Una cuestión de orden
Una cuestión de orden
Después de un día agotador en la cantina, Zoe tenía los pies hechos polvo y hambre suficiente como para comerse un buey.
La pendiente se le hacía interminable, y con cada golpe de pedal, dos agujas de tejer le perforaban las pantorrillas.
Pero, por malo que fuese todo aquello, por cansada que estuviera, el premio a la peor desgracia de la tarde se lo llevaba aquel Mustang rojo chillón que habían aparcado delante de su casa, un coche de tan mal gusto que solo podía pertenecer a un Astruc.
Dejó caer la bicicleta en el porche y entró en la casa procurando no hacer ningún ruido.
—Os juro que como se os ocurra aparecer en el Brillo, vuestra vida en Aurora se volverá un infierno —dijo una voz de mujer.
—Pero las Tías nos han invitado oficialmente —contestó Uma con un hilo de voz.
—Me da igual lo que os hayan dicho —la cortó la otra, sin alterar el tono—. Tú y tu hija ya tenéis bastante con esta casa y con todo lo que os ha caído del cielo.
Zoe, que había permanecido unos instantes en el vestíbulo, escuchando en silencio, dio un par de zancadas firmes hacia el salón. A esas alturas ya sabía, o al menos lo intuía, quién debía de ser la visita.
Al entrar vio a su madre sentada en el sofá, demasiado recta, con las manos apretadas sobre las rodillas.
Frente a ella estaba una mujer rubia. Su cara era hermosa, de rasgos limpios y proporcionados; sin embargo, no transmitía calidez alguna.
Había en sus ojos una frialdad serena que endurecía aquella belleza y la volvía despiadada.
—Ay, cariño, mira quién ha venido a vernos —dijo Uma en cuanto la vio entrar—. Tía Celina.
Su madre temblaba como un corzo recién nacido frente a un lobo y tenía la voz al borde del llanto. A Zoe se le partió el corazón.
En un instante repasó el árbol genealógico de la familia.
Recordó que, el mismo día de su llegada a Aurora, Frederic las había llevado a la terraza y, apoyado en la barandilla, les había ido señalando una a una las casas de sus hermanos.
«Allí vive mi hermana Celina», había dicho, apuntando hacia la fachada de muros rosados.
De modo que esa era, por fin, la famosa Celina.
Celina la miró de arriba abajo con unos ojos filosos como bisturís y frunció la nariz con un gesto de desagrado. Converse sucias, vaqueros rotos, camiseta manchada de aceite..., todo quedó registrado, clasificado y archivado en su cabeza como información útil.
Zoe se dejó caer en el sofá sin decir una palabra. Celina, con un movimiento apenas disimulado, se deslizó hasta el extremo opuesto del asiento.
—Tu madre me estaba hablando de tu increíble parecido con Máximo Astruc, pero yo no lo veo por ninguna parte —dijo.
Zoe hizo una mueca.
—Lamento decepcionarte —contestó.
—Nadie diría que somos de la misma familia —continuó Celina.
—Nadie lo diría —confirmó ella.
Uma las miró a ambas, primero a una, luego a la otra, con esa expresión suya que Zoe conocía demasiado bien: la misma que ponía cuando llegaban facturas imposibles de pagar o cuando la despedían sin previo aviso.
—Me pareció que hablabais del Brillo. —Zoe apoyó los pies sobre la mesilla del salón de modo que sus Converse quedaran todavía más a la vista—. ¿Has venido a invitarnos?
Celina entornó los ojos y se llenó los pulmones de aire.
—No exactamente. Le estaba hablando a tu madre sobre la conveniencia de que os mantengáis al margen de ciertas cosas —respondió Celina.
—Ya has oído antes a mi madre: las Tías nos han invitado personalmente —replicó Zoe.
—Por supuesto que no vamos a discutir a las Tías —dijo Celina con una sonrisa que no prometía nada bueno—, pero ya que la fiesta se celebra bajo nuestro techo, convendría que entendierais algo: una invitación por compromiso no es lo mismo que una bienvenida.
Zoe asintió, procesando cuidadosamente cada palabra: invitación , compromiso , bienvenida ... Una forma muy educada de decir «os voy a sacar los putos ojos si venís».
Se volvió hacia Uma.
—¿Le has ofrecido algo a nuestra invitada? —preguntó con toda la amabilidad del mundo.
—Yo... no había pensado... —balbuceó Uma, y salió disparada hacia la cocina.
En cuanto se quedaron solas, Zoe se volvió hacia Celina.
—Vale, ya lo he pillado. Has venido a amenazarnos, como la mafia.
Las cejas de Celina se arquearon en un reflejo automático y la boca se le abrió en una O redonda.
—¡¿Perdón?! —exclamó—. ¡Mafia! Querida, me parece inaudito que utilices esa palabra. —Se llevó una mano al pecho y se reclinó sobre el respaldo del sofá—. Aquí nadie está amenazando a nadie, solo estoy teniendo una conversación adulta y responsable con tu madre.
—En cualquier caso —dijo Zoe—, y por si te interesa saberlo, yo no pienso acercarme a ese estúpido Brillo.
Durante una fracción de segundo, una microsonrisa tensó las comisuras de los labios de Celina.
—¡Estupendo! —exclamó—. Entonces solo queda hacer entrar en razón a tu madre.
En ese momento, Uma regresó a toda prisa desde la cocina. Llevaba una bandeja con tres vasos y un tetrabrik de zumo de manzana. La dejó sobre la mesa y empezó a servir, tan concentrada en no derramar el líquido que aun así se le cayó un poco, formando un pequeño charco pegajoso.
Celina miró el tetrabrik con asco.
—Yo no beberé nada —dijo.
Uma dejó su vaso a medio llenar.
—Uma —continuó Celina—, tu hija ha dejado claro que no tiene ningún interés en el Brillo. ¿Y tú? ¿Qué dices tú?
Uma tragó con dificultad y se secó los labios con el dorso de la mano.
—Yo no haré nada sin mi hija —respondió en un hilo de voz.
Celina se levantó, se alisó la falda con ambas manos y dio por cerrada la conversación.
—Pues no hay nada más de que hablar —dijo—.
Me alegra ver que nos hemos entendido. Mi hermano Abel temía que tuviéramos que disuadiros de formas menos elegantes: siempre ha sido un poco brusco.
Yo, en cambio, sabía que bastaría con una conversación.
Al final, la gente sensata sabe cuándo retirarse.
Y, siendo sinceras, vosotras ya habéis recibido más de lo que os tocaba.
En la garganta de Zoe se atoraron un grito y el impulso de saltar sobre la yugular de aquella maldita bruja y darle la paliza que se estaba ganando. Pero con Uma delante era mejor la cautela.
—Solo hemos cogido lo que Berta nos dejó —dijo—. Si te parece demasiado, háblalo con ella. Aunque me temo que va a ser complicado.
—Todos sabemos que los últimos días de Berta no fueron precisamente lúcidos; la pobre había perdido el juicio casi por completo —dijo Celina, soltándose al fin—.
Fue una pena..., aunque vosotras tuvisteis suerte de que se volviera lo bastante loca como para dejarles todo a una muerta de hambre y a su hija sáfica.
«Hasta aquí hemos llegado», pensó Zoe. Le daba igual que la llamaran sáfica, porque al fin y al cabo le habían dicho cosas peores, pero no pensaba permitir que nadie tachara de muerta de hambre a Uma.
Se puso de pie, sin apartar los ojos de Celina, y se acercó hasta quedar a un palmo de su cara.
—¿Sabes una cosa? Me lo he pensado mejor. Berta nos quería aquí, y creo que lo justo es honrarla yendo al Brillo.
Celina parpadeó muy rápido.
—¿Perdona?
—¡Que no te enteras! —repitió Zoe—. Hemos cambiado de opinión e iremos a la Noche del Brillo. Mi madre y yo.
—Hija... —comenzó a decir Uma, pero Zoe se volvió hacia ella con una mirada tan clara y decidida que no le dejó espacio a la réplica. La mujer se hundió en la silla sin decir una palabra.
Por primera vez desde que había entrado, Celina estaba realmente contrariada. Los labios le temblaron un poco antes de recomponer la sonrisa.
—En ese caso, no esperéis una recepción amable.
Zoe le sostuvo la mirada sin pestañear.
—Dudo que podáis ser amables con nadie.
—Como tú digas. Hay gente que solo aprende las cosas por las malas —dijo Celina.
Y dejó la casa con un portazo que resonó en todo Los Altos.
Era extraño ir al cementerio sin Cora. Extraño y bastante genial, a decir verdad: Alex quería disfrutar de la ausencia de su tía, saborearla, cogerla con ambas manos y gritar carpe diem al cielo. Y canturrear You Oughta Know si le daba la gana. Podía decirse que estaba de muy buen humor.
Cora insistía siempre en ir con ella. Tal vez, se decía Alex, su tía pensaba que si no la vigilaba se pondría a bailar entre las tumbas como el Rey de las Calabazas de la película Pesadilla antes de Navidad .
Pero esta vez había conseguido convencerla.
—Déjame intentarlo sola. Tal vez lo único que me falte para lograr mi propósito es que confíes en mí.
Cora accedió a la solicitud de Alex tras un par de tiras y aflojas.
Ahora pasaban unos minutos de las diez de la noche.
El entierro del señor Dubois —que, después de varios amagos, finalmente había muerto el día anterior— se había celebrado por la mañana, así que Alex no corría el riesgo de cruzarse con nadie.
El cementerio cerraba a las ocho y media, pero ella conocía bien sus accesos.
Sabía por dónde escurrirse sin ser vista: conocía cada hueco de la valla, cada ángulo ciego, la hora exacta en que el vigilante solía desaparecer.
Luca había dicho que lo esperara dentro, que ya se presentaría. Esperaba que no la dejara plantada.
Cuando ya estaba cerca de la verja del cementerio, vio a alguien que venía caminando en sentido opuesto.
Al principio creyó que era Luca, que llegaba antes de lo previsto.
Pero no: al acercarse un poco más se dio cuenta de que era Zoe.
Genial, justo lo que necesitaba. Se apartó del camino e intentó ocultarse detrás de un árbol, pero su chaqueta se enganchó en una rama y quedó completamente expuesta.
—¿Alex? —dijo Zoe—. ¿Eres tú?
Se quedó quieta y fingió ser invisible, pero la treta no funcionó. Zoe la había visto y ella había hecho el ridículo.
Salió de detrás del árbol con las manos en alto, como si la policía acabara de detenerla, y estuvo a punto de tropezar, pero logró recuperar el equilibrio a tiempo.
—¡No te había visto! —dijo tratando de disimular.
Zoe frunció ligeramente el entrecejo.