La casa de las diosas caídas (Las Lunares 1) Una cuestión de orden #2
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Una cuestión de orden #2

—Te has hecho un siete en la chaqueta —dijo.

—¿Yo? Oh, vaya, las Tías se pondrán furiosas.

—¿De quién te escondías? ¿De mí?

—No, no me escondía de ti. Es decir, sí. O no. Quiero decir que no me escondía de ti específicamente, sino de cualquiera. Y resulta que esa cualquiera eras tú.

Zoe la miró con desconcierto y torció la boca en una mueca que Alex no supo si era de burla, de confusión o de ambas cosas.

—¿Adónde vas? —preguntó bajando la mirada hacia el saco de dormir.

—Voy a dormir afuera —dijo Alex. Y luego, rápidamente, tan rápidamente que se enorgulleció de su propia capacidad para mentir, añadió—: Tengo un cumpleaños.

Se acomodó el saco en el brazo en un intento de darle verosimilitud a la respuesta. Era una excusa floja y lo sabía. A las Tías no las habría engañado ni un segundo, pero confiaba en que Zoe no fuera tan complicada como ellas.

—Un cumpleaños... —repitió Zoe.

Alex cogió aire y decidió estirar la trola un poco más.

—De una compañera de clase —dijo—. Mi..., mi mejor amiga, Dalia.

—¿Dalia Astruc? ¿Mi prima? —preguntó Zoe.

—La misma.

—Hace un rato he conocido a su madre, una mujer encantadora. Por cierto, viven en la dirección contraria —dijo señalando hacia la casa de Celina, cuyos muros rosados asomaban entre los pinos, pálidos bajo la luz de las farolas.

—Pues será que me he equivocado. A veces me despisto —balbuceó Alex.

Zoe asintió con la cabeza sin decir nada. Le lanzó una última mirada y luego siguió su camino sin despedirse.

Alex se quedó en mitad del sendero, viendo cómo la silueta de Zoe se hacía cada vez más pequeña.

Sabía que no se había creído sus mentiras; lo que no entendía era por qué había sentido la necesidad de mentirle.

Al fin y al cabo, también era una Astruc, como Dalia y Luca, y ellos conocían de sobra sus fracasos, sus intentos torpes de nigromancia, sus sesiones fallidas.

Entonces, ¿por qué había actuado así con Zoe?

¿Por qué la había tratado como a una intrusa cuando no lo era?

—¡Zoe! —la llamó.

Zoe se dio la vuelta.

Alex corrió hasta alcanzarla. Cuando llegó a su lado jadeaba un poco.

—Oye, lo siento —dijo—. Te he mentido, no es verdad que vaya a casa de Dalia.

—No tienes que darme explicaciones —respondió Zoe un poco cortante—. Somos vecinas, no significa que tengamos que ser amigas.

—No, ya lo sé —dijo Alex—, pero quiero contártelo, ¿vale? El caso es que voy a dormir aquí, en el cementerio.

Era una confesión capaz de dejar a cualquiera fuera de juego. Y, al menos por un momento, consiguió justo eso: el enfado de Zoe pareció evaporarse, sustituido por una perplejidad genuina.

—¿En el cementerio? —preguntó.

—Es una larga historia.

—¿Te van esas cosas? —insistió Zoe sin salir de su asombro.

—No, no es eso —contestó Alex—. La verdad es que, si tengo que ser sincera, me da un poco de miedo.

—Entonces, ¿por qué lo haces?

—Porque tengo que hacerlo —dijo encogiéndose de hombros—. No todo el mundo tiene el privilegio de elegir. Es lo que dijiste el otro día, ¿no?, que elegir es un privilegio.

Vaya, eso había sido una buena réplica. Solo le faltaba una salida digna para redimirse del bochorno, así que Alex echó a andar cuesta abajo aferrada a su saco.

—Oye —dijo Zoe de pronto—. ¿Quieres que me quede contigo?

Alex tragó saliva y se detuvo en seco. Se giró lentamente, como si no estuviera segura de haber escuchado bien.

—¿Lo dices en serio?

—Has dicho que te da miedo, ¿no? —replicó Zoe—. Bueno, pues yo elijo ir contigo.

Alex se quedó en blanco. «Touché», pensó.

—¿Estás segura? —balbuceó—. ¿No tienes planes o...?

Zoe negó con la cabeza.

—Vamos —dijo simplemente.

—Es por aquí.

Alex se agachó junto a unos matorrales, apartó las ramas con cuidado y señaló un hueco en la valla. Se deslizó al otro lado sin dudar.

—¿Vienes? —dijo.

Zoe se quedó mirando el agujero de la reja. La verdad, no se había parado a pensar en cómo iban a entrar en el cementerio, pero había imaginado algo un poco más legal, una puerta, tal vez, no una rendija entre los arbustos que implicaba asaltar propiedad municipal.

—Oye —dijo Zoe—, ¿todo esto tiene algún propósito?

—Te aseguro que lo tiene —dijo Alex.

Se agachó y pasó al otro lado. Ya estaba dentro.

Y odiaba estarlo. Nunca había sido el tipo de adolescente que se cuela en sitios prohibidos; siempre había estado demasiado ocupada cuidando de Uma.

A veces pensaba que su madre tenía razón al reprocharle que parecía una jubilada amargada.

Claro que era fácil decir eso cuando tu forma de maternar consistía en colapsar y esperar a que tu hija te recogiera a trozos.

Alex abrió la mochila y sacó una linterna.

La encendió y echó a andar entre las tumbas con total seguridad.

El haz de luz tembló ligeramente antes de estabilizarse, y fue barriendo fragmentos dispersos: un nombre grabado en una piedra, la cruz de hierro oxidada de una tumba, el ala rota de un ángel de piedra cubierto de musgo.

—¿Vamos a algún lugar en concreto? —preguntó Zoe.

—Claramente. Tú confía.

Después de caminar un par de minutos más, Alex se detuvo frente a una tumba con flores aún frescas; la linterna iluminó el nombre grabado en la piedra.

—Es aquí —dijo.

—¿De qué hablas? —preguntó Zoe.

—Este es el muerto con el que debo hablar hoy.

Las palabras tardaron un segundo de más en asentarse. Cuando por fin lo hicieron, Zoe se dejó caer sobre una lápida. Un cementerio. De noche. Hablar con un muerto. Vale, al parecer acababa de cruzar la línea entre «esto es raro» y «esto da mal rollo de verdad».

—¿Puedes repetirlo, por favor?

—¿Te acuerdas de lo que te dije en el cobertizo? —preguntó Alex.

—¿Lo de que eres vulgar y corriente?

—Bueno, también —admitió Alex con una mueca—. Pero me refería a lo otro, a cuando te conté que mi madre era una de las Tías. ¿Te acuerdas de lo que Cora le explicó a la tuya? Lo del nombre verdadero. Ese que tenían antes, cuando eran diosas de verdad.

Zoe asintió, más seria ahora.

—El de mi madre era Ereshkigal —dijo Alex, que guardó silencio unos segundos y dejó que el nombre flotara un momento en el aire húmedo de la noche—.

Hace eones, en lo que las Tías llaman los «tiempos lunares» —prosiguió—, ella era la diosa del Inframundo.

Sí, ya sé cómo suena, pero si eres una Astruc y vives en Aurora, más te vale acostumbrarte.

—Te aseguro que ya nada me sorprende —dijo Zoe.

Alex esbozó una sonrisa breve.

—El caso es que mi tía Cora está convencida de que, por ser su hija, yo también debería tener sus poderes...

, o sus dones , como le gusta llamarlos —explicó—.

Dice que está en mi sangre, que es inevitable.

Pero no basta con heredarlos, hay que despertarlos.

Por eso me entrena. Y, según ella, la nigromancia es el camino más rápido.

—¿Nigromancia? —Zoe enarcó las cejas—. ¿No es eso de levantar muertos o algo así?

—No es eso —dijo Alex—, eso es lo que piensa la gente que solo conoce la muerte por películas de serie B. Pero la nigromancia real no tiene nada que ver con controlar cadáveres como si fueran marionetas.

—Entonces, ¿qué es?