La casa de las diosas caídas (Las Lunares 1) Catábasis
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Catábasis

Catábasis

Con su cara de pocos amigos, la gabardina abierta y ondulando al viento, el maletín de médico y las lápidas de fondo, Luca parecía el ladrón de cadáveres de un cuento de terror.

—Haz que esta tía se vaya o me largo yo —ordenó.

Alex se separó de Zoe y dio un paso hacia él.

Más de una vez había sentido ganas de insultarlo, pero ahora apenas podía contener las ganas de empujarlo al suelo, borrarle la sonrisa a puñetazos, arrancarle la estúpida gabardina y hacerla jirones.

Y, ya puestos, dejarlo durmiendo para siempre junto al muerto de aquella noche.

—Prometiste que me ayudarías —dijo.

—No dijiste que vendrías acompañada —replicó Luca.

Después miró a Zoe y torció la boca en un gesto de desagrado.

—No quiero interrumpir vuestro rollo romántico... o lo que sea esto, ¿vale? —dijo Zoe.

¿Rollo romántico? Joder, ¿eso era lo que Zoe creía que estaba pasando?

Luca resopló, se echó a reír y volvió a poner esa cara insoportable de sabelotodo.

—Está claro que lo tuyo no es leer el lenguaje corporal —dijo, y añadió—: Antes de tener un rollo romántico con Alex, me corto una pierna.

—Y yo me arrancaría los ojos antes de tocarte un pelo —le devolvió Alex.

Durante unos segundos que se hicieron larguísimos y en los que solo se oyó el zumbido eléctrico de las farolas del cementerio, se miraron con las chispas bailando en los ojos. Luca sacudió la cabeza con aire de perdonavidas.

—Venga, no perdamos más tiempo, vamos a lo nuestro —dijo girándose sin esperar respuesta—. ¿Has traído lo que te pedí?

—¿Tú qué crees? —Alex sacó de su mochila una vela roja con forma de cabeza de dragón—. Es de la tía Velia: usa velas para sus cosas. Ya sabes, sus rollos esotéricos.

Luca cogió la vela, la alzó frente a sus ojos y la hizo girar entre los dedos. La cera tenía vetas doradas y la mecha estaba quemada en la punta.

—Una diosa con rollos esotéricos es una diosa con una fuerte crisis de identidad, pero me servirá —murmuró sin dar las gracias.

Luca guardó la vela en el maletín y Alex sintió que algo se le cerraba en el pecho. Un presentimiento fugaz, como una sombra que pasa rozando pero no se detiene.

—Oye —dijo cruzándose de brazos—. ¿Para qué querías exactamente la vela?

—Ya te lo dije. Preparo una sorpresa para la Noche del Brillo.

Luca volvió a hurgar en el maletín y sacó un libro grueso encuadernado en cuero. Empezó a pasar las páginas con rapidez.

—Tú, prima —dijo—, si te vas a quedar ahí haz algo útil. Busca una pala, hay que excavar.

—¿De dónde quieres que saque una pala? —contestó Zoe.

—Estamos en un cementerio. En los cementerios hay palas, ¿verdad?

—¿Y qué piensas hacer con la pala? —insistió Zoe.

Luca se mordió el labio inferior y se echó hacia atrás la mata de pelo que le caía sobre la frente, como hacía siempre que alguien le preguntaba algo que consideraba estúpido. Es decir, casi siempre.

—Vamos a desenterrar al tal señor Dubois, y para eso necesitamos cavar, ¿verdad que sí? —respondió.

Alex negó con la cabeza.

—Espera, no puede ser cierto. Dime que no vamos a desenterrarlo —dijo.

Luca no se molestó en contestar. Zoe se plantó a su lado y le dio una palmada en el hombro.

—Tú no me conoces y yo no soporto que los desconocidos me den órdenes. Vete tú a buscar la bendita pala —le dijo.

Luego dio media vuelta y se fue sin molestarse en esperar respuesta. Alex no la detuvo, no hacía falta. Entendía perfectamente por qué se iba.

—No deberías haberla traído —dijo Luca.

—Y tú no deberías ser tan borde —contestó Alex secamente—. Ahora dime: ¿va en serio eso de desenterrarlo?

Luca se acuclilló, tomó un puñado de tierra y dejó que resbalara lentamente desde su mano a la tumba.

—Necesitas un contacto más directo con los muertos. Sin interferencias —le explicó como si le hubiera preguntado la tontería más obvia del mundo—. Por cierto, ¿nunca has pensado en inventarte los puñeteros últimos arrepentimientos de tus muertos? No veo cómo podría saber Cora si le dices la verdad.

Alex no solo lo había pensado, sino que lo había intentado al menos en seis ocasiones de niña (y de no tan niña), pero Cora la había pillado cada vez.

—Mentir sería una opción si se me diera bien —dijo.

—Veamos qué podemos hacer, pero te sugiero que no te hagas demasiadas ilusiones. Hablar con los muertos también sería una opción si se te diera bien.

Alex tenía una respuesta afilada en la punta de la lengua, pero se quedó en silencio al ver que Zoe, contra todo pronóstico, regresaba entre las lápidas. Volvía con paso ágil, una sonrisa de oreja a oreja y una pala al hombro.

—Creía que te habías ido —dijo Alex sin poder evitar la sorpresa.

—Pues aquí estoy —respondió Zoe.

La pala cayó sobre la grava con un golpe seco.

Luca la cogió, se arremangó la gabardina, apoyó una rodilla en el suelo y empezó a cavar. Sus movimientos eran firmes, medidos, casi profesionales. Hundía la hoja en la tierra compacta y la apartaba a un lado.

Aguantó así cinco minutos. Luego se detuvo, respiró hondo y le tendió la pala a Zoe.

—Tu turno, prima —dijo.

—No la metas a ella —dijo Alex—. Déjala fuera de esto.

—No me importa —interrumpió Zoe.

Sus paladas tenían brío y rabia.

Cuando llegó su turno, Alex descubrió que desenterrar un muerto no era tan fácil como parecía. En menos de tres minutos ya le dolían los brazos, las manos y la espalda, y cada palada pesaba más que la anterior.

Pasó un tiempo indefinido hasta que la pala golpeó algo duro. Un sonido seco, sordo. Luca se agachó, apartó la tierra con las manos y dejó al descubierto un borde de madera. Entre los tres despejaron el resto hasta que el ataúd emergió por completo.

—Esto no va a gustaros —dijo Luca.

Colocó ambas manos en el borde del ataúd y empujó la tapa, que cedió con un crujido lento y húmedo.

Alex alzó la linterna y recorrió con el haz de luz el interior del féretro hasta detenerse en el rostro del señor Dubois. Tenía los párpados entreabiertos, la piel grisácea y la cara horriblemente hinchada.

—Bien, misión cumplida. Ahora solo tienes que tumbarte al lado del señor Dubois, dormirte... y esperar —dijo Luca.

Alex lo miró perpleja.

—¿Eso es todo? —preguntó.

—No, no lo es —contestó Luca—, gracias por preguntarlo. ¿Conoces ese pasaje de la Odisea en el que Odiseo desciende al Inframundo por orden de Circe para consultar sobre su futuro a Tiresias?

—¿Te refieres a la escena en la que Odiseo cava un hoyo en el Inframundo, derrama sangre y espera a que los muertos acudan a beber para invocar al sabio Tiresias? Sí, lo conozco. Es una de las catábasis más citada de toda la literatura clásica.

Luca la miró con una sorpresa que a Alex le pareció ofensiva, por decirlo suavemente. Así eran las cosas: naces en una familia alérgica a los libros y acabas creyendo que el mundo entero está lleno de imbéciles.

—¿Cómo sabes eso? —preguntó Luca, aún sin creérselo del todo.

—Prueba a tener una tía que te obliga a leer la Odisea , la Eneida , el «Infierno» de Dante y toda la literatura humana sobre el Inframundo, y cuyos cuentos para dormir se basan en historias reales «de primera mano» sobre el Hades, el Irkalla o el Tártaro.

—Hizo una pausa—. Supongo que habrás traído la sangre de un cordero blanco y uno negro.

—¿Has dicho sangre ? —preguntó Zoe un poco alarmada.

—Es la ofrenda que hace Odiseo en el Inframundo —dijeron Luca y Alex al mismo tiempo.

Luca metió las manos en el maletín y sacó de su interior un pequeño frasco de cristal oscuro.

—He traído esto —dijo.

Zoe le arrebató el frasco, lo abrió y miró dentro. El líquido que guardaba parecía agua sucia mezclada con algún tipo de aceite.

—¿Qué es? —preguntó.

—Es sangre de pescado —respondió Luca con una media sonrisa—. De la conservera.

—No lo parece —dijo Zoe.

—¿Cuánto hace que eres una experta en la vida acuática? ¿Cinco segundos? —respondió Luca.

Zoe le pasó el frasco a Alex.

—Huélelo —dijo.

Alex sintió una arcada. Olía a vinagre de vino y a clara de huevo.

—Creo que Luca ha confundido la sangre de pescado con el asqueroso batido que toma en el desayuno —dijo Zoe.

Alex, decepcionada, dejó caer el frasco al suelo y se dio cuenta de lo ingenua que había sido. A Luca no le interesaba ni ayudarla a encontrar su poder ni su problema con Cora. Entonces, ¿qué hacía allí? ¿Qué sacaba él de esa noche en el cementerio, además de unas agujetas?

—¿A qué estás jugando? —le preguntó.

Luca se encogió de hombros, murmuró algo ininteligible y empezó a recoger sus cosas con movimientos torpes y apurados.

—Ya os he dicho todo lo que sé. Creo que será mejor que me vaya —dijo.

—¿Ya has dicho todo lo que sabes? —repitió Alex sin poder ocultar la rabia. Jamás se había sentido tan estafada.

—Te lo he dicho todo —insistió Luca sin inmutarse—. La invocación, la sangre... y que luego te acuestes junto al señor Dubois.

—Pues no pienso acostarme con el señor Dubois.

—Entonces no hay nada más que yo pueda hacer.

Luca se volvió sin esperar respuesta y se marchó. Ni una disculpa ni una despedida. Alex lo siguió con la mirada hasta que su figura se perdió en la noche.

—Menudo gilipollas —dijo Zoe entonces.

Alex, desolada, bajó la vista hacia el hoyo abierto. El señor Dubois estaba ahí acostado, tan tranquilo, con las manos sobre el pecho. Parecía un viejecito encantador y no se merecía ese desastre, pobre hombre.

—¿Qué vas a hacer? —preguntó Zoe—. ¿Vas a meterte ahí dentro?

—No —dijo Alex—. La verdad, no. Pero tengo que quedarme a dormir aquí. Si vuelvo ahora a casa, Cora sabrá que algo ha salido mal.

Se agachó junto al hoyo y empezó a extender el saco de dormir. Zoe no se movió.

—¿Crees que si me quedo contigo interferiré en lo que tenga que pasar? —preguntó.

Alex la miró sorprendida.

—¿Quieres quedarte aquí a dormir también? —preguntó.

—He dormido en sitios peores, te lo aseguro.

Lo correcto habría sido, pensó Alex, que Zoe volviera a su casa, que se metiera en la cama y se olvidara de aquella noche. Pero lo que de verdad quería era que se quedara. Y a veces resulta que lo correcto y lo que uno siente no coinciden.

—Sí —dijo Alex—. Quédate, por favor.