La casa de las diosas caídas (Las Lunares 1) Una cuestión de orden #3
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Una cuestión de orden #3

—Hablar con el alma de los muertos —dijo Alex.

Zoe la miró en silencio. Trataba de encajar todo eso —nigromancia, poderes, visiones— con la chica que tenía delante. La que mentía fatal. La que se ponía roja solo porque alguien le hacía un cumplido.

—Entonces, ¿tienes que hablar con ellos? ¿Con... —Zoe se inclinó un poco hacia la lápida que Alex había señalado y leyó el nombre— el señor Dubois? ¿Pedirle que te cuente el futuro o algo así?

—Más o menos —respondió Alex—. En realidad, lo que tengo que conseguir es algo más concreto.

Que me digan su último arrepentimiento. Algo que dejaron pendiente antes de morir.

Eso es lo que hacía mi madre. Los muertos venían, le contaban su último arrepentimiento y ella se lo quitaba de encima para que no lo cargaran toda la eternidad.

—Eso está muy bien —dijo Zoe—. Muy considerado.

Lo decía en serio. Le parecía una idea hermosa, incluso reconfortante. Durante un instante se preguntó cuál sería su propio último arrepentimiento en caso de morir al día siguiente. Se le ocurrían unos cuantos.

—¿Es eso lo que te asusta? ¿Te asusta fallar? —preguntó.

Alex se sentó cerca de ella, sobre otra lápida.

—No lo sé —dijo—. A veces me asusta pensar que no tengo ningún poder, que nunca los voy a despertar. Y otras veces me da miedo lo contrario..., lograrlo.

Se rio sin humor.

—Pero si tengo que ser sincera —añadió—, lo que más miedo me da son los Solares.

Zoe rebuscó en su memoria, intentando recordar si alguna vez Uma o su abuela habían mencionado a esos Solares. No le sonaban de nada.

—¿Solares? —repitió.

—Dioses —le aclaró Alex—. ¿Te interesa que te lo cuente?

—Si no me lo cuentas ahora, no voy a pegar ojo. Así que sí, cuéntamelo.

Mientras Alex se tomaba unos segundos para ordenar sus ideas, Zoe reparó en un detalle que hasta entonces se le había escapado: a la luz de la luna, el tono cobrizo del pelo de Alex brillaba con reflejos plateados, como si el fuego y la noche se enredaran en su melena.

Era muy guapa. Y lo más evidente de todo era que no tenía ni idea.

—Apolo, Ra, Yahvé... ¿Te suenan? —dijo Alex al fin—.

Bueno, ellos son los Solares. En su día se enfrentaron a las Tías, las vencieron y las desterraron.

Cora dice que fue una purga, que es lo que siempre pasa.

Llega un dios nuevo y lo primero que hace es cargarse a los que estaban antes.

—Miró a Zoe para asegurarse de que la seguía—.

Eso es lo que hicieron los Solares con las Tías y con otras como ellas.

Con las antiguas diosas y también con dioses menos agresivos.

—¿Y esos Solares todavía existen? —preguntó Zoe.

—Algunos sí —respondió Alex—, pero muchos se esfumaron cuando la gente dejó de rezarles. Mi tía Eca dice que el tiempo es un depredador y el olvido, su forma favorita de matar.

—Poético —comentó Zoe—. Entonces las Tías ya pueden dormir tranquilas: deben de ser muy poderosas para con su Brillo haber ayudado a los Astruc a construir todo su apestoso imperio pesquero.

Una sonrisa amarga se dibujó en el rostro de Alex.

—Ojalá fuera tan simple —dijo—. Para empezar, las diosas son más bien débiles.

Su Brillo no es la gran cosa, pero cualquier atisbo de divinidad tiene un efecto enorme en el mundo humano.

En segundo lugar, no todos los Solares están muertos, algunos siguen ahí.

Los que la gente todavía teme, los que sobreviven gracias al castigo, al miedo o a las reglas absurdas que nadie cuestiona.

Lucifer y su corte están entre ellos. Los Solares del Inframundo, como los llama Cora.

Ellos fueron los que tomaron el lugar de mi madre.

—¿Lucifer en plan... Lucifer Lucifer? —preguntó Zoe.

—El mismo. Aunque probablemente no se parece en nada al que te imaginas.

—¿Y esos son los que la mataron?

—Uno de ellos, Tércot. Por lo que sé, es alguien con bastante poder, como un jefe. —Alex dudó un segundo—. Eca tiene un retrato suyo colgado en su cuarto. Si te interesa, un día te lo enseño.

—No, gracias —dijo Zoe más rápido de lo que pretendía.

Alex se levantó, se acercó a la tumba del señor Dubois y se arrodilló. Pasó las manos suavemente por el túmulo y colocó con delicadeza una corona de flores que se había torcido, enderezando los tallos sin aplastarlos. Zoe tenía una última pregunta.

—¿Y cómo murió? —preguntó—. Quiero decir... ¿Cómo la encontraron?

Alex apartó la mirada. Tardó un segundo en responder.

—Prefiero no hablar de eso.

Zoe no insistió. ¿Qué podía decir? Ella también tenía lo suyo, y también había cosas que aún no estaba lista para contar.

—¿Qué hace esta aquí?

Zoe se giró de golpe y se puso en guardia.

Un chico joven, más o menos de su edad, avanzaba hacia ellas envuelto en una gabardina y la señalaba directamente con el dedo.

—¿Esperabas a alguien? —le preguntó Zoe a Alex sin apartar los ojos del recién llegado.

Alex titubeó.

—Lo siento —dijo—, debería haberlo mencionado.

—¿Deberías haber mencionado qué ?

—No sé si os conocéis... —empezó Alex incómoda—, pero este es Luca Astruc, tu primo.