La casa de las diosas caídas (Las Lunares 1) Catábasis #3
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Catábasis #3

Cuando llegaron a la costa, Alex se desvió hacia la escollera, esa lengua de piedras que se metía en el agua.

Avanzaron con cuidado, saltando entre bloques de cemento y rocas irregulares, hasta el final del todo, donde algún funcionario municipal de extraño sentido del humor había colocado un banco de hierro, que ahora estaba gastado por el salitre.

Se sentaron allí. Zoe abrió su cerveza con un clic que rompió el silencio.

—Así que este es tu escondite secreto —dijo.

¿Su escondite secreto? No lo había pensado así. Y solo iba allí cuando necesitaba estar sola. Escondite sonaba a un lugar importante.

—Es mi sitio tranquilo —murmuró Alex.

El mar se abrió frente a ellas como una mancha oscura y rugosa y el silencio volvió a instalarse mientras bebían. Al fondo, flotando en la negrura, brillaban las luces lejanas de un carguero.

—¿Qué haces cuando no estás profanando tumbas? —preguntó Zoe de repente.

—Mi vida no es gran cosa. Durante el año voy al instituto, y en verano ayudo a Mora con el aguardiente. Ya ves, soy un muermo total —dijo.

Zoe bebió un trago largo y volvió a la carga.

—¿Tienes muchos amigos?

—No, no muchos —admitió Alex sin rodeos—. Tengo a Dalia, y supongo que tengo a Luca.

Zoe le lanzó una mirada escéptica por encima de la lata.

—¿Luca? He visto rottweilers más adorables que él.

—Lo sé —dijo Alex.

Desde luego, no era fácil explicarle a Zoe qué significaba crecer en Aurora y criarse con las Tías; en el fondo, qué significaba ser ella.

Quiso contarle lo extraño que siempre le había resultado sentirse a medio camino: ni del todo humana ni lo bastante poderosa como para brillar.

Sin embargo, cuando intentó ponerlo en palabras, estas no acudieron.

En el horizonte aún se veían las luces del barco, que a aquella distancia parecía una criatura gigantesca que las vigilaba.

—¿Y tú? —insistió Alex—. Dime algo de ti.

Zoe apoyó la lata contra el banco pensativa.

—Tenía una novia —dijo al fin—, pero lo dejamos antes de venir aquí.

—Lo siento.

—Bah —Zoe se encogió de hombros—, no pasa nada.

Novia.

En Aurora la gente no iba tan suelta. A Alex la naturalidad de Zoe la sorprendió de tal manera que no pudo evitar mirarla fijamente durante un segundo más de lo conveniente. Zoe se volvió y la pilló, y Alex apartó la mirada fingiendo concentrarse en el vaivén del mar.

—Oye, ¿y por qué no le dices a Cora que no quieres seguir con el rollo ese de ser la médium de Aurora? —preguntó Zoe en su lugar.

«¡Vaya volantazo!», pensó Alex.

—No podría, Cora... —dijo.

—Claro que puedes. Vas y le dices: «Oye, Cora, paso de los muertos». Fin de la historia.

Alex negó con la cabeza.

—Imposible, tiene demasiadas expectativas puestas en mí. Además, no siempre se puede elegir, ¿recuerdas? Hace poco me ha explicado alguien que elegir es un privilegio.

Zoe se rio.

— Touché —admitió—. Pero venga, aun así: ¿cuáles son tus expectativas? ¿Qué quieres tú?

Alex no estaba preparada para una conversación intensa. ¿Qué quería ella?, ¿de verdad? No tenía ni idea. Por eso echó mano de una estrategia que había aprendido de Cora: cuando no sabes qué responder, lanza la pregunta de vuelta.

—¿Y las tuyas? —dijo sin pensarlo demasiado.

Zoe no dudó:

—Largarme de Aurora.

La sinceridad de la respuesta golpeó a Alex con una fuerza inesperada. No por la idea en sí —todo el mundo quería largarse de Aurora tarde o temprano, al menos todos los que no se apellidaban Astruc—, sino por lo fácil que le había resultado decirlo.

Se dio cuenta, sin saber muy bien cómo, de que se había puesto triste. Y no entendía por qué. «No la conozco de nada», pensó, como si eso pudiera convencerla. Al fin y al cabo, solo era una chica maja que la había ayudado a enterrar a un muerto. Nada más. ¿Qué le importaba si tenía planes de irse?

Ambas habían terminado ya sus cervezas y empezaba a clarear. Zoe aplastó la lata vacía y la sostuvo un momento, buscando dónde tirarla.

—En el paseo hay una papelera —dijo Alex señalando vagamente hacia la rambla.

Quizá Zoe entendió las indicaciones de Alex (que habría preferido quedarse un poco más) como una invitación a levantarse, porque se puso de pie y luego se inclinó para recoger la lata del banco.

Alex se levantó en el momento en que Zoe se inclinaba, y sus caras quedaron a un suspiro de tocarse.

Zoe la miró un segundo, indescifrable, y el instante se disolvió sin dejar rastro cuando Alex volvió a sentarse en un acto reflejo.

—¿Vamos? —preguntó una.

—Vamos —dijo la otra.

Bajaron de la escollera y regresaron hacia el paseo marítimo y el pueblo.

Poco a poco, el murmullo del mar fue quedando atrás, reemplazado por el sonido de sus pasos.

Al llegar al punto de la carretera de Los Altos donde sus caminos se separaban —una hacia la casa de las Tías, la otra hacia la mansión de Berta—, el reloj de pulsera de Alex marcaba poco más de las cinco de la mañana.

—Oye —dijo Alex antes de separarse—. Gracias por lo de hoy, de verdad. Te debo una.

—Ya me la has pagado —respondió Zoe sin detenerse.

—Ya, en fin... Oye, si un día te apetece que te enseñe un poco más del pueblo, llámame, ¿sí?

Zoe se giró ligeramente, solo lo justo para que la luz de una farola le iluminara el rostro.

—Lo haré, sin duda —dijo.

Y se fue a casa.