable.
—¿No te van a pedir el carné? ¿Quieres que las compre yo? —le susurró Zoe al oído con una media sonrisa.
—¿Crees que es la primera vez que compro cerveza? —le respondió Alex arqueando una ceja.
—También te dije que me gustaba tu pelo —dijo Zoe.
A Alex se le encendieron las mejillas, y no por el calor pegajoso del local.
Dejaron la gasolinera medio minuto después, cervezas en mano, en plan Thelma y Louise.
Alex enfiló directamente hacia el paseo marítimo y Zoe la siguió de buen grado.
El pueblo, a esas horas, estaba en silencio.
Solo les llegaban, y desde lejos, arrastrados por el viento, los esperables gritos de los borrachos que salían de El Túnel y del Arca de Noé y alguna que otra risa perdida.